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Август
2025

¿Entre Escila y Caribdis? Derivas tecnocráticas y populistas de la democracia actual

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La democracia tiene algo de escurridizo, es difícil definirla de manera inmutable, su especificidad va cambiando con el tiempo según cambia el poder en las sociedades. Hoy, una vez más, su definición constituye un nuevo campo de tensión donde dos polos la reclaman para sí, pero en el fondo atentan contra ella. Si en un comienzo la idea de democracia popular ligada a una voluntad general única e indisoluble se confrontó a la democracia liberal como un conjunto diverso de voluntades con un ánimo hacia el bien común, hoy esta dicotomía quedaría en parte superada por un nuevo contraste que confronta dos nuevas derivas asociadas a la idea de democracia, subsumiendo en ellas las dicotomías pasadas. Nos referimos a la deriva tecnocrática globalista y la populista nacionalista.

En la arena política internacional hemos sido testigos, con mayor fuerza desde 2016, de la insana pugna entre un movimiento progresista-globalista, representante de la primera tendencia, y un movimiento conservador-nacionalista, encarnación de la segunda deriva, y que se retroalimentan mutuamente. Que el progresismo actual se asocie más frecuentemente con la izquierda política, mientras el populismo nacionalista lo conectemos con lo que se ha llamado extrema derecha, puede tomarse como una tendencia empíricamente justificada en ciertos casos, aunque de ningún modo agota el fenómeno que estamos aquí tratando de dilucidar y que rebasa con mucho los clivajes político-partidistas. En efecto, cada vez resulta menos iluminador la tradicional oposición política entre derecha e izquierda. Hay populistas-nacionalistas de derecha y de izquierda, así como existen tecnócratas de ambos bandos (‘neoliberales’ y ‘progresistas’). Henos aquí, por lo tanto, con procesos sociohistóricos y culturales más hondos.

El globalismo tecnocrático puede ser iluminado con la ayuda de la teoría weberiana de la modernización en general y sus observaciones sobre de la burocracia experta en particular. La teoría de la racionalización de Max Weber está asociada con el avance de reglas explícitas, procedimientos formales, experiencia técnica y comunicación disciplinada en el gobierno de las sociedades modernas. A pesar del avance de los Estados modernos en su capacidad de organizar grandes obras mediante una nueva legitimidad racional-legal (normas basadas en la razón y la técnica), Weber temía también la modernización burocrática porque, entre otras cosas, erosionaba la libertad y la creatividad individuales. La aparición de líderes carismáticos, representaban para el sociólogo alemán, una fuerza que tal vez podía contrabalancear aquellas tendencias. Con cierta ingenuidad, a juzgar por los eventos históricos que se desarrollaron en Europa luego de su muerte, Weber esperaba la llegada de individuos ‘conductores’ (Führer), de una autoridad basada en dotes extraordinarios que pudieran reintroducir sentido y dirección en la vida política moderna.

El carisma degradado y el nacionalismo chauvinista que representaron los caudillos fascistas de los años treinta y cuarenta del siglo pasado, enfrentados al orden global wilsoniano, post primera guerra mundial, anticiparon –con todas las diferencias que quepan, por ejemplo: una tecnología informática que potencia las posibilidades de un gobierno racionalizado y tecnocrático centralizado— los conflictos actuales entre ‘nacionalistas’ y ‘globalistas’, entre progresistas y populistas del mundo actual. De nuevo, si hablamos de globalismo, no podemos solo decir que éste se encarna en tecnócratas ‘neoliberales’, porque existe también –entre otros posibles ejemplos— la izquierda altermundialista.

Estas tendencias polares, aunque mutuamente energizantes, se apoyan, como no, en ciertas disposiciones y preferencias ciudadanas. Dependiendo de la encuesta que se tome, un porcentaje significativo de la población, en forma creciente, está a favor de reemplazar ciertos aspectos de la democracia por una tecnocracia, una forma de gobierno en la que los expertos toman decisiones en lugar de los políticos elegidos democráticamente. Por ejemplo, según Latinobarómetro 2024, un 32% de los encuestados estaría por deshacerse de las elecciones y los parlamentos y entregar las decisiones a los técnicos, es el 2013 esta cifra era de 21%. Por otro lado, un 54% dice que no le importaría que un gobierno no democrático llegara al poder si resolviera los problemas y en 2002 era un 44%. Asimismo, un 35% aprueba que el presidente pase por encima del parlamento, las leyes y las instituciones con tal de resolver los problemas. Estas cifras sustentan la idea que muchos líderes autoritarios no aspiren a gobernar en pluralismo, sino que apelan a las mayorías aplastantes o a la anulación del poder legislativo cuando les es adverso. No es que nominalmente la ‘democracia’ (liberal) no tenga adeptos, porque la mayoría la sigue considerando la forma menos mala de gobierno, pero ya no consigue la fuerza persuasiva de antes, durante fines del siglo XX e incluso todavía a comienzos del XXI.

Más allá de las preferencias ciudadanas o las opiniones entregadas, deben también recordarse algunos procesos y fenómenos recientes. Durante los últimos años, y sobre todo durante la pandemia, los políticos ocuparon en cierto sentido un lugar secundario respecto a los ‘expertos’. Algo no solo comunicado, sino que activamente promocionado por todos los medios de comunicación, los organismos internacionales y los mismos representantes democráticamente elegidos al interior de cada país. No se trata aquí de denunciar una ‘conspiración’ entre elites, sino que, de situar estos hechos dentro del largo proceso de racionalización occidental, hoy de proporciones globales. En el ámbito local nuestro, el segundo proceso constitucional chileno vio con fuerza la emergencia de un grupo de constitucionalistas expertos que fueron bastante más eficaces que los representantes electos para lograr consensos y con mayor aprobación ciudadana.

Dentro de la visión dominante en los tiempos modernos (racionalista) el gobierno de los tecnócratas no es solo comprensible, sino que una idea adoptada por un número inmenso de ciudadanos como un deber ético. El racionalismo o más bien la racionalización –cuya contracara es lo que Weber llamó el desencantamiento del mundo— considera el universo y todo lo que contiene como un medio transparente, no enigmático, que puede entenderse racionalmente hasta en sus últimos detalles. Que la toma de decisiones se deje en manos de expertos es, desde aquí, totalmente entendible y justificable: ¿no son éstos, y no los políticos democráticamente electos, las personas con el conocimiento más racional sobre el funcionamiento de sociedad y la naturaleza, las enfermedades y el clima? Pero esto lleva, en última instancia, a que la democracia sea suplantada por una tecnocracia. Cabe notar que la tecnocracia implica un ‘bypass’ no solo del ejercicio democrático electoral y de la política normal, sino que constituye una seria amenaza para otra institución típicamente moderna y sin la cual dicho ejercicio democrático se vuelve imposible: la deliberación ciudadana en la ‘esfera pública’. La narrativa tecnocrática castiga al ‘no experto’ y desincentiva la conversación abierta sobre asuntos tan importantes como la salud, la educación, el medioambiente. Aunque Weber no usó el término, sí que subsumió al gobierno de los expertos bajo el más amplio proceso de racionalización, del cual la organización burocrática es expresión. La tecnocracia es el resultado inevitable de la racionalización y de la especialización de los roles que le acompaña.

Entonces, se empiezan a acumular sensaciones de ineficacia -o impotencia- ciudadana, que la voz de cada uno no cuenta, que no existe una verdadera vida comunitaria que permita construir sociedad desde abajo, asociada y deliberativamente. Surge así una generalizada experiencia de soledad y fragmentación en la sociedad, la percepción compartida de degeneración del liderazgo en tiranía burocrática y una creciente sensación de que la vida democrática no tiene mucho sentido, al menos no como ‘gobierno del pueblo’ o de la mayoría, como suele considerarse en el sentido más común. A pesar de cierta resiliencia democrática como ‘lo menos malo’ es innegable el desencanto democrático. La democracia hoy no vibra ni muestra un futuro brillante para los ciudadanos: son otras versiones deformadas de democracia (algunos le llamarían ‘democracias distintas’, otros derechamente democracias ‘iliberales’) las que emergen como alternativas llamativas.

El desencanto democrático es bien captado y canalizado por figuras políticas nacionalistas, más o menos demagógicas, que prometen reconstruir la fábrica de la nación, animando un nuevo sentido de cohesión social y ‘devolviéndole’ el poder a la gente. La idea de ‘soberanía popular’ vuelve a adquirir algún grado de realidad, de verosimilitud, al menos como sensación. Cabe, nuevamente, recordar que esta reacción populista no ha constituido un monopolio de una política de derechas; ahí están, por ejemplo, los populismos de izquierda propuestos por Laclau y Mouffe. La reapropiación populista de la nación y de la patria no tiene color político exclusivo, aunque sí énfasis distintos.

De este modo, y en función de estas dinámicas, la democracia contemporánea transitaría como frágil embarcación por ese estrecho canal entre Escila y Caribdis dos monstruos mitológicos que marcan bordes opuestos, que aquí representan dos formas peligrosas y desfiguradas de política. Por todo lo dicho anteriormente, el clivaje relevante –el que realmente nos puede y debe orientar en estos tiempos confusos— no dice tanta relación con el eje izquierda / derecha, sino que más bien con el de democracia / tiranía, intentando comprender las formas en que ésta ultima se materializa. Y pareciera que, mientras la tendencia racionalizante-tecnocrática conduciría a formas totalitarias de gobernanza global, las contra-tendencias carismáticas-populistas encarnaría el riesgo de un gobierno dictatorial de corte nacionalista. Dos formas de autoritarismo que están a la vuelta de la esquina de cualquier democracia contemporánea. Uno podría aquí hipotetizar sosteniendo, por ejemplo, que Elon Musk y Donald Trump encarnan las dos cosas al mismo tiempo.

En el caso del orden mundial que se está hoy reconfigurando, para recapitular y cerrar, hay entonces que tratar de visualizar dos impulsos fundamentales actuando desde hace tiempo: la confrontación (e hibridación) entre un impulso globalista-tecnocrático-impersonal, por un lado, y uno nacionalista-populista-personalista, por el otro. El uno se presenta como implacable, inevitable, como una fuerza impersonal actuando a las espaldas de las personas; el otro juega con las ilusiones de los seres humanos y se encarna por lo general en políticos ‘carismáticos’ (por más degradado que sea el tipo de carisma que irradian). Un impulso alimentándose del otro, reaccionando ante el otro, justificando su propia desmesura gracias a la desmesura de su enemigo. Los Trumps, Bolsonaros, Mileis, Bukeles así como los movimientos antiimperialistas y de liberación nacional de izquierda son, en un sentido evidente, una reacción a los representantes de las instituciones globales (presidentes como Trudeau, Starmer o Macron, burócratas como Tedros Adhanom Ghebreyesus o Ursula von der Leyen).

Como ya sugeríamos, una de las complejidades con la actual administración norteamericana es que se asoció a figuras tan ambiguas como Elon Musk, el poderoso empresario del mundo tecnológico y hasta hace poco miembro integrante del gobierno. ¿Es un tecnócrata o un populista, un globalista o un nacionalista? Más que dos polos opuestos, pareciera que tecnocracia y populismo conformaran una especie de monstruo mutante de dos cabezas. Lo que se aparece, a primera vista, como antagonistas irreconciliable, son en un sentido extraño aliados, que se presuponen y necesitan mutuamente. Quizás entonces, más que al clásico mito griego de Escila y Caribdis, se justifique recurrir a la imagen del monstruo bicéfalo: dos cabezas compartiendo un mismo tronco. Aunque no podemos entrar en la historia del asunto que aquí tratamos, se puede sostener prima facie que tanto el nacionalismo chauvinista (cerrado) como el orden globalista plano (sin consideración de la multiplicidad cultural del mundo) se forjaron al mismo tiempo, hacia el fin de la Primera Guerra Mundial, con los 14 Puntos de Wilson en USA, su principio de autodeterminación de las naciones y el orden internacional que allí se inauguró.







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