México ya cumplió... ¿pero entonces, antes mintió?
Durante casi todo el sexenio de López Obrador, la relación con Estados Unidos estuvo marcada por una narrativa profundamente disonante. Mientras en Washington crecía la preocupación por el avance del crimen organizado, el tráfico de fentanilo y el problema migratorio, desde Palacio Nacional se repetía una y otra vez que todo era un invento, una exageración o, peor aún, una campaña de desprestigio orquestada desde el extranjero.
Uno de los ejemplos más ilustrativos fue la negativa sistemática del presidente a reconocer que en México se producía fentanilo. Durante años, López Obrador sostuvo públicamente que este opioide sintético llegaba a México desde Asia, era traficado por cárteles, pero no fabricado en territorio nacional. Sin embargo, las incautaciones de laboratorios en Sinaloa, los informes de la DEA y una investigación publicada a finales de 2024 por The New York Times, en la que reporteros accedieron directamente a un laboratorio clandestino de fentanilo y documentaron el proceso de fabricación, desmintieron de forma contundente esa versión. Negar lo obvio no solo deterioró la confianza con las agencias de seguridad estadounidenses, sino que minó las bases de cualquier cooperación seria.
En migración, mientras se hablaba de “atender las causas estructurales” y se prometía una política humanitaria, en la realidad fue una gestión errática y, en muchos casos, cínica, donde miles de migrantes fueron utilizados como fichas de negociación. La seguridad tampoco escapó a esta lógica de negación. López Obrador afirmaba que “ya no hay masacres”, mientras los niveles de violencia se mantenían en máximos históricos y el crimen organizado expandía su control territorial. Se negaron operaciones conjuntas, se bloquearon solicitudes de extradición y se limitó la cooperación en inteligencia. Todo bajo una narrativa nacionalista que, en lugar de fortalecer la soberanía, debilitó la capacidad del Estado.
Ahora, ya en el nuevo sexenio de Claudia Sheinbaum, el Gobierno mexicano parece estar cambiando de guión. Marcelo Ebrard, en su nuevo rol como secretario de Economía, declaró recientemente que “México ya cumplió” en temas clave como migración y fentanilo. Citó como prueba una caída en los aseguramientos de fentanilo y afirmó que el esfuerzo mexicano ha sido enorme. Lo que no dijo, pero se entiende entre líneas, es que si ahora México está cumpliendo, entonces antes no lo hacía.
Lo más preocupante es que la presidenta Sheinbaum ha replicado el mismo patrón de negación. Incluso después de que The New York Times publicó imágenes, testimonios y pruebas en video del funcionamiento de un laboratorio clandestino de fentanilo en Sinaloa, la Presidenta desestimó el reportaje y negó la existencia de producción en México. Esta actitud refuerza la percepción de que el problema no es solo la falta de información, sino la falta de voluntad para aceptar los hechos, incluso cuando están documentados. Por eso resulta contradictorio que el Gobierno mexicano exija “pruebas” cada vez que EU señala alguna irregularidad, como ocurrió recientemente con los señalamientos a tres bancos por presuntas actividades ilíci- tas, cuando ha demostrado en múltiples ocasiones que, aun con pruebas, prefiere descalificarlas antes que asumirlas.
Esa es la contradicción que más pesa hoy en Washington. Durante años, se negaron problemas evidentes. Ahora se quiere cobrar políticamente haber corregido, con un nuevo discurso, aquello que antes se dijo que no existía. Es un cambio de tono que llega con la nueva administración, pero que no borra el pasado inmediato. Además, despierta una pregunta incómoda: ¿por qué confiar en que no volverá a pasar lo mismo?
Aunque López Obrador dejó la Presidencia, su proyecto político continúa. Claudia Sheinbaum ha defendido, respaldado y reproducido sin matices las posturas de AMLO. Hasta ahora, no ha mostrado intención de corregir el rumbo ni de marcar una distancia significativa. En ese sentido, será difícil convencer a los legisladores estadounidenses de que México se ha transformado de fondo, y no solo de discurso. La confianza con Estados Unidos no se recupera con declaraciones de buena voluntad, sino con compromisos sostenidos en el tiempo. Eso implica, entre otras cosas, reconocer los errores del pasado en lugar de ocultarlos bajo nuevas frases hechas.
Decir que “México ya cumplió” puede servir para la tribuna, pero en diplomacia no basta. En ese sentido, la tarea del gobierno será más cuesta arriba de lo que parece.
