Tailandia y Camboya: el origen del conflicto, las repercusiones geopolíticas y la efectividad diplomática
La semana pasada, el mundo miró con preocupación hacia el sudeste asiático, donde un conflicto que parecía dormido volvió a encenderse con fuerza: hablamos de la disputa fronteriza entre Tailandia y Camboya, que desde el pasado 24 de julio ha derivado en fuertes enfrentamientos militares, con decenas de muertos, miles de desplazados y una peligrosa escalada que desafió las capacidades diplomáticas de ambos países y la ASEAN.
Un conflicto con raíces coloniales
Para entender este conflicto no basta mirar lo que ocurre hoy en la frontera. Es necesario retroceder más de un siglo en el tiempo, hasta el periodo del colonialismo europeo en el sudeste asiático.
En 1907, el Reino de Siam —lo que hoy es Tailandia— firmó un tratado con la Francia colonial, que entonces controlaba Camboya como parte de la Indochina francesa. Ese tratado pretendía fijar de forma definitiva la frontera entre ambos países. Sin embargo, dejó zonas grises que hasta hoy generan tensiones.
Una de esas zonas es el sitio arqueológico del templo de Preah Vihear, una joya del arte jemer construida entre los siglos XI y XII sobre un risco montañoso. Aunque geográficamente más accesible desde Tailandia, su valor simbólico, histórico y religioso es inmenso para Camboya. En 1962, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) falló a favor de Camboya, otorgándole la soberanía sobre el templo. Pero lo que no resolvió fue el control sobre los alrededores, una ambigüedad que ha provocado repetidos choques militares a lo largo de las décadas.
Patrimonio en disputa y tensiones recurrentes
El conflicto vivió un nuevo capítulo en 2008, cuando Camboya logró que la UNESCO declarara al templo Patrimonio Mundial de la Humanidad. Esta decisión, promovida por Phnom Penh sin la participación de Bangkok, fue percibida como una afrenta por los sectores nacionalistas tailandeses. En respuesta, comenzaron movilizaciones militares y choques fronterizos que dejaron decenas de muertos entre 2008 y 2011.
Aunque la CIJ reafirmó en 2013 que Camboya tenía derechos también sobre la zona contigua al templo, la tensión nunca desapareció del todo. El nacionalismo y la memoria histórica siguen alimentando el resentimiento mutuo, en especial entre sectores conservadores de ambos países.
La crisis actual: entre la política interna y la guerra abierta
La situación estalló nuevamente el 24 de julio de este año, cuando estallaron enfrentamientos a gran escala entre las fuerzas armadas de ambos países. Se reportaron bombardeos, uso de artillería pesada, ataques a poblados, hospitales y zonas arqueológicas. Tailandia ha desplegado aviones de combate F-16, mientras que Camboya ha movilizado tropas hacia la línea de fuego.
Hasta ahora, los enfrentamientos dejaron más de 30 muertos y más de 300.000 desplazados, en su mayoría civiles que han debido abandonar sus hogares en aldeas fronterizas devastadas por los combates. Varias imágenes muestran escuelas, templos y hogares reducidos a escombros.
Pero la violencia no solo se explica por el viejo conflicto fronterizo. En Tailandia, la primera ministra Paetongtarn Shinawatra fue suspendida de su cargo tras un escándalo político: una grabación filtrada donde critica a un alto comandante militar tailandés durante una llamada con el exlíder camboyano Hun Sen. Este último, con más de tres décadas de poder a sus espaldas, compartió públicamente el audio a través de sus redes sociales, generando un terremoto político en Bangkok.
La reacción fue inmediata: sectores conservadores y militares tailandeses exigieron la suspensión de la mandataria, lo que llevó a la instalación de un gobierno interino encabezado por Phumtham Wechayachai. Este nuevo primer ministro ha adoptado un tono mucho más confrontacional, declarando que el país “no descarta una guerra abierta” con Camboya. Como medida inmediata, se declaró la ley marcial en ocho distritos fronterizos y se evacuó a miles de personas.
Acusaciones cruzadas y armas prohibidas
La situación en el terreno se agravó con denuncias cruzadas. Tailandia acusa a Camboya de disparar directamente contra civiles, mientras que Camboya ha denunciado el uso de municiones de racimo por parte del ejército tailandés, un tipo de armamento prohibido por tratados internacionales debido a su alta letalidad y al riesgo que supone para la población civil incluso años después de su uso.
Ambos gobiernos se culpan mutuamente por la escalada, y hasta el momento no existe una voluntad clara de diálogo.
El tablero geopolítico: China, EE. UU. y la sombra de la Guerra Fría
Este conflicto no se desarrolla en un vacío. Tailandia y Camboya están insertos en una región con fuertes intereses estratégicos globales. China es el principal socio comercial, político y militar de Camboya. Ha invertido miles de millones de dólares en infraestructura, puertos y armamento en el país, consolidando una estrecha alianza con Phnom Penh.
Por otro lado, Tailandia mantiene desde la Guerra Fría una estrecha relación con Estados Unidos, que la considera un “aliado principal fuera de la OTAN”, con quien realiza ejercicios militares conjuntos y comparte inteligencia. Esta red de alianzas convierte el conflicto en una cuestión geopolítica, con potencias globales observando muy de cerca.
La apuesta diplomática por la ASEAN
Durante cinco días, los enfrentamientos no cesaron en la frontera. Los reportes hablan de artillería pesada, escaramuzas terrestres y ataques a posiciones militares a ambos lados de la línea divisoria. Por momentos, la región pareció al borde de una guerra abierta.
Sin embargo, a diferencia de otros conflictos contemporáneos donde la comunidad internacional ha tardado en reaccionar o ha quedado paralizada por divisiones, la diplomacia regional y multilateral funcionó esta vez como un freno real a la violencia. La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), tradicionalmente criticada por su política de no intervención, asumió esta vez un rol proactivo. Bajo la presidencia pro témpore de Malasia, su primer ministro Anwar Ibrahim convocó de urgencia una reunión en Kuala Lumpur con los líderes de Tailandia y Camboya.
El resultado fue concreto: un acuerdo de cese al fuego inmediato e incondicional a partir de la medianoche del 28 de julio. Ibrahim lo calificó como “un primer paso vital hacia la desescalada y la restauración de la paz y la seguridad”. También anunció la realización de al menos dos reuniones bilaterales, la primera entre jefes militares, programada para el martes, y otra para el 4 de agosto, como parte de un proceso de consolidación del alto al fuego.
La presión internacional jugó un rol importante. En una intervención inusual pero mediáticamente efectiva, el presidente estadounidense Donald Trump afirmó haber hablado directamente con el primer ministro camboyano para solicitar el cese de las hostilidades, y que haría lo mismo con el gobierno tailandés. En sus palabras: “No queremos llegar a ningún acuerdo con ninguno de ellos si están en guerra… muchas personas están muriendo, pero me recuerda al conflicto entre Pakistán e India, que se logró detener”. Si bien sus palabras fueron recibidas con escepticismo en algunos círculos diplomáticos, en Camboya se agradeció públicamente su mediación, así como la participación de China, que se sumó a las conversaciones en calidad de observador.
De hecho, los embajadores de Estados Unidos y China en Malasia, Edgard D. Kagan y Ouyang Yujing, estuvieron presentes en la reunión de Kuala Lumpur, un hecho que no pasó desapercibido y que muestra la creciente competencia de ambas potencias también en el terreno diplomático regional.
Al término del encuentro, el primer ministro camboyano Hun Manet expresó su esperanza de que este acuerdo permita restituir los canales diplomáticos entre ambos países, deteriorados tras la retirada mutua de embajadores. Por su parte, el tailandés Phumtham Wechayachai agradeció la mediación de la ASEAN y señaló que el acuerdo representa “una resolución pacífica que protege la soberanía y la vida de las personas”.
Hoy, el sonido de las armas ha dado paso —al menos temporalmente— a las voces de la diplomacia. Pero el camino hacia una paz duradera requerirá algo más que declaraciones y reuniones. Este conflicto nos recuerda que la historia no desaparece, solo se transforma. Las memorias coloniales, los reclamos territoriales no resueltos, y las tensiones internas pueden reactivarse con rapidez cuando falta voluntad política o sobran incentivos para la confrontación. La apuesta de la ASEAN ha sido valiente y oportuna. El desafío ahora es consolidarla antes de que el próximo disparo vuelva a poner todo en peligro.
