El tablero de la ouija ha sido, durante décadas, un objeto envuelto en mil comentarios, especulaciones, supersticiones y advertencias. Considerado por muchos como un simple juego de salón y por otros como una puerta abierta hacia lo desconocido , ha marcado la frontera entre lo lúdico y lo inquietante. En Cádiz, esa línea se cruzó cuando un grupo de jóvenes decidió improvisar una sesión en un lugar cargado de historia y misterio: el Beaterio . Lo que para ellos iba a ser una simple prueba entre amigos terminó convirtiéndose en una experiencia que, según relatan, los dejó con más preguntas que respuestas. El Beaterio es uno de los enclaves más peculiares del casco antiguo de Cádiz. Conocido por sus catacumbas, su aire muy húmedo, atmósfera enrarecida y su silencio sepulcral, ha sido escenario de investigaciones sobre fenómenos extraños y también de visitas guiadas para los amantes de la historia más inquietante. Fue allí donde tres amigos decidieron adentrarse una noche, motivados por la curiosidad y por los comentarios que habían escuchado sobre el lugar. Al principio, su plan era sencillo y era registrar psicofonías . Durante la primera parte de la visita revisaron sus grabaciones sin detectar nada extraño. El ambiente era sobrecogedor, pero nada parecía salir de lo común. Fue entonces cuando uno de ellos sacó un tablero de ouija portátil, de los que se venden por internet. Con un vaso de chupito como indicador improvisado, iniciaron una sesión rápida que, aseguran, no duró más de cinco minutos. Según el testimonio, comenzaron con una invocación leída en voz alta . Pidieron una señal y, en cuestión de segundos, escucharon un golpe proveniente de uno de los pequeños ataúdes del panteón . Intrigados, preguntaron un nombre y la respuesta que interpretaron fue «Dolores». Acto seguido, la temperatura del lugar descendió de manera perceptible. «Nos miramos todos con la misma sensación: algo raro estaba pasando», contó uno de los participantes. Lo más inquietante ocurrió poco después. Mientras uno de ellos se asomaba a la escalera tras escuchar pasos, otro gritó asegurando que había sentido una mano en la nuca . En su piel quedaron lo que parecían marcas de dedos. El grupo, presa del miedo, decidió recoger y marcharse. Sin embargo, antes de abandonar el lugar escucharon, nítidamente, una voz que decía: «No os vayáis, quedaos». Esa fue la señal definitiva para salir sin mirar atrás. Más allá de esta experiencia, el Beaterio de Cádiz posee un trasfondo histórico notable. Fue fundado por las Hermanas Terciarias de San Francisco bajo la dirección de Isabel de San Josef. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, este tipo de instituciones religiosas ofrecían a mujeres la posibilidad de vivir en comunidad bajo normas de recogimiento y obediencia. El edificio donde se asentó pertenecía a Juan de Oñate, descendiente de una familia de exploradores y colonizadores en América del Norte, con presencia en territorios como Zacatecas y Texas. La casa se concluyó en 1815, incluyendo una capilla dedicada a Jesús, María, José y al Arcángel San Miguel. Sin embargo, la falta de recursos provocó tensiones con el clero local. Jerónimo Becker, en sus escritos, describió el lugar como «una buena casa pero sin rentas», lo que llevó a algunos a afirmar que era «una jaula sin alpiste». Con el tiempo, las beatas fueron desalojadas por reclamaciones de herederos, y el inmueble pasó a otros usos. El Beaterio no desapareció tras la expulsión de las religiosas. Durante parte del siglo XIX, la cueva y las salas anexas se destinaron a la enseñanza de costura a mujeres en riesgo de exclusión social. Décadas más tarde, buena parte de la edificación fue demolida, aunque el panteón subterráneo se conservó. Las catacumbas, de gran valor histórico –a mi me llaman mucho la atención y estuve en ellas invitado por el investigador Eugenio Belgrano- guardaban los féretros de las religiosas y se reutilizaron como almacén y refugio en distintos momentos críticos de la ciudad. En 1947, cuando Cádiz sufrió una devastadora explosión tras la detonación accidental de minas almacenadas en el Instituto Hidrográfico, los sótanos del Beaterio sirvieron como resguardo para algunos vecinos. También en la Guerra Civil Española se usaron sus galerías como escondite , dando cobijo a varias familias que buscaban protección frente a los bombardeos. Esta acumulación de episodios dramáticos, sumada a su condición de antiguo lugar de enterramiento, ha contribuido a alimentar las historias de apariciones y fenómenos extraños. Hoy en día, el Beaterio es un espacio abierto al público en visitas guiadas. Los restos de ataúdes, la humedad persistente y la penumbra de sus pasadizos lo convierten en un lugar propicio para la sugestión. Investigadores de lo paranormal, curiosos y turistas se acercan con frecuencia atraídos tanto por su valor histórico como por el aura de misterio que lo rodea. El relato de los tres jóvenes que improvisaron la sesión de ouija añade un capítulo más a las leyendas -¿o historias reales'- que circulan en torno al sitio. Sea como fuere, el Beaterio se mantiene como uno de los lugares más singulares y misteriosos de Cádiz. Un espacio donde la historia tangible convive con los ecos de lo inexplicable, y donde cada visitante se enfrenta a sus propias creencias sobre la frontera entre el mundo de los vivos y lo que podría esperar más allá. *Si tienes una experiencia paranormal o has sido testigo de un fenómeno inexplicable, escríbeme a contacto@josemanuelgarcíabautista.net