La herencia de Gil aún asfixia a Marbella
“¿Quién es perfecto?”, cuestiona Noelia Durán, gaditana que llegó de vacaciones a Marbella en 1989 y se quedó a vivir. La pregunta sintetiza su opinión sobre Jesús Gil, al que votó para que ejerciera de alcalde entre 1991 y 2002. “Robó, pero hizo mucho por la ciudad”, añade esta trabajadora del chiringuito La Dolce Vita. La frase se repite como un mantra entre buena parte de quienes habitan este rincón de la Costa del Sol. La memoria colectiva local ha preferido quedarse con lo positivo del gilismo, a pesar de que lo negativo aún asfixia a una ciudad con falta de infraestructuras, deudas millonarias y procesos judiciales infinitos. La sombra de Gil sobrevuela en forma de urbanismo que a base de pelotazos ha enturbiado las aguas cristalinas del paraíso marbellí.
