Wilde en América
La búsqueda de una cita subrayada de Oscar Wilde (“Las bellas cosas pertenecen a todas las épocas”) me ha conducido de forma inesperada a un artículo del dandi sobre un viaje a Estados Unidos en el que define con sus sobrados artificios cada sitio que le depara el periplo, con juicios sumarios e incontestables, desde los muelles de Nueva York hasta la “frontera mejicana”.
“Impresiones de Yanquilandia” se titula este texto contenido en el compendio Ensayos-Artículos (Orbis, 1986), que Jorge Luis Borges presenta así para la colección de su Biblioteca Personal: “Los largos siglos de la literatura nos ofrecen autores harto más complejos e imaginativos que Wilde, pero ninguno más encantador. Más que los otros de su especie, fue un Homo ludens”.
Solo desembarcar le llamó la atención que todo mundo parecía apresurarse para tomar un tren y lo ruidoso de su ambiente, despertaron su admiración las fábricas hidráulicas de Chicago y salió desilusionado de su visita a las cataratas del Niágara, pues bien apunta que para apreciar ese espectáculo es mejor situarse abajo, en la caída, que le incomodó sobremanera por deber revestirse con un impermeable amarillo, él tan refinado y elegante.
La parte más bonita, dice con su tono indiscutible, es el Oeste, al que llegó al cabo de un viaje de seis días en una máquina de vapor a bordo de la cual dice haber recibido el ofrecimiento para comprar todo lo que podía comer y hasta lo que no, como una edición de sus poemas, “vilmente impresa en una especie de papel secante gris y al reducido precio de cincuenta céntimos”.
Recuerda haber llamado a los ofertantes de tan singular producto para decirles que aun cuando a los poetas les gusta ser populares, quieren también ser retribuidos, por lo que vender su obra sin provecho para él era asestar un golpe a la literatura que podía causar un efecto desastroso entre los aspirantes a poetas. Todos le respondieron que ellos sacaban provecho de lo que vendían y era ese su único interés. Ya no discutió.
