El caso de Martín de los Santos Lehmann y la falta de empatía hacia las personas mayores
La brutal agresión que sufrió un conserje de la tercera edad a manos de Martín de los Santos Lehmann, quien ni siquiera ha mostrado remordimiento, es más que un hecho aislado: es un síntoma. Un reflejo de cómo nuestra sociedad ha naturalizado el maltrato, la indiferencia y hacia quienes han recorrido una vida entera.
Muchos adultos mayores siguen trabajando no por vocación, sino por necesidad, debido a pensiones indignas. Otros viven marginados, en hogares donde el abandono familiar se disfraza de institucionalidad. Y están también los que son “útiles” solo para cuidar nietos o ser llevados a votar cuando llega la elección. ¿Eso es lo que merecen tras años de esfuerzo?
Hemos degradado el lugar del adulto mayor al de un ciudadano de segunda clase, cuando en realidad debiera ser lo contrario: un “adulto mejor”. Alguien que, tras toda una vida de contribución, reciba respeto, retribución y cuidado. Pero en lugar de eso, muchas veces solo encuentran soledad, indiferencia o desprecio.
¿Qué hemos hecho para dignificar la vejez? ¿Qué país estamos construyendo cuando se ignoran las necesidades básicas de los adultos mayores? El Estado no ha sido capaz de garantizar un sistema justo de protección, salud y previsión social para las personas mayores. Y peor aún, muchos representantes solo parecen recordarlos cuando necesitan sus votos, olvidando que su constancia y compromiso cívico los convierte en un pilar de la democracia.
Casos como el de Lehmann no son la excepción: son el reflejo visible de una problemática estructural. Vivimos en el país latinoamericano con mayor proporción de personas mayores de 60 años, y sin embargo seguimos actuando como si envejecer fuera una tragedia personal y no un proceso colectivo. No hemos hecho lo suficiente.
Hoy debemos enfocarnos en generar políticas y acciones que aseguren un envejecimiento digno, activo y saludable. Que quienes han entregado su vida al trabajo –muchas veces en condiciones duras y sin reconocimiento– puedan vivir sus últimos años con plenitud, y no marchitarse sentados esperando. Que lideren organizaciones comunitarias, reciban buen trato en los servicios públicos y ocupen el lugar de respeto que se les ha arrebatado.
Leyes como la de Personas Mayores siguen estancadas, y las medidas simbólicas ya no bastan. Es urgente generar un cambio real, con iniciativas que reconozcan la realidad rural, el abandono familiar y la sobrecarga de quienes los cuidan. No podemos seguir mirando hacia el costado.
No nos conformemos con reaccionar solo cuando vemos una golpiza en las noticias o sentimos ternura al ver a personas mayores en programas de televisión mostrando su sabiduría. Actuemos antes. Exijamos más. Hagamos algo.
Porque todos, tarde o temprano, vamos a envejecer. Y cuando ese momento llegue, quisiéramos vivir una vejez con dignidad, no con miedo, soledad o desprecio.
