La historia de William Kemmler, el primer hombre ejecutado en la silla eléctrica, una muerte más cruel que el ahorcamiento
William Kemmler, un vendedor ambulante de verduras en los alrededores de Buffalo, Nueva York, Estados Unidos, llevaba una vida marcada por su adicción al alcohol, lo que lo convertía en una persona peligrosa y agresiva. El 29 de marzo de 1888, tras una fuerte resaca, Kemmler tuvo una discusión con su esposa, Matilda "Tillie" Ziegler. Durante la discusión, él la acusó de intentar robarle lo poco que tenía para escapar de su vida con un amigo común.
De repente, en un estado de calma momentánea, Kemmler se dirigió al granero, regresó con un hacha y, en un arranque de violencia, la mató con veintisiete golpes. Luego, sin mostrar arrepentimiento, se dirigió a la casa de un vecino para confesar el crimen. Apenas cuarenta días después, el 10 de mayo, fue juzgado, declarado culpable y sentenciado a muerte.
Así fue la ejecución en silla eléctrica de William Kemmler
Kemmler iba a ser el primer ser humano ejecutado con un nuevo invento diseñado para acabar con la vida sin causar sufrimiento: la silla eléctrica. Hasta ese momento, la pena capital en Estados Unidos se aplicaba mediante la horca. La idea de la silla surgió de un dentista de Buffalo, Alfred Southwick, quien comenzó a experimentar con la electrocución después de presenciar la muerte de una persona por una descarga eléctrica.
Sin embargo, la ejecución no salió como se había planeado: durante los primeros 17 segundos, Kemmler recibió una descarga de 1.000 voltios, pero esta no fue suficiente para matarlo. Aumentaron la intensidad de la corriente mientras su cuerpo comenzaba a quemarse, aunque él seguía respirando y gritando de dolor.
El intenso olor a carne quemada llenó la sala, dejando una impresión profunda en los testigos del evento. "Fue una escena horrible, mucho peor que un ahorcamiento", relató un cronista que estuvo presente en esa primera ejecución con silla eléctrica.
La silla eléctrica, una muerte que resultó ser más cruel que el ahorcamiento
La ejecución de William Kemmler estaba prevista para el 6 de agosto de 1890. Según los relatos, se le dio la opción de elegir entre la horca o ser el primero en ser ajusticiado con el nuevo sistema. Optó por lo que se pensaba sería un método más humano y sin dolor. "Soy un criminal y merezco morir. Está bien, pero no quiero morir en la horca, quiero hacerlo en esa silla que han inventado, que parece más moderna", fueron las palabras que, según las crónicas de la época, pronunció.
A las 5 de la mañana de ese 6 de agosto, los guardias lo despertaron en su celda en la prisión de Auburn. Tras vestirse y desayunar, lo condujeron a la cámara de ejecución, donde lo esperaba la silla eléctrica. Lo ataron a la silla y le colocaron los electrodos en su cabeza rapada y a lo largo de la espalda. Todo estaba preparado para la primera descarga eléctrica.
La autopsia reveló que el electrodo en su espalda había quemado por completo su columna vertebral, un cruel contraste con la idea de la modernidad que él pensaba sinónimo de misericordia. De hecho, al retirar las cuerdas que lo sujetaban, incluso salió humo de su cabeza. La ejecución, mucho más dolorosa y prolongada de lo que se esperaba, duró cerca de dos minutos. Kemmler falleció frente a la mirada incrédula de los testigos, dejando una huella imborrable en la historia de las ejecuciones.
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¿Por qué Estados Unidos decidió crear la silla eléctrica?
A finales del siglo XIX, Estados Unidos comenzó a buscar una alternativa más "civilizada" al ahorcamiento, que cada vez era más criticado debido a sus fallos técnicos y la brutalidad de sus consecuencias. Fue en este contexto que nació una idea innovadora: utilizar la electricidad como método de ejecución.
Aunque fue el dentista e inventor Alfred P. Southwick quien propuso por primera vez la electrocución, tras ser testigo de una muerte accidental por contacto con un generador eléctrico, su propuesta rápidamente se vio envuelta en una intensa competencia comercial que no solo decidiría el destino de la silla eléctrica, sino también el rumbo de la industria energética en el país.
Este conflicto se conoce como la “Guerra de las Corrientes”, un enfrentamiento entre dos grandes de la época: Thomas Alva Edison, defensor de la corriente continua (DC), y George Westinghouse, quien apostaba por la corriente alterna (AC), apoyado por el brillante inventor Nikola Tesla.
