En la playa de El Palo , entre barcas varadas y olor a espetos, se esconde una de las experiencias gastronómicas más singulares de la Costa del Sol: El Tinter o . A este chiringuito no se viene solo a comer, se viene a participar en un ritual que mezcla comida, teatro, tradición y mucho arte malagueño. Aquí no hay carta, no hay comandas al uso y, por supuesto, no hay sitio para indecisos: los platos se «subastan» al mejor estilo verdulero. Si te gusta, levanta la mano rápido… o se lo lleva otro. Cada verano, las colas en la puerta de El Tintero se alargan, pero nadie protesta. El motivo es claro: un pescado recién frito servido al grito de «¡boqueroneeesss, qué riquísimos!» o «¡tengo calamares, tengo chopitos, quién me los quita!». La escena se repite desde hace décadas, y sigue igual que cuando la inventó Eduardo de la Torre, 'El Nono', nieto del marinero que daba color a las redes de pesca —el verdadero «tintero» que inspiró el nombre del local—. Hoy son sus hijos quienes siguen el legado en la playa, con María José al frente del cobro —«¡que yo cobrooo!»— y Edu como maestro de ceremonias, cantando los platos como si estuviera en un escenario. En sus bandejas, lo mejor del litoral: chanquetes, gambas, salmonetes, almejas, navajas, calamaritos, ensaladas variadas, espetos y hasta huevas. Todo servido al instante, recién hecho y sin necesidad de mirar ningún papel. En El Tintero la carta es oral y se escucha por todo el comedor. ¿La cuenta? También forma parte del show. Se apunta a mano sobre el mantel, sin secretos: cada plato cuesta tiene un precio cerrado, y lo único que hay que hacer es contar las raciones. El Tintero es parte del ADN de Málaga . No hay carta escrita, pero sí una tradición que se mantiene viva desde hace más de medio siglo. Y aunque el local original fue derribado, el nuevo espacio junto al mar ha sabido conservar todo su espíritu. Aquí se come bien, se ríe mucho y se sale con ganas de repetir. Un sitio donde casi todo El Palo ha trabajado alguna vez, y donde todo malagueño ha comido al menos una vez. Porque en El Tintero, lo importante no es pedir, es levantar la mano a tiempo.