San Juan de Lurigancho y su selva escondida: una historia que comenzó hace más de 40 años con una familia que huyó del terrorismo en Ayacucho
Hace más de 40 años, Esther Rodríguez Huamán tuvo que dejar su querido huerto en Huamanga. Partió de su natal Ayacucho en busca de nuevas oportunidades y algo de paz, ya que en los años 80, dicha ciudad era convulsionada por el terrorismo. Llegó junto a su esposo y sus siete hijos a uno de los asentamientos humanos recién inaugurados en el entonces árido distrito de San Juan de Lurigancho, en Lima.
Su hija, quien también se llama Esther, contó que cuando llegaron ella tenía siete años y recuerda que carecían de recursos económicos, pues su mamá era ama de casa y su papá, un maestro mal remunerado. Como el dinero no alcanzaba, doña Esther decidió plantar frutales para que, cuando sus hijos no tengan que comer, puedan tomar una fruta. Pero ese no fue el único motivo que impulsó a la matriarca a sembrar, sino también su deseo de recordar sus días en su amado huerto.
"Ella estaba acostumbrada, siempre, toda su vida a vivir dentro de plantas. En su casa (de niñez) tenía jardines y en mi casa, en Ayacucho, también teníamos plantas. Tenía su huerto... cuando llegamos a vivir acá (Lima), ella lo veía todo feo, árido, no le gustaba el cerro así sin plantas", relató la hija de Rodríguez Huamán.
Antes de que la mamá de Esther decidiera plantar su primer frutal, consultó con sus vecinos si podía sembrar en la parte trasera de su casa. Según cuenta su hija, ellos no tuvieron problema y su madre pudo plantar sin inconvenientes, pero este ímpetu de crear vida en un cerro lleno de salitre le costó varias lecciones. Una de ellas fue cómo limpiar una tierra contaminada y volverla fértil.
"Mi mamá conocía de tierras, ella había encontrado que la tierra era salitrosa y por eso, las plantas no crecían. Entonces, ¿qué hacía? Lavaba la tierra, ¿cómo la lavaba? Le echaba agua por días y después de un tiempo recién sembraba. Ella no lo sembraba directo porque se había dado cuenta de que al sembrar (sin trabajar la tierra) se secaba la planta", relató.
Dedicó su vida al huerto
La encargada actual de la conocida Selva Escondida de San Juan de Lurigancho, Esther Escobar Rodríguez —hija de Doña Esther— recordó que cuando era niña y llegaba del colegio, su mamá no estaba en la casa, sino en la huerta. "Dejaba la comida lista y se iba atrás (de su vivienda) a trabajar en la huerta. Su vida estaba ahí". De acuerdo con las declaraciones de Escobar, su mamá no realizó este proyecto pensando en el futuro (como un lugar recreacional), solo lo hizo porque "a ella le gustan las plantas".
El primer frutal que plantó la fundadora fue el mango, un árbol que se formó por más de 40 años en la entrada del pequeño pulmón verde de SJL. Testigo del crecimiento de otras especies a su alrededor, sus tallos engrosados relatan su vejez y la de Esther, que hoy, con 85 años, observa cómo el lugar que le dedicó su vida se ha convertido en una atracción para turistas, curiosos e investigadores. En la actualidad, la Selva Escondida cuenta con más de 100 especies de plantas, entre ellas palta, chirimoya, plátano, café y hasta bambú.
Tenemos autorización de Serfor
Ante el crecimiento de plantas de todo tipo en la parte trasera de su vivienda, diferentes aves comenzaron a llegar. "Hay bastantes aves, incluso un ecologista ha venido y encontrado especies en peligro de extinción que están viniendo. Muchas aves han creado su hábitat aquí". Además, Esther —la hija— cuenta que cuando las personas comenzaron a llegar les donaban animales como loro, o monos chiquitos que tenían sueltos hasta que llegó el Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (SERFOR) y les indicó que estaba prohibido, porque podían transmitir enfermedades a las personas o viceversa.
Después de haberse informado debidamente con la entidad encargada, sostuvo que "ahora tienen autorización de los loros y las tortugas, que son animales en peligro de extinción". Además, Esther cuenta que tienen animales porque utilizan sus excrementos como abono y composta. Recuerda que su madre siempre les inculcó separar los desperdicios entre orgánicos e inorgánicos.
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Legado que perdurará en generaciones
Doña Esther jamás imaginó que esa tierra árida y fea pudiera crear tanta vida en medio de rocas. El trabajo y dedicación que realizó por tantos años a su huerto, ahora, es el orgullo de sus hijos, quienes cuidan la gran herencia que su madre les está dejando. "Nosotros siempre lo hemos cuidado, porque hemos visto que (el huerto) es su vida, ha sido su vida", comenta su hija.
Sin embargo, no todo es color de rosa, hubo un tiempo en el que costaba mucho mantener el lugar, porque todo generaba gasto. Esther cuenta que durante la pandemia fue muy difícil porque no lo podían mantener y hubo un momento en que no sabían qué hacer. "Entre todos ayudábamos, porque, como somos varios, también tratábamos de pagar, hasta con la jubilación de mi mamá. Todo se invertía en el huerto... Incluso, cuando las plantas se enfermaban utilizábamos pesticidas naturales, pero no era suficiente, a veces", contó.
Escobar cuenta que gracias a un youtuber el lugar se hizo conocido, la gente empezó a ir, pero surgió un problema a Doña Esther, no le gustó la idea de que gente desconocida ingresara a su huerto. "Ella era celosa con sus plantas, no quería. Decía que le iban a malograr y romper sus plantas, porque ellos no cuidan. Pero después entendió, porque le explicamos que si no generábamos ingresos, el lugar se iba a secar, porque a nosotros ya no nos alcanzaba. Ahora, ella se alegra".
Inversión ecológica
Esther Escobar, hija de Doña Esther, una de las encargadas de la Selva Escondida, explicó que mantener este tipo de lugares no solo es tener dinero, sino también gestionar los recursos utilizados de manera ecológica. Ella cuenta que si bien es cierto, se tiene que pagar servicios básicos como el agua, la luz y el personal, también generan "ganancias" al reciclar los excrementos de los animales. Es decir, no solo enriquecen sus tierras con abono de sus animales, sino también tratan el agua con las que riegan.
"Nosotros regamos con manguera... pero el agua viene con sedimentos de cloro. No lo ponemos directamente en la planta, porque le afecta. Nosotros almacenamos el agua en una parte baja y con un motor hacemos que eso suba a la parte media donde abonamos el agua con los excrementos de los peces. Construimos una piscina, como una laguna, ahí están los peces y esa agua tratada recién sube para regar a las plantas", explicó Esther.
La Selva Escondida tiene un área de 4000 metros cuadrados de pura vegetación, se ubica a unas cuadras del paradero Canto Rey en SJL, a la altura del grifo Altavida en la Calle 51. A pesar de no llevar un registro oficial de cuántas plantas tienen, los hijos de Doña Esther decidieron buscar cada una de ellas para colocarles sus nombres científicos y así las personas puedan conocer y diferenciar entre los frutales, árboles y plantas medicinales. Esther —la hija— cuenta con orgullo la historia de perseverancia de su madre, un legado que perdurará a través del tiempo con los debidos cuidados. Invita a todas las personas de visitar este pequeño pulmón que conmemora con esfuerzo y sacrificio los días de su madre, quien no quiso olvidar su amado huerto en Huamanga.
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