Kiosko Universal: 50 años de historia, tradición y sabor en La Boqueria
Cuando Barcelona aún duerme y
las luces de Las Ramblas apenas iluminan el asfalto, hay un lugar que
durante décadas ya estaba en plena actividad. A las cuatro de la
madrugada, mucho antes de que la ciudad se convirtiera en un destino
gastronómico global, Kiosko Universal levantaba su persiana en el
corazón del Mercat de la Boqueria. Allí, entre cafés humeantes, carajillos
y bocadillos sencillos, comenzó en 1973 una historia familiar
que hoy forma parte del ADN culinario de Barcelona.
Hablar de Kiosko Universal es,
inevitablemente, hablar del Mercat de Sant Josep de la Boqueria. Su
origen se remonta a la Barcelona medieval, cuando los vendedores se
agrupaban fuera de las murallas para comerciar con carne y productos
frescos. Oficializado en el siglo XIX y cubierto con su icónica
estructura de hierro y vidrio, el mercado ha sido siempre un termómetro
social y gastronómico de la ciudad. Durante generaciones, La Boqueria
ha alimentado a los barceloneses y ha sido escuela de producto, de oficio y
de trato humano. En las últimas décadas, el turismo la ha convertido
en una postal internacional, pero sigue siendo un espacio donde
conviven tradición, comercio diario y cocina inmediata. Es precisamente en
esa frontera entre lo local y lo global donde Kiosko Universal ha
sabido encontrar su lugar.
El origen de este bar está ligado a la
figura de Benjamín Domínguez, abuelo del actual responsable del
restaurante. Hombre trabajador incansable, compaginaba varios empleos
—entre ellos Correos y el bar de un cine— antes de decidirse a abrir un pequeño
puesto en el mercado. Aquella primera versión de Kiosko Universal
ocupaba apenas una fracción del espacio actual y tenía una misión muy
concreta: servir desayunos a quienes ya llevaban horas
despiertos. La clientela inicial era tan variada como auténtica:
trabajadores del mercado, vecinos de la Rambla, artistas, flamencos, músicos y
noctámbulos que encontraban en aquel mostrador un refugio antes de volver a
casa. El establecimiento se convirtió pronto en punto de encuentro
de una Barcelona creativa y bohemia, donde lo importante no era la sofisticación,
sino el calor humano y la constancia.
De contar pesetas a servir marisco
Durante años, el negocio fue una lucha diaria. El abuelo hacía cuentas
cada noche para saber si al día siguiente podrían volver a abrir. Aquella cultura
del esfuerzo marcó profundamente a la familia y sentó las bases de
todo lo que vendría después. El gran punto de inflexión llegó con los Juegos
Olímpicos de 1992. Barcelona se abrió al mundo y La Boqueria
empezó a recibir un nuevo tipo de visitante: turistas con curiosidad
gastronómica y capacidad económica. Fue entonces cuando Alfonso
Domínguez, hijo del fundador, decidió arriesgar. Tras la jubilación de su
padre en 1998, él y sus hermanos apostaron por algo que hasta entonces
no habían trabajado: pescado, marisco y cocina a la plancha. El cambio
fue radical, pero coherente con el entorno. El mercado ofrecía el
mejor producto posible y Kiosko Universal supo transformarlo sin
perder su identidad. La plancha se convirtió en protagonista
y el local empezó a crecer, tanto en espacio como en reputación.
La propuesta gastronómica de Kiosko
Universal se basa en un principio innegociable: el producto manda.
Comprar, cocinar y servir en el mismo mercado permite una frescura difícil
de igualar. Platos como los calamares a la plancha, el pulpo cocido
en casa, los huevos fritos con gambas al ajillo, la parrillada de
marisco o las alcachofas fritas en temporada resumen una forma de
entender la cocina que conecta con la tradición catalana y con la
esencia de la cocina de mercado original: proximidad, sencillez y
honestidad. Pero, sobre todo, cocina de sabor inmejorable, tentadora
y de tan rica, realmente universal, porque cuesta creer que nadie
en el planeta no se rinda a las delicias que se sirven allí, en sillas
altas alrededor de una barra donde el trajín de los trabajadores es
constante y eficiente.
En 2012, el lugar dio un paso
más en su singularidad gracias al artista Antoni Miralda. Amigo y
cliente habitual, Miralda transformó la imagen del espacio
incorporando elementos de su universo creativo. El más icónico es
la bola terráquea suspendida sobre el puesto: un globo que
recuerda a una bola de discoteca, atravesado simbólicamente por cuchillos
y tenedores repartidos por todos los continentes. El mensaje es
claro: Kiosko Universal es un lugar para todos. Un punto de
encuentro donde se sientan juntos vecinos del barrio, clientes de
toda la vida y visitantes que llegan desde cualquier parte del mundo.
La tercera generación: herencia, aprendizaje y orgullo
En 2013 se incorpora al negocio Borja Domínguez, hijo de Alfonso
y nieto del fundador. Aunque su camino no estaba escrito desde el principio, el
mercado formaba parte de su vida desde niño. Tras acabar la universidad,
empezó a trabajar codo con codo con su padre, aprendiendo un oficio
que, como él mismo defiende, no se estudia: se vive. Durante diez años
fue asumiendo responsabilidades, interiorizando valores como la dedicación,
el sacrificio y el respeto por el cliente.
La reciente jubilación de Alfonso,
tras más de medio siglo detrás de la barra, marca el inicio de una nueva
etapa. Borja toma ahora el relevo con la serenidad de quien
ha crecido entre planchas, cajas de pescado y conversaciones de
mercado. Lejos de sentir presión, habla de orgullo. De
pertenecer a una historia colectiva que incluye también a un equipo
humano que lleva más de dos décadas trabajando allí y que ha sido
clave para superar momentos difíciles, como el cierre forzado durante
la pandemia. Fue entonces cuando la fidelidad del público local
demostró su importancia y permitió que el negocio siguiera adelante.
Bendito sea, y que sea por muchos años. Mientras La Boqueria siga
siendo un espacio de producto, oficio y convivencia, Kiosko Universal
seguirá levantando la persiana, manteniendo una continuidad íntimamente
ligada a la salud del propio mercado y al apoyo a los comerciantes que
lo mantienen vivo.
