Tolerancia (Fábula de gatos)
Gastón, un gato blanco y negro, grande y de copioso pelaje, particularmente en su robusta cola, hablaba a un grupo de mininos callejeros que prestaban atención sin emitir maullido alguno. El auditorio estaba compuesto por felinos de diferente edad, color y sexo. Todos tenían en común el triste y desgarbado aspecto que la dura vida de la calle tallaba en sus rostros y cuerpos.
La pregunta que disparó la tertulia fue rápida y directa. Mañeña, una gata color carey de mirada penetrante y de paso cauteloso, cuestionó al hermoso gato algo que, como se dice en los arrabales, se caía de la mata. ¿Por qué un ejemplar de su belleza, de su inteligencia y con tan buenas costumbres y mesa, ligado a los humanos, había decidido irse a vivir con ellos a los callejones, en condiciones tan precarias?
Gastón, como respuesta, les contó esta breve historia: Llegué a casa de los humanos muy pequeño, aún no había abierto los ojos y ellos se encargaron de alimentarme hasta que pude empezar a comer solo. La primera cosa que me impusieron fue una caja de arena donde debía hacer mis necesidades y acepté sin saber que me perdía la maravillosa oportunidad de esparcir mi olor por todas las azoteas del barrio y marcar mi territorio. Después me colgaron un lazo rojo justo en el cuello, donde me gusta rascarme con mis patas traseras. Cada vez que deshacía el lazo, me regañaban y me lo volvían a encasquetar de nuevo, argumentando que así me veía mejor, que el color del lazo le iba bien al color de mis patas y me daba elegancia y buen porte. Al final acepté, fui tolerante con el lazo porque, en verdad, no era algo que me molestara demasiado.
Con el tiempo comenzaron a ligar mi exquisita comida con porciones de boniato hervido; decían que eso era muy bueno para el pelaje. Que lo pondría brilloso y suave. Siempre pensé que el tema del boniato solo iba con los perros, pero mis humanos se dejan llevar por cuanta basura leen en internet y me soplaron el boniato; mejor dicho, me lo impusieron porque lo que se dice soplar, nunca lo soplaron. Siempre estaba caliente. Hice un poco de resistencia, pero al final fui tolerante. Junto al boniato seguían sirviendo mi ración de croquetas para gatos y mi sopita de pescado.
Luego vino la llegada de Charly, un pequeño cocker spaniel, con quien debía jugar, ser cariñoso y para nada mostrar mis dientes y afiladas uñas. Esto tampoco lo tenía claro porque siempre presumí que en mi ADN estaba inscrito que los perros no son amigos de los gatos, pero fui tolerante una vez más, pensando en que la modernidad tiene sus cosas y muchos abogan por la paz. Incluso me sorprendí más de una vez durmiendo junto a él y lamiendo sus orejas.
No puedo descifrar qué día fue cuando escuché que mis humanos, sin siquiera disimular ante mi presencia, hablaron de la posibilidad, o más bien, la necesidad de que yo fuera esterilizado. No entendí nada, creyendo que se trataba de alguna inyección o medicina preventiva de las que estoy acostumbrado a tolerar, todo sea por mi bien y por no ponerme contra el tráfico. Al documentarme sobre qué se trataba, esta vez sí no lo pude tolerar y por eso escapé y estoy aquí, dispuesto a compartir mi suerte con ustedes.
Moraleja: Se puede ser tolerante pero no dejar que te corten los huevos.
