La falta de conciencia social sobre los trastornos alimenticios es una de las principales barreras para que una persona reconozca que lo padece y busque como tratarlos. Aunque esto siempre ha sido un problema, a día de hoy este tema comienza a dejar de ser tabú. Para ello libros como el que viene de publicar Ana Vigo, una venezolana afincada desde hace siete años en Sada, resultan de gran ayuda. Su obra, 'El monstruo de la Anorexia', narra su historia de vida marcada por su trastorno alimenticio, que empezó a raíz de la frase de su mejor amigo «tú si adelgazas un poquito, serías la reina y lo tendrías todo» . En conversación con ABC, Vigo se define como «una publicista y madre soltera» que debido a la situación de Venezuela natal decidió venirse a España hace siete años, por los orígenes gallegos de su madre. Lo hizo con sus dos hijos mellizos, de nueve años, y su madre. Ana tenía la idea del libro desde hacía algún tiempo, pero nunca se «había puesto a ordenar y a sintetizarlo todo». Tras hacerlo habló con editoriales, pero «pedían mucho dinero y en ese momento no lo tenía, ni lo tengo» . Al ver que personas próximas consiguieron publicar de manera independiente, ella dio el paso y se decidió a «autopublicar el suyo» a través de Amazon. Su historia con el trastorno comienza a desarrollarse cuando cruza el umbral de la veintena. Nunca fue «una persona excesivamente gorda ni súper flaca, pero como tenía bastante gente cercana involucrada «en el mundo de las modelos, y mal que bien, Venezuela siempre ha sido un país de mises, y tú siempre quieres verte mejor», acabó entrando en este laberinto. El punto que según ella disparó su enfermedad , fue una situación que le quedará grabada en su cabeza para siempre: estaba hablando con su mejor amigo de un chico que le gustaba y este le dijo: « si adelgazas un poquito, serías la reina y lo tendrías todo» . Tras esto se obsesionó con comer poco y hacer ejercicio; comenzó a adelgazar pero no de una forma saludable, y ahí vino el problema: «En ese momento te ataca un monstruo y te entra un miedo de no querer engordar lo que has adelgazado». El miedo -explica- hace que tu cuerpo se «coma a sí mismo» y en paralelo se desarrolla también un proceso de depresión. Para Ana es como « una luz que se va apagando» . «Ahí empieza empieza un proceso muy complicado, que tú lo sientes y te das cuenta que realmente no estás bien, pero nunca lo reconoces» . A partir de ahí, confiesa, empezó a desarrollar agorafobia. Una de las consecuencias fue que sus principales amigos se alejaron de ella. «E l círculo de amistades ven que te estás consumiendo, te ven delgada y se alejan, les daba miedo » . «Un día en Caracas cuando salía de trabajar estaba todo colapsado, yo bajé a coger el bus y no sabía ni cómo regresar a casa, me bloqueé tanto mentalmente que tuve que llamar a mi mamá para que me tranquilizara», recuerda. El libro también recoge el momento en que tomó conciencia de su enfermedad. Había pasado toda una noche en mal estado «porque el estómago se estaba como carcomiendo a sí mismo», y su madre la convenció para acudir al médico. Fue un instante decisivo. Desde ese momento intentó mejorar, pero cuando mira atrás se da cuenta que tiene «dos años y algo» borrados de su cabeza porque «no hice nada, no salía de casa, y solo iba a consultas con la psiquiatra». El punto crítico le llegó cuando su peso alcanzó los 38 kilos. Ahí estuvo a punto de ser internada en un hospital, pero le dijo a su madre que «si me internas ahí, me muero» . «Entonces empecé a hacer visitas a psicólogos, a algunas nutricionistas; fue un proceso de recuperación muy lento en el que mi madre jugo un papel fundamental», aunque la enfermedad «siempre va a estar como un foquito ahí en tu cabeza» . Durante este proceso de recuperación fue clave «el trabajo» , que le ayudo a salir de la cueva, recuperar alguna amistad y poco a poco empezar a reconstruir «una vida normal». Uno de los trabajos que más le marcó fue los tres años que estuvo trabajando en su país con los cantantes Chino y Nacho, con los que aprendió mucho y le ayudó enfrentarse «a los miedos, a la comida, a conocer gente». Se le abrió «mentalmente una vía» para irse recuperando «un poco» y restablecer esa seguridad en sí misma que «había perdido» . Llegó a ellos a través de la fortuna de estar en el sitio indicado en lugar adecuado: se encontraba en una firma de discos en la que se iba a realizar un viaje en helicóptero con los cantantes, y como quiera que la agraciada no apareció, acabó siendo Ana la que ocupó su lugar. Los artistas, nada más bajar del helicóptero, le ofrecieron un trabajo. En la conversación, Vigo plantea también cómo los estándares de belleza actuales influyen mucho en las personas que padecen trastornos alimenticios , a pesar de que ahora mismo esté en el discurso público la aceptación de todos los tipos de cuerpos. Ella considera que todavía hay «mucha exigencia de verse bien, tanto en hombres como en mujeres» . El peligro, advierte, está ahora en las redes sociales e internet, donde los riesgos para verse influido por gente que vende vidas «supuestamente perfectas» son más accesibles que nunca, alcanzando a jóvenes desde muy corta edad. «Se debería poner un poquito de ojo en estas cuentas que venden que supuestamente comen, pero que es mentira, porque es imposible comer así y estar tan delgada» como lucen algunos de estos influencers. Al mirar atrás, Ana expresa que fue «un camino duro y tedioso» pero que por suerte a día de hoy todo esta «normal». Hace deporte por diversión, come sin contar las calorías, y desde la calma conquistada, aprovecha para mandar un mensaje: «si sientes que estás así, porque uno en algún momento de su cabeza sabe que no está yendo por el camino que es, busca ayuda, psicológica, de amistad o familiar, porque si te metes en tu bucle tú solo obviamente no sales ». Apunta una última reflexión: «si tienes a alguien así cerca, no hagas como mis amigos que me dejaron, sino acércate y ayuda, porque todos necesitan un empujoncito». Y si esa persona necesita una frase, ella la tiene: «vamos a pasar esto, y si te comes un trocito de chocolate no pasa nada».