El Barcelona ya no se deshace
Es verdad que los andaluces sufrían para salir con el balón controlado, lo que desesperaba a Lopetegui, que se desgañitaba gritando a los suyos. Un poco excesivo su espectáculo gritón. No hace falta -nunca hace falta- exagerar tanto. Rafa Mir marcó, pero en clarísimo fuera de juego. Gavi no comparecía tanto como es habitual, Abde peleaba todo lo que podía, pero al Barça le faltaba presencia ofensiva. Es difícil, muy difícil, traspasar a este gran equipo de fútbol que es el Sevilla. Pasado el minuto 20, el Barcelona aún aguantaba el tipo, lo que sin duda era noticia, y perfectamente instalado en el campo rival. El Barça dominaba, pero sin hallar el desequilibrio; el Sevilla resistía, paciente, y esperaba su momento. Poco a poco los de Xavi empezaron a perder balones, al principio sin importancia, pero se iban acumulando en número y en gravedad, y de un córner con jugada ensayada llegó el primer gol local, obra del Papu Gómez.
El gol fue mérito del Sevilla tanto como culpa de la gran inocencia de la defensa del Barcelona, y de la poca atención que Abde prestó a la jugada. Ter Stegen pudo hacer más y su actuación fue en general bastante preocupante, saliendo con los puños a la jugada siguiente en un balón que podía haber parado sin más dificultad. Inseguro el alemán, incapaz de mantener su portería a cero. Si los de Lopetegui ya eran pacientes con el empate, con la victoria se volvieron todavía más pragmáticos. Es verdad que contra un equipo tan tierno como el Barça se puede jugar a especular, pero todo tiene un límite y Araújo lo encontró de un cabezazo a la salida de un córner para conseguir la igualada. El Sevilla, que tras su gol parecía más un equipo de Simeone que de Lopetegui, tuvo su merecido castigo, tal como el Barça lo había tenido en el primer gol de la noche por el descuido de Abde.
Entre la victoria en el último suspiro contra el Elche y el empate de ayer en el Pizjuán, parecía como si al Barcelona le dejara de salir mal absolutamente todo, como si en lugar de frustrarse en su impotencia supiera empezar a encontrar caminos más halagüeños pese a sus evidentes limitaciones. De todos modos era pronto para sacar conclusiones, porque el Sevilla se había guardado muchas energías y desde luego tenía a más jugadores capaces de marcar la diferencia en los momentos complicados del partido.
El Sevilla volvió del descanso con las líneas más altas, más intenso, menos especulador y más dispuesto a ir por el partido. Del Cerro Grande, impresentable. La permisividad con la defensa andaluza era clamorosa. Parecía como adrede. En cualquier caso, incomprensible. Es verdad que Del Cerro es un árbitro muy malo, pero lo de anoche, sin ser determinante ni cambiar la suerte del partido, era tan absurdo y equivocado que llamaba la atención.
En la defensa de las jugadas a balón parado, el Barcelona continuaba haciendo aguas y si el Sevilla no marcaba era por sus errores, pese a las generosas facilidades que le ponía la zaga visitante. El Sevilla encerraba al Barça en su campo tal como el Barça lo había encerrado en la primera parte. Los de Xavi se volvían vulnerables sin balón, pero no acababan de tirar el partido. Jutglà empezaba a estar cansado. Gavi tiene 17 años, pero en muchas jugadas parecía más viril y tener más oficio que la mayoría de sus compañeros. Pérdidas y más pérdidas de los azulgranas, el Sevilla se acercaba a la victoria hasta que a Koundé se le cruzaron por un instante los cables en una jugada sin importancia y agredió a Alba de un pelotazo en la cara. Nadie en el Pizjuán protestó la roja directa, indiscutible, aunque también es verdad que el defensa del Barça hizo bastante comedia porque no había para tanto. La lluvia no cesaba, todo lo contrario de Dembélé, que iba perdiendo intensidad y luz a medida que los minutos pasaban. Lenglet sustituyó a Éric García, lesionado. El Sevilla embarró el partido desde que se quedó con inferioridad, Del Cerro continuaba con su recital de calamidades, y el Barça era incapaz de aprovechar su superioridad, entre inocentón y demasiado cansado.
El Sevilla descansaba, jugaba con el tiempo y esperaba una jugada aislada o a balón parado para marcar y ganar. El Barça no supo ganar con uno más pero ya no fue el equipo que se deshacía hasta humillarse. No hubo punto de inflexión, pero la mejoría no puede negarse.
