La Real Fábrica de Artillería de Sevilla: el renacer de un emblema industrial
Durante tres intensos años, más de un centenar de personas trabajaron en uno de los proyectos de rehabilitación más ambiciosos que ha vivido Sevilla en las últimas décadas: la recuperación de la Real Fábrica de Artillería. Este complejo monumental ha sido testigo de tres siglos de historia industrial y hoy se erige nuevamente como símbolo del patrimonio y la innovación en el sector de las infraestructuras.
El proyecto, llevado a cabo por Ferrovial en UTE con Heliopol, ha sido una labor de arqueología arquitectónica. Cada muro, cada bóveda y cada pieza de fundición contaban una historia, y cada historia exigía una solución única.
Rehabilitar un Bien de Interés Cultural (BIC) como la Real Fábrica de Artillería implica enfrentarse a lo imprevisible. Alfonso Muñoz, especialista en patrimonio y jefe de obra de Ferrovial, lo describe con precisión: «ha sido un proyecto vivo. El edificio ha ido mostrando cosas que no eran lo que parecían. Gran parte de la solución final ha surgido conforme avanzaban los trabajos», explica. Esa condición de proyecto vivo supuso tener que ajustar la planificación, contratación y ejecución. «Surgieron situaciones que el proyecto no contemplaba», añade Muñoz.
El edificio iba desvelando misterios. Para José Antonio Muñoz, también jefe de obra de Ferrovial, ha sido un proceso irrepetible: «Son proyectos de una altísima complejidad. Encuentras elementos que no volverás a ver en tu carrera. Aprendes a pensar antes de actuar. En este tipo de obras, más vale invertir unos días en reflexionar que lanzarse sin tenerlo todo claro».
Intervenir en un BIC implica respetar su identidad hasta en los detalles más pequeños. Cada gesto constructivo debe ser, a la vez, invisible y eficaz. En la Real Fábrica de Artillería, el objetivo fue escuchar al edificio, rescatar su esencia sin alterar su alma.
La máxima de Ferrovial y Heliopol fue invadir lo menos posible. Los equipos buscaron recuperar los volúmenes originales y las huellas del pasado. Cada elemento conservado cuenta una época: los restos de cal, los ladrillos reaprovechados o las cerchas originales que sostienen cubiertas centenarias.
La historia del complejo se remonta a 1565, cuando el fundidor Juan Morel estableció en San Bernardo un taller de armamento. Sin embargo, el impulso llegó en el siglo XVIII, bajo el reinado de Carlos III, cuando se construyó una gran fundición. La fábrica fue una de las más avanzadas de su tiempo: de sus hornos salieron cañones, material de construcción e, incluso, los leones del Congreso de los Diputados.
Un catálogo de retos técnicos
La rehabilitación fue un desafío monumental. La intervención incluyó la rehabilitación completa de las cubiertas, con el desmontaje manual de la teja histórica, su limpieza y tratamiento individual antes de volver a colocarla sobre un nuevo sistema de aislamiento e impermeabilización. También se recuperaron los paramentos originales, conservando morteros de cal de distintas épocas, y se excavaron nuevos sótanos de hasta seis metros de profundidad, lo que ganó 2.594 m2.
Además, se restauró el suelo de fundición original, una auténtica proeza artesanal. Cada losa, de 27 por 27 centímetros y 17,5 kilos, fue numerada, desmontada, restaurada y recolocada en su lugar exacto. Las estructuras de madera de las cubiertas fueron reconstruidas y devueltas a su función original, mientras que en la Nave de Fundición se creó una nueva cubierta sobre las cerchas históricas, utilizando un ingenioso sistema de montaje que se desplazaba sobre la estructura.
Los números reflejan la magnitud del esfuerzo realizado: más de 5.000 m3 de hormigón, 9.000 metros lineales de tuberías, 30.000 metros de cableado y el 95% de las instalaciones ocultas. Además, se desmontaron, limpiaron y recolocaron 1.651 m2 de teja original y se restauraron 284 cabezas de viguería de madera.
Entre la historia y la innovación
La Real Fábrica de Artillería mira ahora al futuro. El edificio ha renacido como el Centro Magallanes ICC (Industrias Culturales y Creativas), un proyecto conjunto de España y Portugal que busca ser un referente de la cultura, la innovación y la colaboración internacional.
El nuevo uso supone un diálogo entre el patrimonio y la modernidad. Los amplios espacios de la antigua fundición albergan ahora actividades culturales, tecnológicas y artísticas. Así, la fábrica vuelve a convertirse en un foco de producción, esta vez de ideas y creatividad.
El valor de este complejo trasciende lo arquitectónico. Este lugar resume siglos de conocimiento técnico, de oficio artesanal y de evolución industrial. Fue un centro de innovación en su tiempo y ahora vuelve a serlo, bajo otras formas.
Su estructura responde a un diseño funcional y monumental a la vez. La cuadrícula de pilares, unida por arcos y bóvedas vaídas, refleja el espíritu racional del siglo XVIII. La necesidad de albergar un gran horno de fundición definió la morfología del conjunto. En ese equilibrio entre la utilidad y la belleza reside gran parte de su encanto.
La restauración, más allá de la técnica, ha sido un acto de respeto. Cada intervención buscó devolver la dignidad al edificio sin borrar sus cicatrices. Las huellas del tiempo no se eliminaron, sino que se integraron como parte esencial del relato arquitectónico.
El proyecto de la Real Fábrica de Artillería se ha convertido en un ejemplo de cómo abordar el patrimonio industrial con rigor, sensibilidad y visión de futuro. No se trató de «hacer nuevo lo viejo», sino de entender el pasado y prepararlo para un nuevo ciclo de vida. El resultado habla por sí mismo. La Real Fábrica de Artillería ha recuperado su esplendor y su papel como motor cultural.
