Crítica de 'La vida breve': Cuando Falla es Antonio Najarro
La celebración del 150 aniversario de Manuel de Falla en el Teatro Monumental se presentaba como una de las citas atractivas de la temporada. Sin embargo, el resultado de esta “Vida breve” a cargo de la Orquesta Sinfónica y Coro de RTVE dejó un sabor agridulce. Fue una velada donde la excelencia de la danza y la solvencia de ambos conjuntos chocaron con una dirección de Christoph König que, por exceso de volumen, desdibujó el delicado equilibrio entre la voz y el sonido orquestal.
l concierto se abrió con el estreno absoluto de “Lorca en la Residencia”, un encargo de la Orquesta y Coro de RTVE y la Fundación SGAE a Eduardo Soutullo, reciente Premio Nacional de Música 2023. La obra, que apenas alcanza los veinte minutos de duración, se aleja del retrato biográfico convencional para proponer una evocación del universo creativo de Federico García Lorca durante sus años en la Residencia de Estudiantes.
Soutullo utiliza una instrumentación flexible para traducir el diálogo intelectual de Lorca con Dalí o Buñuel. A través de fragmentos de poemas tempranos de Lorca y pasajes de “Poeta en Nueva York” y otras obras, la música alterna momentos de gran intensidad con pasajes de una introspección casi frágil. Lo cierto es que en los primeros cinco minutos ya queda expuesta la esencia de la partitura, con un núcleo estético donde el coro mixto y una sección de viento muy presente definen el recorrido emocional de la pieza. Soutullo nos preparaba para la tragedia granadina que vendría a continuación.
“La vida breve” es el resultado de un Falla que todavía miraba hacia el verismo italiano, pero que ya empezaba a destilar un lenguaje propio. Escrita en 1904, la obra es fundamental para entender la evolución de la música española; en ella, el folclore deja de ser un adorno para convertirse en el motor. No es solo música con sabor español, sino que presenta una orquestación elaborada que utiliza el flamenco para crear toda la tensión dramática. Su influencia posterior es inabarcable: sin el tratamiento rítmico de sus danzas no existiría el neoclasicismo español del siglo XX.
Es justo reconocer que la Orquesta de RTVE se mostró compacta y disciplinada y que el coro exhibió la robustez y homogeneidad marca de la casa. Sin embargo, para que este drama respire, el director debe actuar como un regulador, no como un amplificador. Christoph König planteó una lectura de una solvencia técnica incuestionable en cuanto a la ejecución puramente sinfónica, pero falló en la labor más elemental de un director lírico: el balance. Durante gran parte de la noche, König pareció no recordar que tenía solistas a su lado. El volumen de la orquesta fue excesivo, generando una lucha desigual donde las voces acababan sepultadas. Olvidando quizá la acústica de una sala que conoce bien. no supo ajustar la masa sonora a las capacidades de los cantantes, convirtiendo el escenario en una trinchera sonora donde la sutileza de Falla quedó asfixiada por el decibelio.
En este contexto, pocos salieron indemnes. Carmen Solís asumió el papel de Salud con una intención impecable. Mantuvo el carácter fatalista y la dignidad del personaje, pero fue apagada sistemáticamente por una orquesta que no le dio tregua. Es una lástima, pues su entrega dramática fue total, pero la realidad acústica la dejó en clara desventaja. El tenor Javier Tomé, en el papel de Paco, sufrió aún más las consecuencias y, en su afán por intentar proyectar y hacerse oír, su emisión se resintió notablemente. Tampoco fue la noche de Cristina Faus como la abuela; a pesar de su inteligencia musical, se evidenciaron carencias en el registro grave, fundamental para dar la autoridad y el peso que el personaje requiere.
En el lado positivo, hay que destacar a José Julián Frontal (Manuel) y a Miguel Ángel Ariza (La voz de la fragua). Ambos consiguieron emerger por encima del estruendo. Especialmente Ariza, cuyo lamento desde la fragua tuvo el peso necesario para anclar la obra en su contexto trágico. Resultó, por el contrario, doloroso que un músico de la talla de Juan Manuel Cañizares fuera prácticamente inaudible; tener su guitarra en el escenario para que se perdiera en el tejido sinfónico fue un desperdicio de talento.
Lo mejor, lo más interesante y, con justicia, lo más ovacionado de la velada fue la actuación de Antonio Najarro. Resultó admirable cómo, en un espacio muy reducido entre los músicos, Najarro desplegó una técnica y una expresividad que electrizaron al público, a la que se sumó su manejo de las castañuelas, integrándose como un instrumento más de la orquesta, y el uso vistosísimo de una capa. Fue él quien trajo el verdadero espíritu de Falla al escenario, demostrando que el arte puede imponerse incluso cuando la dirección musical falla en su equilibrio.
