Marías, un filósofo honesto
Había leído ya sus memorias, tituladas Una vida presente, pero no me arrepiento de haber vuelto a ellas. Su trayectoria está ligada a la historia de España, eso es indudable, pero si hubiera que destacar algo en su rememoración es el ansia de vivir con sentido con el que afrontó siempre su existencia.
Marías no solo fue miembro de la Escuela de Madrid, la corriente filosófica, más o menos amplia, que se congregó en torno a Ortega, en la Complutense, sino su creador: el primero que metió en un mismo saco al autor de La rebelión de las masas, Morente, Gaos y Zambrano, entre otros.
El tiempo será el encargado de decir hasta qué punto la obra de todos ellos ha marcado un antes y un después y si, en la pugna entre Ortega y Zubiri, es más sobresaliente el sacerdote secularizado o, por el contrario, el que cabalgaba entre el periodismo, la filosofía y la crítica cultural.
“Si hubiera que destacar algo en su rememoración es el ansia de vivir con sentido con el que afrontó siempre su existencia”
Sí que fueron importantes, como señala el propio Marías, para que, tras décadas de barbecho, los españoles nos convenciéramos de que éramos dignos herederos de Suárez y Feijoó y que nuestro talento mediterráneo no tenía nada que envidiar al de los huraños filósofos de la Selva Negra.
Marías fue un lector empedernido, un escritor consumado, un ciudadano comprometido. Y un esposo y cristiano ejemplar. Y todo ello lo hizo sin aspavientos ni postureo: como si se tratara las paradas o hitos de su destino y vocación.
En Aristóteles aprendió lo que significaba la amistad cívica, de modo que pudo reivindicar la concordia. Que lo hiciera él, alejado de los partidismos, depurado después de la guerra y que no pudo desembarazarse de la sospecha hasta la transición es sintomático. El Marías que escribe rezuma honestidad, la misma que le llevó a tender la mano cuando le ofendieron o a ponerse al servicio del país, tan ingrato en ocasiones con su persona.
Aunque había destacado como estudiante, la universidad le negó honores. Fue un incidente extraño aquel que le acarreó un suspenso cuando trató de defender su tesis doctoral, de la misma manera que las enemistades que cultivó debido a su fama de “liberal”.
Como intelectual, Marías estaba alejado de toda servidumbre ideológica, lo cual no quiere decir que disimulara sus convicciones. Su conservadurismo es culto, elegante, respetuoso, consciente de los impulsos humanos y de que la única manera de salvarnos de la barbarie es empeñarnos en comprendernos.
Es curioso: él, que siempre tuvo aspecto maduro, viejuno, fue al mismo tiempo un adelantado. Seguía con pasión las noticias de otros países y estaba al tanto de las modas culturales. Se aficionó muy pronto a la fotografía y fue uno de los primeros y más eximios críticos cinematográficos con los que contamos en este país.
Uno tiene la impresión, al leer estas memorias, que el tiempo que vivió Marías difícilmente volverá a repetirse. De joven se codeaba con escritores y políticos; un poco más mayor, conoció a grandes personalidades y viajó una y otra vez por el nuevo y viejo mundo, impartiendo conferencias y seminarios. Consiguió todo ello sin descuidar su trabajo como escritor, ni sus responsabilidades como ciudadano, con independencia de quien estuviera en el poder.
“Nada más peligroso, indicaba, que la desaparición de la verdad. Y lo que ocurre en nuestros días es algo más grave: que se ha disipado incluso nuestra necesidad de ella”
Al tiempo que unas memorias intelectuales, Una vida presente es también la manera que tiene de recoger retazos enternecedores de su intimidad. La relación que mantuvo con Lolita Franco, su mujer, constituye el paradigma de lo que implica el matrimonio, el vivirse recíprocamente que conforma el ADN del amor. Por emplear sus propios términos, la vida en comunión, cuando es auténtica, dilata el espíritu.
La filosofía de Marías no es original y bebe directamente, según confiesa él mismo, de la razón vital orteguiana. Pero supo darle un temple más actual, reformularla y ampliar su foco a fin de incluir las preocupaciones y el sentir del ser humano contemporáneo.
¿Cuál era la preocupación principal de Marías? A su juicio, la dolencia más grave era que la vida intelectual había dejado de ser vida, es decir, que se había anquilosado, sometido a un ritmo fabril y pasado a ser un trabajo por cuenta de la ideología.
Nada más peligroso, indicaba, que la desaparición de la verdad. Y lo que ocurre en nuestros días es algo más grave: que se ha disipado incluso nuestra necesidad de ella. Por eso, más que nunca, es necesario recuperar eso que Marías llamaba el argumento de la existencia.
