Méritos e infamias
Piense que se encuentra en un lugar verdaderamente apartado de cualquier cosa. No sé, imagine un espacio donde no llega el ruido de la política española, ni el grito de los tertulianos o el silencio cabreado de la gente normal. Puede ser en las orillas del polo norte en la estricta soledad invernal, a lo mejor en el corazón de la jungla amazónica, inténtelo; y si encuentra el vacío extremo avíseme cuando escuche el “click” de la tapadera rompiendo la presión. Para nosotros nos viene mejor algo más de andar por casa, así que saque su pequeño yo y métase por el agujerito de la oreja hasta alcanzar el centro de su cerebro. Si se ayuda con las manos, como un ciego entre cortinas, toque las paredes tibias y untuosas de la corteza. Sus piernas notarán los círculos de los meandros mentales por los que fluye lo cotidiano: la rapidez inexplicable con la que roe una galleta a media mañana y ese deseo que sale por las dilatadas pupilas si se cruza con ese chique. Ya sabe, cada uno alimenta su infierno y su gloria con las cartas que le tocan, así que no se cruce con esos recuerdos tan felices. Le roerán como termitas, pero usted únicamente es un hombrecito imaginario y solo dentro de su cabeza de viernes, no se ponga tenso. Logre ponerse al filo del vacío, asómese a la oscuridad, relaje sus piernas sobre la nada. Un muñequito formado por miedos y apariencia de figura de Giacometti es consciente de que nada le sucederá jamás. Si alarga la mano observará el maravillo hueco a donde es imposible que la matraca le alcance. Ese lugar exacto para preguntarse qué cojones sucede para que Sánchez no estuviera ayer en Huelva junto a los Reyes y las familias. Como dicen les tontes modernos: “debe verbalizarlo” y su pregunta navegará por el hueco de su cabeza sin rumbo, sentido, ni respuesta alguna, como fluye el Gobierno por este limbo de la muerte que cumple ya doce días.
