Esfuerzo y valor añadido
Sin duda alguna, tanto desde el punto de vista individual como desde el de una sociedad, no hay mejor inversión que la que se hace en educación, pues mejorar la formación de los estudiantes es la base de una mayor capacitación de los mismos, que permitirá contar con mejores profesionales en el medio plazo y, así, incrementar la prosperidad. La educación es la economía de mañana, y la primera se reflejará en la segunda, para bien o para mal.
Esa inversión en educación tiene que sostenerse en, al menos, tres pilares fundamentales: importante financiación a los buenos estudiantes sin recursos, inculcar la máxima de que no hay éxito sin esfuerzo y sacrificio, y grabar en los estudiantes una forma de proceder que se base en el honor y el respeto.
Principios
Pues bien, la política educativa del Gobierno de la nación no respeta ninguno de estos tres principios, ni en la parte no universitaria ni en la universitaria; al contrario, los destierra y sustituye por postulados antagónicos.
Durante casi veinte años, se ha introducido a los jóvenes en una burbuja donde el esfuerzo no se premia y no se fomenta el espíritu de sacrificio como necesario para conseguir los objetivos que uno se marque. Se les ha bombardeado con las ideas de que tienen derecho a todo y de que se lo merecen por ser ellos mismos, y cuando se han enfrentado a la realidad, fuera de la burbuja, han visto que las cosas son bien distintas. Se quejan de que económicamente están peor de lo que estaban sus padres y sus abuelos, pero se olvidan del esfuerzo que aquéllos tuvieron que hacer para conseguir todo lo que consiguieron y les brindaron en bandeja.
Esa cultura contraria al esfuerzo, al sacrificio, tuvo su mayor carga de profundidad en la relajación de la exigencia educativa, donde se podía pasar de curso en el colegio o instituto con asignaturas suspensas; donde se rebajaron los temarios; donde se impulsó una educación que tratase más de ser un juego que una disciplina de aprendizaje.
De todos los efectos dañinos de la política económica de José Luis Rodríguez Zapatero en su mandato, quizás la más grave a largo plazo sea el haber convencido a una generación o dos de jóvenes de que no merece la pena esforzarse, trabajar y sacrificarse para conseguir sus objetivos. Ante eso, muchos jóvenes, no todos, sólo quieren contar con derechos, pero no con obligaciones, y eso es el camino más rápido hacia el empobrecimiento particular de ellos y a su pérdida de poder adquisitivo y de oportunidades para prosperar, pero también del empobrecimiento de la sociedad.
Su peor enemigo
Adicionalmente, mientras el intervencionismo ha ido generando esa falsa idea, es, a su vez, quien peor trata a los jóvenes, pues hace que su formación no sea retribuida adecuadamente debido a las políticas salariales igualitaristas, que expulsan a los jóvenes mejor formados, los empobrece con las políticas de vivienda y les hurta las oportunidades que tuvieron sus padres y abuelos. Por una parte, les intenta arrebatar la necesaria costumbre del esfuerzo y del sacrificio; pero por otra parte, no valora su formación y valor añadido, igualando salarios y drenando sus oportunidades.
Esta situación tiene remedio, pero, para ello, los jóvenes tienen que mirarse en el espejo de lo que hicieron sus padres y abuelos: no han tenido nada regalado, sino que, poco a poco, gracias a trabajar mucho, muchísimo, fueron formando familias a las que cada vez pudieron dar un mejor nivel de vida. No nacieron con todo su patrimonio formado, como norma general, sino que fueron progresando gracias a su esfuerzo, a su espíritu de sacrificio, a su incansable trabajo. Sus padres y abuelos no viajaban constantemente, y primaban el ahorro frente al consumo para poder destinarlo a otros bienes, una vivienda en muchos casos.
Por otra parte, hay que valorar la formación de estos jóvenes, de aquellos jóvenes que han vencido esa nueva ideología impuesta y que se esfuerzan y forman y que son expulsados del mercado porque no se les retribuye adecuadamente a su capacitación y valor que generan, lo que les obliga finalmente a emigrar.
Hay que acabar con esa cultura que despreciaba el esfuerzo y hay que acabar con el igualitarismo que sólo lleva al empobrecimiento de la sociedad, a su retroceso. Si no se hace de forma rápida, la economía seguirá siendo languideciente y los jóvenes cada vez se empobrecerán más, en una senda de deterioro que hará que la economía española pierda sus oportunidades de futuro y que condenará a toda una generación de jóvenes a una vida peor.
