La Unión Europea quiere un sistema energético mejor conectado. Y para ello va a enderezar su columna vertebral, es decir las redes de distribución y transporte, poniendo especial hincapié en las interconexiones entre los países miembros. La idea es habilitar verdaderas autopistas energéticas entre los Estados para eliminar los cuellos de botella existentes que están dificultando el transporte de electricidad (o gas) de una región a otra. Así se garantizará el suministro ante cualquier imprevisto o amenaza. Desde un ciberataque, por ejemplo, a un apagón como el que sufrimos el pasado mes de abril, y ante el que Francia tuvo que responder. Serán nuevas infraestructuras que además ayudarán a integrar las renovables, lo que contribuirá a descarbonizar la economía y, por tanto, a reducir nuestra dependencia de combustibles fósiles y especialmente del gas ruso, mejorando la seguridad energética del continente. «Por culpa de malas interconexiones hay países que se ven obligados a utilizar más combustibles fósiles que compran a terceros, aumentando así su dependencia, por no hablar del coste medioambiental que tiene. Estas autopistas transfronterizas pueden ayudar a que países con más renovables, como España, vendan sus excedentes a otros que hacen más uso de gas y petróleo, por ejemplo en invierno», apunta Víctor Ruiz Ezpeleta, profesor de OBS Business School. La Comisión Europea está convencida incluso de que estos nuevos enlaces entre naciones harán descender los precios de la energía. «Reforzar las interconexiones reduce las diferencias de precios entre zonas al permitir que la electricidad fluya desde mercados donde es más barata hacia donde es más cara beneficiando así a consumidores e industria», afirma Eduardo González, socio responsable de Energía de KPMG en España. Y eso elevaría nuestra competitividad ante grandes gigantes. Solo hay que echar un vistazo a los datos que aporta el profesor Ezpeleta. «En 2024 -dice- la electricidad industrial alcanzó los 0,20 euros por kWh en Europa, frente a los 0,08 de China y 0,07 de Estados Unidos. Es lógico que la Unión Europea busque precios más baratos». Todos esos beneficios estarían en nuestras manos siempre y cuando se eliminen los cuellos de botella transfronterizos que se producen por muy diferentes motivos, como explica Eduardo González. Hay veces que «las líneas eléctricas y gasoductos entre países no tienen suficiente capacidad para transportar la energía que se necesita o que se genera en exceso en una región», cuenta. En otras ocasiones el acelerado crecimiento de renovables en zonas periféricas (como la Península Ibérica) «no ha ido acompañado al mismo ritmo que la ampliación de la red y como resultado existen excedentes renovables que no pueden exportarse», añade. Hay interconexiones transfronterizas que no están reforzadas porque existen limitaciones geográficas (montañas, mares...) o zonas especialmente protegidas que complican la construcción de nuevas líneas. También ocurre que la tramitación de los permisos para estas infraestructuras es «lenta y compleja, con procesos que pueden tardar más de siete años en algunos casos», indica González. Incluso puede «faltar inversión porque los proyectos son caros (miles de millones de euros) y los beneficios no siempre son inmediatos para todos los países implicados. Esto genera reticencias políticas y financieras. E incluso hay resistencia política o estratégica porque algunos países temen perder competitividad si se facilita la entrada de energía más barata (por ejemplo, Francia frente a las renovables españolas)». Con todos esos cuellos de botella quiere acabar la UE activando el desarrollo de ocho autopistas energéticas. Ya se han destinado 5.800 millones de euros para proyectos transfronterizos, pero la Comisión ha propuesto quintuplicar ese presupuesto. En el fondo, «la tarea es impulsar las interconexiones transfronterizas para garantizar la construcción del mercado energético europeo y fortalecer los instrumentos de financiación para estas iniciativas», considera Luis Atienza, presidente ejecutivo de Argo Capital Partners y ex presidente de Red Eléctrica. Dos de esas autopistas estarán en España. Una consistirá en un nuevo enlace eléctrico con Francia a través de los Pirineos y otra será el corredor del hidrógeno del sudoeste, desde Portugal a Alemania. Y parece que Bruselas tiene mucho interés en acelerar estos proyectos, sobre todo el primero, porque el secretario de Estado de Energía, Joan Groizard, ha anunciado recientemente que nuestro país espera acordar con el vecino galo, en el primer trimestre de 2026, el relanzamiento de las interconexiones eléctricas por los Pirineos, pese a que París nunca se ha mostrado partidario de aumentar estas infraestructuras. «Francia históricamente ha demostrado siempre reticencias a estas interconexiones. Para ellos no es una necesidad tan grande como para España y Portugal. Pero ahora los propios dirigentes de la UE dicen que por muchos problemas que interponga Francia, estos proyectos van a seguir hacia adelante», cree Ezpeleta. Eduardo González matiza que, «además del factor político, hay motivos técnicos y administrativos limitantes reales. Por ejemplo, que los enlaces pirenaicos requieren un proceso burocrático complejo, aceptación social y refuerzos internos (especialmente del lado francés) para que la capacidad en papel sea capacidad útil para el sistema y el mercado». Desde luego que no sería la primera vez que Francia nos deja a nuestra suerte, como cuenta Luis Atienza. «Hubo un proyecto en los años noventa del siglo pasado, la línea Aragón-Cazaril a través del valle de Chistau, que comenzó a construirse en la parte española. Pero fue paralizado por el gobierno francés, que tuvo que indemnizarnos por abandonar el compromiso, porque la infraestructura estaba vinculada a un contrato de compra-venta de energía con EDF», recuerda. Hoy día España dispone de interconexiones eléctricas con Francia (5 líneas) con una capacidad de intercambio de 2,8 GW, lo que representa un bajo nivel para la Península Ibérica. De hecho estos enlaces están congestionados el 67,6% de las horas. La última línea eléctrica con Francia se puso en servicio en 2015. Es totalmente subterránea con una longitud de 64,5 km que enlaza los municipios de Santa Llogaia, cerca de Figueres (España), con Baixas, próximo a Perpiñán (Francia). Un túnel de 8,5 km atraviesa los Pirineos. Permitió duplicar la capacidad de intercambio de electricidad entre Francia y España, de 1.400 a 2.800 MW. Y ahora se está construyendo una línea de 400 kilómetros, entre el País Vasco y Aquitania (Francia), que atravesará el Golfo de Vizcaya mediante un cable submarino. Después de varios retrasos en la construcción y sobrecostes en el presupuesto, está previsto que entre en funcionamiento en 2028. Con esta nueva infraestructura España aumentará su capacidad de conexión en esta frontera de 2,8 GW a 5 GW. Todavía estaríamos muy lejos del objetivo europeo. La UE pretende que en 2030 las interconexiones entre vecinos permitan, al menos, importar el equivalente al 15% de la capacidad de generación instalada en un país. La nueva autopista eléctrica que la UE quiere impulsar ahora entre Francia y España podría ayudar a acercarnos a esa meta. «Están por definir los trazados específicos por el Pirineo Central. Son proyectos de alta relevancia, con un largo periodo de maduración y ejecución. Difícilmente va a estar disponible antes de la segunda parte de la siguiente década», cree Atienza. Sirva de ejemplo: en junio del 2008 los gobiernos español y francés firmaron el acuerdo para la interconexión eléctrica entre Santa Llogaia-Baixas que entró en funcionamiento en octubre de 2015. «Y para la línea del Golfo de Vizcaya encargamos los primeros estudios del fondo marino entre 2010 y 2011 y aún no está operativa», recuerda Atienza. No es la primera vez que se habla de esta nueva línea eléctrica con Francia. «Estos cruces llevan años en planificación, pero ahora la Comisión quiere desbloquearlos con 'fast-track' y apoyo financiero», afirma González. En el primer Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (Pniec 2021-2030) estaba prevista una doble interconexión con el país galo por Aragón y los Pirineos Atlánticos y otra entre Navarra y Landas (Francia) que estarían listas en 2030. Es la que pretende retomar Bruselas. «En el listado oficial de proyectos PCI/PMI (Proyectos de Interés Común y Proyectos de Interés Mutuo) se identifican como Navarra–Landas y Aragón–Marsillon. La Comisión Europea los enmarca como prioridad para integrar mejor la Península Ibérica y elevar su interconexión total con el resto de Europa a 8 GW en 2040», explica González. La otra gran autopista energética que prioriza la UE en España es el corredor de hidrógeno del sudoeste, que conectará Portugal y España con Francia y Alemania para transportar hidrógeno verde producido en la Península Ibérica, con costes más bajos, hacia las grandes industrias del centro de Europa, que reducirán así su dependencia de importaciones fósiles. «Para España supone un cambio de escala y de papel dentro del sistema energético europeo. El corredor del sudoeste permite conectar nuestro potencial de producción de hidrógeno renovable -basado en recursos solares, eólicos e industriales-, con una demanda real y solvente en el centro de Europa. Eso es clave: el hidrógeno solo despega si existe mercado. Este tipo de infraestructuras hace viable que proyectos hoy en fase de desarrollo encuentren salida comercial, aceleren inversiones y consoliden a España como uno de los grandes polos productores de hidrógeno renovable de la UE», valora Javier Brey, presidente de la Asociación Española del Hidrógeno (AeH2). La Península Ibérica también se podría convertir en un puerto natural de entrada de hidrógeno renovable a Europa procedente de otros continentes. «Nuestros puertos y las interconexiones energéticas con regiones como el norte de África ofrecen una oportunidad clara para canalizar hidrógeno importado (en forma de molécula o derivados) hacia el norte de Europa, reforzando el papel de España como nodo logístico y energético clave, en línea con lo que ya se está impulsando hoy en día en muchos puertos españoles», considera Brey. Se fraguan así las nuevas autopistas transfronterizas que sostendrán el futuro sistema energético europeo más conectado y resiliente.