Existen pocos regímenes en el mundo tan herméticos como el de Corea del Norte. Desde que terminó la guerra de Corea en 1953, el país quedó bajo una dictadura que apenas deja entrever lo que ocurre puertas adentro. Tanto es así que muy pocos extranjeros han conseguido entrar, y menos aún periodistas. Las visitas están estrictamente controladas, con itinerarios cerrados, sin posibilidad de moverse sin escolta ni de contactar libremente con la población local. Una de las pocas personas que logró acceder fue el periodista David Jiménez. Corresponsal durante más de tres décadas en China y actual columnista del New York Times, visitó Corea del Norte en torno al año 2000. En una charla reciente en el pódcast Alberto Chao, relata algunos de los momentos más impactantes de aquella experiencia. Lo primero que menciona es que, aunque ya sabía que los periodistas no eran bienvenidos, le sorprendió el nivel de control absoluto que el régimen ejercía sobre su población. Las calles estaban completamente vacías de coches, y llegó a ver a personas comiendo raíces directamente del suelo. La hambruna era imposible de ocultar, pese a los intentos del régimen por disimularla con banquetes exagerados preparados exclusivamente para los visitantes. Aquel contraste le resultó surrealista. Le sirvieron cantidades absurdas de comida, una tras otra, como si intentaran borrar con platos la evidencia de la crisis humanitaria. «Querían demostrar que todo era mentira, que no había hambre en Corea del Norte», explica. Sin embargo, lo que él veía fuera era muy distinto. Al final del fragmento, Jiménez asegura que si lo hubieran descubierto como periodista, habría acabado en un gulag. Cree que fue uno de los pocos corresponsales que presenció desde dentro la transición entre Kim Jong-il y su hijo, Kim Jong-un, a quien describe sin rodeos como «igual de hijo de puta que el padre».