El pequeño punto que colocamos sobre la letra 'i' no posee un nombre propio . Se le llama simplemente punto, y cuando se quiere distinguir del que aparece en la 'j', se puede hablar del punto de la i frente al punto de la jota. Pero, ¿por qué usamos ese punto? ¿Es obligatorio escribirlo? ¿O es incorrecto omitirlo? A continuación, te explicamos de dónde viene esta práctica y por qué la conservamos. La Ortografía de la lengua española (2010) no establece de forma explícita que la letra 'i' deba llevar punto, ni considera su ausencia una falta ortográfica. Sin embargo, el manual señala que este rasgo es distintivo de la grafía , por lo que omitirlo no se ajusta a su forma canónica. En otras palabras, aunque no esté prohibido, no ponerlo puede considerarse inapropiado. Según la obra Historia de las letras (Espasa, 1996), de Gregorio Salvador y Juan R. Lodares, la letra 'i' se usaba en los alfabetos fenicio , griego y latino , originalmente sin punto. En el alfabeto latino, incluso, llegó a representarse con dos pequeños círculos en sus extremos. Durante siglos se escribía sin el punto que hoy la caracteriza. Este se incorporó como una forma práctica de distinguirla de otras letras de trazo sencillo, como la 'l' o la 't'. En sus inicios, el punto podía colocarse tanto arriba como abajo de la letra. Aunque la ortografía académica no lo prohíbe expresamente, el uso de otros símbolos —como círculos, estrellas, corazones o asteriscos— en lugar del punto tradicional, no se considera adecuado. Al hacerlo, se altera la forma convencional de la letra. Las versiones mayúsculas de la 'i' y la 'j' no llevan punto , pero en la escritura manual es común ver a personas que los añaden. Aunque esta práctica no se ajusta a la norma, no suele considerarse un error grave. En definitiva, ese minúsculo punto sobre la 'i' tiene más historia y función de lo que parece. Es un detalle gráfico que, aunque discreto, ha jugado un papel importante en la evolución de la escritura .