Alo largo de sus más de once años en la presidencia del FC Barcelona,
Joan Laporta se ha visto obligado, por los movimientos de la geopolítica del fútbol internacional a diversos cambios estratégicos. Vaya, que se ha cambiado casi más de chaquetas que las que guarda en el armario ropero su inefable amigo
Xavier Sala Martín. El último vaivén presidencial tuvo lugar el pasado miércoles en Roma con la asistencia de
Jan, acompañado de su inseparable vicepresidente deportivo
Rafa Yuste, a la reunión de constitución de la
EFC (European Football Clubs). Al encuentro la delegación blaugrana acudió en la condición de invitada, toda vez que haya expresado ante el presidente de
UEFA Aleksander Ceferin en su última visita a BCN con motivo del partido contra el
PSG, la voluntad de desmarcarse del proyecto de la
Superliga europea que compartía con
Florentino Pérez. La verdad es que costaba entender el papel de lacayo que representaba el Barça junto su máximo rival, y a la más mínima oportunidad el mandatario barcelonista ha hecho bien de romper la alianza y expresar su deseo de entrar a formar parte de la EFC, heredera de la desaparecida
ECA. A cambio, sin embargo, de ponerse bajo la tutela de
Nasser Al-Khelaifi, otro reconocido enemigo del Barça, que figura como el presidente de la flamante nueva alianza de clubs europeos. A partir de ahora liderados por alguien que es la imagen que representan los denominados ‘clubs estado’, de los que el PSG es todo un paradigma.
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