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Editorial: Encuestas, emociones y voto de última hora

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Una elección es un proceso atravesado por decisiones tardías, emociones, coyunturas y silencios. En sociedades polarizadas y fragmentadas, la incertidumbre no parece ser una falla metodológica, sino una condición estructural de nuestro tiempo. En medio de esa realidad, se instalan las encuestas electorales con todos sus pros y contras.

Cada proceso electoral viene acompañado de una abundancia de encuestas que, fieles a su naturaleza, describen el estado momentáneo de las preferencias políticas. Sin embargo, una vez conocidos los resultados en las urnas, ese conjunto de mediciones suele ser leído –por la ciudadanía, los medios y los propios actores políticos– como si tuviera la función de anticipar el desenlace electoral.

De ahí que, cuando esa lectura no coincide con el resultado final, surge la acusación de que “las encuestas fallaron”. Esa crítica, más que simplista, podría estar pasando por alto un cambio más profundo: el contexto social y político que las encuestas intentan describir ya no parece comportarse como lo hacía hace dos o tres décadas.

Durante años, las encuestas electorales se apoyaron en supuestos razonables para su época: se asumía que los votantes conocían con antelación su preferencia, que esta era relativamente estable y que no existían barreras significativas para declararla. Típico de la época del bipartidismo e incluso durante la primera campaña en que irrumpió el Partido Acción Ciudadana.

Hoy, esos supuestos parecen cada vez más frágiles. Una proporción creciente del electorado decide su voto en los últimos días u horas antes de la elección –e incluso en la urna–. Otros votan estratégicamente, no tanto por adhesión a un proyecto, sino por rechazo a una alternativa percibida como peor (votar en contra): muy a propósito de las últimas elecciones en Costa Rica. El voto tiende a mostrarse más volátil, reactivo y contingente.

Se suma el cuestionamiento sobre el votante puramente racional. La psicología cognitiva y la economía conductual han mostrado, de forma consistente, que las decisiones humanas están atravesadas por emociones, atajos mentales y presiones sociales. En política, estas dimensiones podrían estar particularmente intensificadas. El elector responde como un sujeto inmerso en climas morales, identidades y narrativas de conflicto. Las encuestas, diseñadas para captar preferencias explícitas y coherentes, podrían estar intentando medir una realidad que se expresa cada vez menos de forma directa.

En este contexto cobra relevancia el llamado espejismo de la mayoría. Determinadas opciones políticas pueden parecer ampliamente dominantes, no necesariamente porque lo sean en términos electorales, sino porque tienden a estar sobrerrepresentadas en los espacios de visibilidad: medios, redes sociales y, en cierta medida, las propias encuestas.

Quienes apoyan estas opciones suelen expresarse más, responder más y hacerlo con menor costo social. Múltiples estudios sobre redes y difusión de opiniones documentan cómo grupos relativamente pequeños, pero bien conectados, pueden generar la ilusión de mayorías amplias: esa ilusión podría influir tanto en la percepción pública como en la medición.

En contraste con este fenómeno, está la espiral del silencio: cuando las personas perciben que su preferencia es minoritaria, impopular o socialmente sancionada, tienden a evitar su expresión pública. En términos electorales, esto podría traducirse en votantes que no declaran su intención real, se refugian en la indecisión o simplemente optan por no responder las encuestas. Conviene subrayarlo: el silencio no implica ausencia de voto, sino ausencia de declaración.

Aquí aparece un punto metodológicamente relevante: estos fenómenos podrían afectar la representatividad de las encuestas debido a la razonable probabilidad de incidir en la tasa de respuesta: podría perderse la completa aleatoriedad.

Cada vez más, podría responder a un patrón sistemático: quienes se sienten cómodos con el clima de opinión dominante participan; quienes perciben un alto costo social por expresar su preferencia se retraen. Desde el punto de vista estadístico, esto podría tender a una preferencia electoral, erosionando el supuesto clásico de representatividad.

El resultado es una encuesta que puede estar bien balanceada por sexo, edad o territorio, pero potencialmente sesgada en términos actitudinales. Representa bien a la población que habla, aunque no necesariamente a la que vota. Ninguna ponderación demográfica corrige con facilidad un sesgo generado por la disposición –o no– a expresar una preferencia política. Más aún, la publicación reiterada de encuestas que muestran una supuesta mayoría podría reforzar simultáneamente el espejismo de la mayoría y la espiral del silencio, alimentando un círculo difícil de romper –y de determinar en la estimación–.

Por otro, las encuestas ya no operan únicamente como instrumentos pasivos de observación: podrían intervenir en el propio proceso político. Influyen en el voto estratégico, alimentan el efecto de “subirse al ganador” y moldean expectativas colectivas. Parece, entonces, que el elector aprende a usar la medición y deja de ser un sujeto pasivo de la medición. La encuesta deja de ser solo un termómetro para convertirse en un actor más del proceso político electoral.

Finalmente, persiste una confusión de fondo: exigir a las encuestas un carácter predictivo, cuando, por definición, solo hacen estimaciones puntuales. Una encuesta captura un momento que, incluso si es atravesado por un hecho trascendente (debates, escándalos, evento trágico, etc.), podría no estimar con agudeza lo que pretende.

Quizá, entonces, no se trate de que las encuestas fallen, sino de que sigan siendo interpretadas como profecías: no toda mayoría visible es real, ni todo silencio es ausencia. A veces, las encuestas no miden quién tiene más intención de voto, sino quién se atreve a hablar. Entenderlo ayuda a contextualizar muchas “sorpresas” electorales de las últimas décadas.







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