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¿Puede el Pase Cultural transformar el acceso a la cultura en Chile?
Esta semana, el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio lanzó una esperada iniciativa: el Pase Cultural. Se trata de una transferencia directa de $50.000, por una única vez, a más de 312 mil 600 personas en todo el país, dirigida a quienes cumplan 18 años durante 2025 y pertenezcan al 40% más vulnerable del Registro Social de Hogares, así como a personas que cumplan 65 años y sean beneficiarias de la Pensión Garantizada Universal. El beneficio puede ser usado para acceder a libros, entradas a conciertos, cine, teatro, museos y otros bienes y servicios culturales.
Es, sin duda, una buena noticia. Sin embargo, su alcance, propósito y trascendencia aún no están del todo claros. Algo que puede deberse tanto a un problema comunicacional como a una falta de definición estratégica. Por eso conviene detenerse a mirar más allá del entusiasmo inicial.
Aunque el anuncio oficial menciona “una coordinación con enfoque territorial y con instituciones colaboradoras” para promover el uso del Pase y facilitar el vínculo con espacios culturales, hasta ahora no se conocen mecanismos concretos de articulación con la oferta cultural real del país, ni estrategias para fortalecer la oferta, ni indicadores para evaluar su impacto.
Una política cultural profunda no solo acerca a las personas a un libro o una obra de teatro, sino que construye relaciones duraderas entre el ecosistema artístico. De lo contrario, el riesgo es que los recursos terminen por disolverse en una experiencia aislada y sin continuidad. Esto es algo que se repite en las últimas décadas. Los distintos gobiernos han mostrado avances puntuales en áreas específicas, pero sin consolidar un enfoque para el desarrollo cultural sostenido.
El caso de Francia puede ofrecer una clave. Allí, el Pass Culture entrega 300 euros a jóvenes de 18 años para consumo cultural. Esta medida forma parte de una política pública más amplia de Educación Artística y Cultural, que busca garantizar el acceso de todos los jóvenes a la cultura y las prácticas artísticas. El Pass Culture se articula en dos partes: una individual, que permite a los jóvenes acceder a actividades culturales, y una parte colectiva, que cada profesor puede utilizar para organizar proyectos culturales para su clase, en colaboración con profesionales de la cultura.
A las puertas de una nueva elección presidencial, la pregunta por el lugar que ocupa la cultura en los programas de gobierno vuelve a ponerse sobre la mesa. En este punto, las visiones culturales de las y los candidatos muestran grandes contrastes. Desde quienes promueven la cultura como uno de los derechos fundamentales (como Jeannette Jara), hasta quienes consideran que “el arte no es una profesión” (como Franco Parisi).
En conclusión, el Pase Cultural será un paso importante para Chile, siempre y cuando se convierta en parte de una estrategia integral que involucre educación, infraestructura, formación de públicos y trabajo comunitario. Su potencial depende de que se genere un relato cultural más profundo, necesario para que las políticas públicas sean sostenidas en el tiempo.
