Quizá uno de los Madrid más impresionantes que se recuerdan sea el de la Champions de Cardiff, con aquella final inolvidable en la que se arrasó a la Juventus con un 4-1 que aún retumba en la memoria de cualquier aficionado. Aquel equipo era ágil y flexible: defendía con disciplina en un 4-4-2 y, en cuanto recuperaba el balón, se transformaba en un 4-3-3 que mordía con voracidad. Era imparable, apabullante y, sobre todo, divertidísimo de ver. Mutaba con naturalidad, se adaptaba a cada instante del partido y siempre parecía ir dos pasos por delante. Los jugadores se desplazaban como piezas vivas de un mecanismo perfectamente afinado: Benzema salía del área para asociarse, Modric abría pasillos imposibles, Cristiano aparecía donde...
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