Nadie sabe cómo acabó allí. Ni cuánto tiempo llevaba oculta entre mantas, cuerpos y maderas húmedas. Cuando Salvamento Marítimo interceptó la patera frente a las costas de Ibiza aquel miércoles 19 de junio, encontraron un pasajero inesperado. A bordo, junto a decenas de migrantes que escapaban de Argelia, viajaba una cachorra de apenas tres meses, sucia, asustada y sola. Se llamaba Ikram, aunque entonces nadie lo sabía. Tras el rescate, fue trasladada a la clínica veterinaria de Sant Jordi, la empresa concesionaria del servicio municipal. Allí se constató lo que muchos temían: el animal había recibido las vacunas básicas de los primeros meses, pero no la antirrábica. Y Argelia, según el Ministerio de Asuntos Exteriores, es un país considerado «no favorable» frente a esa enfermedad. Desde el primer momento, su presencia planteó un problema legal y activó un protocolo sanitario implacable. El Ministerio de Agricultura trasladó al Ayuntamiento de Ibiza dos opciones: devolverla a Argelia -algo inviable- o sacrificarla. El caso saltó a las redes, donde no tardó en generar una ola de solidaridad. El partido animalista PACMA fue el primero en reaccionar, reclamando al Ministerio que se evitara la eutanasia. «El sacrificio de un animal aparentemente sano no puede ser la respuesta que demos como sociedad en pleno siglo XXI», escribieron en una carta formal dirigida a la Dirección General de Sanidad de la Producción Agroalimentaria. La presión social creció. Y el Ayuntamiento de Ibiza respondió, asumiendo la custodia del animal, como permite la Ley de Protección Animal y en cumplimiento del deber municipal de atender a animales en situación de desamparo. Ikram fue trasladada al Centro de Protección Animal de Sa Coma, donde hoy vive bajo vigilancia veterinaria, en un espacio acondicionado para su cuarentena. Un cartel en su jaula advierte sobre su condición, aunque su aspecto despierta más ternura que miedo. Sus ojos, enrojecidos por una afección común conocida como «ojo de cereza», esperan cirugía. Nada grave. El Ayuntamiento ya ha confirmado que la perrita no será sacrificada, ni devuelta. Permanecerá en Sa Coma, bajo supervisión, hasta que la legislación permita su vacunación definitiva. Entonces, podrá ser adoptada. Desde que su caso se hizo público, Sa Coma ha recibido decenas de llamadas y solicitudes para adoptarla. Pero por ahora, su destino está ligado a una cuarentena estricta, de hasta seis meses, mientras se descarta con total seguridad cualquier riesgo de rabia. La enfermedad puede tardar semanas en manifestarse y su diagnóstico precoz es incierto, explica el veterinario Miguel Quiñones, responsable de su cuidado. Ikram dio negativo en un test serológico. Pero eso no es garantía: «Podría estar incubándola y aún no dar síntomas», apunta. Mientras tanto, recibe cuidados, alimento, juegos y atención. Su viaje no ha terminado.