Aquí y allá impulsan la regresión autoritaria
Stacey Abrams, la gran líder afroamericana, ha generado un decálogo con el que se une al coro que clama lo evidente: Trump y sus cómplices están en la ruta de convertir a los Estados Unidos en un régimen autoritario.
Abrams ha delineado un decálogo de señales que advierten cómo se erosiona una democracia desde sus entrañas. Su mensaje debería ser escuchado con atención no solo en el vecino del norte, sino en nuestro propio país. Los diez puntos son los siguientes:
1. Manipulación del acceso al voto.
2. Consolidación del poder en el Ejecutivo.
3. Ataques sistemáticos a la prensa libre.
4. Uso del sistema judicial para fines políticos.
5. Deslegitimación de los resultados electorales.
6. Culto a la personalidad del líder.
7. Demonización del disenso.
8. Criminalización de la protesta.
9. Desmantelamiento de los contrapesos institucionales.
10. Normalización de la mentira como herramienta política.
Cada uno de estos síntomas se manifiesta, con matices distintos, en el Estados Unidos de hoy y, preocupantemente, también en el México contemporáneo.
Solo en estos días hemos atestiguado otros capítulos de la erosión democrática en ambos lados del Río Bravo. Allá, la intención del gobernador texano Greg Abbott por redibujar los distritos electorales a su conveniencia (gerrymandering), y acá, el anuncio de una próxima reforma electoral que, entre otras cosas, amenaza con erradicar la representación proporcional en el Congreso (eliminar representantes plurinominales).
El gerrymandering, en su forma más cruda, consiste en que los políticos eligen a sus votantes y no los votantes a sus representantes.
Se trata de truquear los límites de los distritos electorales para concentrar o dispersar a ciertos grupos —por su preferencia política, origen étnico o situación socioeconómica— y así asegurar ventajas para el partido que impone esos cambios. Se mantiene la apariencia democrática —sí hay elecciones—, pero se compite en un terreno ya inclinado. Y cuando las reglas están amañadas desde el tablero, lo que hay ya no es democracia, sino simulacro. Al parecer, la maniobra de Abott podría darles a los republicanos 5 nuevos representantes (hoy la distancia entre demócratas y republicanos en la cámara baja es menor a ese número).
En México, la película tiene un guion distinto pero un propósito inquietantemente similar. La propuesta de eliminar a los diputados y senadores plurinominales —impulsada por la mayoría oficialista— se justifica con el discurso de reducir el gasto y eliminar “la burocracia dorada”. Pero su verdadero efecto sería desmantelar el principio de representación proporcional, concentrar aún más el poder en Morena y cerrar la puerta a nuevas fuerzas políticas. En lugar de pluralismo, tendríamos hegemonía: el retorno del carro completo.
Eliminar la representación proporcional rompe con el principio de “una persona, un voto”, al distorsionar la relación entre votos emitidos y escaños obtenidos. En 2024, Morena y sus aliados obtuvieron el 60% de los votos, pero ganaron 257 de los 300 distritos de mayoría relativa, lo que les daría el 85% del Congreso si se suprimen los plurinominales. La oposición, con el 33% de los votos, apenas alcanzaría el 15% de los escaños.
De aprobarse esta aberración, se estaría anulando el voto de millones de ciudadanos, consolidando un Congreso desequilibrado que no refleja la diversidad política del país y castiga de forma injusta a quienes eligen opciones distintas al partido mayoritario.
Frente a esta amenaza, 22 consejeros y exconsejeros electorales firmaron un desplegado contundente: una reforma electoral debe construirse a través del diálogo y el consenso, no desde la imposición de una mayoría legislativa. Señalan que las reglas del juego democrático deben servir a todos, no solo al grupo en el poder, y advierten que alterar el sistema sin un amplio acuerdo pone en riesgo la estabilidad política, la confianza ciudadana y la equidad electoral.
Llaman a fortalecer —no debilitar— al árbitro electoral, y a respetar el equilibrio entre representación y gobernabilidad que tanto ha costado construir. Reformar sin escuchar es deformar.
Por eso, es fundamental que la sociedad civil no se quede al margen. Entre otros movimientos ciudadanos y sociales, la Marea Rosa, que emergió con fuerza para defender al INE, debe continuar su lucha ahora por reglas democráticas que garanticen representación, equidad y respeto al pluralismo.
No basta con votar; también hay que vigilar y alzar la voz cuando se intenta distorsionar la voluntad de la gente. Sólo una ciudadanía activa puede frenar el avance de modelos autoritarios disfrazados de democracia.
