Fundada por Alfonso VIII en 1186, esta joya del norte cacereño (a orillas del río Jerte y puerta de entrada natural al Valle homónimo, el Ambroz, la Vera y Sierra de Gata) se ha convertido en uno de esos destinos que ganan sin aspavientos. Con historia, patrimonio y belleza. Pero también con vida. Plasencia no es un decorado. Es una ciudad habitada. Real. Vibrante. Lo notas nada más pisar su Plaza Mayor, epicentro de su trazado medieval y testigo cada martes —desde hace siglos— de un mercado que no es solo comercio, sino símbolo de identidad. El mercado del martes sigue convocando a decenas de productores, vecinos y visitantes, en un encuentro donde conviven frutas de temporada, embutidos, encurtidos, utensilios de labranza y conversación al aire libre, una costumbre tan antigua como la propia ciudad. Si uno tiene la suerte de coincidir con el Martes Mayor, el primer martes de agosto, entonces Plasencia se desborda en tradición, color y cultura popular: calles engalanadas, trajes típicos, conciertos y degustaciones convierten el centro histórico en una fiesta colectiva que hunde sus raíces en siglos de historia. Y es que la historia está presente en cada rincón. Dos catedrales conviven en armonía: la románica, del siglo XIII, y la renacentista, levantada sobre la anterior sin demolerla en su totalidad. Una superposición arquitectónica única que permite al visitante viajar del gótico al plateresco sin abandonar el templo. Frente a ellas, el Palacio Episcopal y la Casa del Deán (con su balcón esquinado custodiado por gárgolas) completan un conjunto monumental de primer orden. A escasos metros, la muralla, con tramos restaurados y torres originales, permite al visitante bordear el casco antiguo por un paseo que combina piedra, árboles y vistas al río Je rte. El viajero atento descubrirá puertas medievales como la del Sol, Santa María o el Postigo, conectando pasado y presente en cada paso. Descendiendo por la ciudad, la sorpresa llega con nombre propio: La Isla. Este parque fluvial, abrazado por dos brazos del Jerte, ofrece al visitante una experiencia singular: nadar en una piscina natural entre chopos y fresnos, pasear por senderos acondicionados o sentarse en sus terrazas con vistas al agua. Aquí confluyen tradición hidráulica (con compuertas centenarias recientemente restauradas) y naturaleza urbana, en un proyecto que prepara a Plasencia para aspirar a la Bandera Azul en 2026. Una apuesta decidida por la sostenibilidad, el turismo de calidad y la recuperación del patrimonio fluvial. La mirada hacia el futuro no olvida su pasado. El Molino Tajabor, en proceso de rehabilitación, y la nueva iluminación de la muralla y la barbacana de la Catedral, son muestra del empeño municipal por realzar el patrimonio y ofrecer al visitante nuevos espacios para el disfrute cultural. A ello se suma la próxima puesta en valor de sus puentes: el Puente de Trujillo, acceso histórico a la ciudad por la Vía de la Plata, El Puente Nuevo¸ que abre la ciudad al Jer y a la Vera o el Puente de San Lázaro, que forman parte de una ruta lumínica específica, realzando su belleza y seguridad nocturna. Plasencia sorprende no solo por sus monumentos, sino por lo que ocurre entre ellos. Rincones como la Plazuela de San Nicolás, la plaza de Ansano o la calle Trujillo, con sus casonas blasonadas, ofrecen pequeños descubrimientos a cada paso. Es en esos detalles donde esta ciudad muestra su mejor versión: silenciosa, elegante, profundamente auténtica. Y si hay un momento en el que esa autenticidad se eleva a emoción colectiva, ese es la Semana Santa. Declarada de Interés Turístico Regional, se vive aquí con un mestizaje propio de la situación estratégica de la ciudad y con una puesta en escena que conmueve: pasos centenarios, cofradías que desfilan con recogimiento entre las estrechas calles empedradas, y un fondo monumental (entre murallas, entre conventos y plazas) que convierte cada procesión en una experiencia estética, espiritual y cultural. Las tallas, muchas de ellas de alto valor artístico, recorren las calles de la ciudad al paso de tambores, cirios y silencio, en un calendario que cada año gana nuevos visitantes atraídos por su autenticidad. En un mundo donde los destinos turísticos tienden a homogeneizarse, Plasencia conserva su carácter. Aquí no hay grandes superficies ni parques temáticos, sino patrimonio, naturaleza y hospitalidad. Quien llega a esta ciudad no busca ruido ni escaparates, sino memoria, belleza y pausa. Al caer la tarde, el viajero puede detenerse en una terraza, saborear un vino, un queso de cabra artesano o un plato de la cocina más tradicional o vanguardista, lo que uno quiera porque hay de todo y El ritmo es otro. Las calles se vacían del bullicio pero no de la vida. Y al marcharse, uno se lleva la sensación de haber descubierto algo íntimo, valioso. Una ciudad que no necesita alzar la voz para ser escuchada. Una ciudad que espera, paciente, a que quien la visite vuelva a por más.