'La primera vez que oí hablar de un país llamado Chiquilistán o algo parecido como posible destino de un viaje de esquí fue en una conversación en una furgoneta, por una pista de montaña del Valle de Arán, entre Miriam Marco y David Pujol. Volvíamos de un paseo de heli-rando por las cercanías del Montarto. La charla de los guías versaba sobre aquel país porque Miriam tenía que ir con un grupo y David ya había estado por ahí. Me pregunto qué rincones del planeta no conocerán estos chicos.
—¿Qué esquís me llevo? ¿90 de patín? —preguntó Miriam.
—Más.
—¿100?
—Más.
—¿110?
—Los más anchos que tengas —zanjó David—. Es brutal, no has visto nada parecido. Como Japón pero más seco.
Esta conversación sobre aquel remoto país tendría que haberme dado ya una pista: no era cualquier cosa. Pero, en ...'