Eutanasia: una conversación postergada
En Chile, la discusión sobre la ley de eutanasia continúa estancada, mientras que Uruguay ya se convirtió en el primer país de Sudamérica en aprobar el derecho a decidir sobre el final de la propia vida. Este contraste revela una brecha en la región: seguimos evitando hablar de la muerte como parte inseparable de la existencia. El filósofo Francis Bacon escribió que “el deber de la medicina no es sólo restaurar la salud, sino aliviar el dolor y facilitar un buen morir”. No obstante, la concepción moderna de la salud parece haberse reducido a prolongar la vida biológica, incluso cuando ello implica sufrimiento, soledad y deshumanización.
En nuestro país, el debate lleva más de una década detenido. El primer proyecto de ley sobre eutanasia se presentó en 2014, y el actual —ingresado en 2018— refundió cuatro boletines previos, abordando los casos de enfermedad terminal y sufrimiento prolongado, en articulación con la ley de cuidados paliativos (2022), cuya implementación ha sido lenta e insuficiente. Aunque la Comisión de Salud del Senado aprobó recientemente la idea de legislar, el proceso ha sido interrumpido una y otra vez: entre 2022 y 2025, el Ejecutivo ha establecido y retirado la urgencia legislativa más de 50 veces, evidenciando la falta de voluntad política para sostener un debate que el país necesita.
Según la última encuesta de Criteria, un 72% de los chilenos apoya la muerte asistida, pero el tema sigue siendo tabú, incómodo y difícil de consensuar. Hoy, cuando la sociedad discute nuevas formas de morir y de acompañar la muerte, resulta más urgente que nunca preguntarnos cómo nos relacionamos con el final de la vida.
Desde Fundación Muerte, desde el 2015 impulsamos el Encuentro Interdisciplinario sobre la Muerte (EIM) como un espacio para abordar estas temáticas desde múltiples perspectivas — filosófica, médica, artística, social y espiritual—, generando reflexión y encuentro. Creemos que la cultura y el arte cumplen un rol esencial al permitirnos mirar la muerte sin miedo, comprender que no es solo un fenómeno individual, sino un proceso colectivo, y recuperar el sentido comunitario y ritual que nos une frente a la finitud.
Uruguay ha demostrado que es posible legislar con compasión, reconociendo la autonomía personal y la dignidad en el final de la existencia. Chile, en cambio, sigue postergando un debate que toca lo más profundo de nuestra humanidad. Hablar de eutanasia no es promover la muerte, sino reconocer la vida como un derecho que también incluye decidir cuándo y cómo dejar de sufrir.
