Esta participación de la Real en la Champions está siendo oro puro en todos los sentidos: una delicia para los aficionados, un surtidor de enormes beneficios económicos para el club y una fuente inagotable de experiencia y experiencias (en plural) para los jugadores. Es una competición que curte y deja huella. Y en estos años de recurrente participación en Europa los realistas están adquiriendo un poso de gran valor. Hace 10 años pecaron de ‘manzanillos’ y sumaron un punto. Ahora llevan 10 de 12 por el talento de su plantilla, pero también por ese cuajo que da jugar dos partidos por semana. Uno de los episodios más singulares del duelo ante el Benfica, que quizá pasó más inadvertido que el baño de la Real y las bengalas, lo protagonizó
Mikel Oyarzabal. El envite se le estaba encanallando a los txuri urdin con el gol luso y el encendido de bengalas. Se había generado una atmósfera envenenada, de desconcentración y zozobra. El ‘10’ lo detectó y se hizo el lesionado. Paró el partido, le dio el pause al planeta. Bajaron las pulsaciones y a partir de ahí todo lo que sucedió fue bajo el control de la Real. Al final del partido, el eibarrés se acordó de los afectados por el lanzamiento de bengalas antes de comenzar a responder. Todo ello después de un partido pletórico en el que marcó un gol, provocó un penalti y abrió en canal a la defensa. La ‘vuelta’ de
Mikel a su nivel es otra noticia galáctica. Hace un año recaía de su lesión y ahora marca la diferencia con y sin balón. Como le decían al profesor
Keating en ‘El club de los poetas muertos’, ‘Oh, capitán, mi capitán’.
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