Llegué tarde a la obra de Julian Barnes. Un día, de repente y “por asuntos personales”, la reportera gastronómica de un periódico solicitó prejubilarse y, mientras encontraban a alguien que la sustituyera, me encomendaron a mí cubrir tan suculenta y glotona fuente (sí, la perra vida tiene a veces te hace un regalo). Acepté encantado, cómo no, y de un día para otro ya estaba en los grandes templos del arte culinario y conociendo a sus principales jerarcas que, más que cocineros, eran unos rockstars. Pronto, también, me di cuenta de que me hacía falta una base sólida para poder contar de manera creativa el mundillo de los fogones.Así que pregunté a quién leer. Entre la lista de obras y cronistas gastronómicos que me dieron estaba un tal Julian Barnes, con un libro titulado El perfeccionista en la cocina. Fue un placer (nunca mejor dicho) adentrarme en esas divertidas páginas llenas de experiencias y aventuras entre sartenes y cazuelas. No sólo por lo que contaban sino, sobre todo, por cómo estaban contadas. Entonces quise saber quién era el autor y qué otros textos tenía para devorarlos (de nuevo: nunca mejor dicho).Al principio, me decepcionó un poco que Julian Barnes no tuviera más libros como ese, pero se me pasó enseguida porque descubrí que tenía una ristra de novelas repletas de la mejor imaginación y erudición. Barnes resultó ser un observador astuto del comportamiento humano, de sus idiosincrasias e ironías, pero también de sus tragedias. Descubran, por ejemplo, en Metrolandia la variopinta fauna que viaja todos los días en el metro de Londres. Conozcan a su hermano, el filósofo Jonathan Barnes, a través de Nada que temer, donde también realiza una intensa celebración del arte y la literatura. Entérense de las utopías fracasadas de un país ex socialista en El puercoespín. Recojan los pedazos de una amistad dinamitada en El sentido de un final. O descolóquense con la mezcla de ficción y realidad que brota de El loro de Flaubert. Ahora este prosista exquisito, uno de los mejores articulistas, columnistas y críticos de televisión de la prensa anglosajona y miembro de una generación conformada por nombres como Martin Amis, Christopher Hitchens, Salman Rushdie o Kazou Ishiguro, ha publicado, a sus recién cumplidos 80 años, su último libro (dice que seguirá escribiendo artículos, pero ya no más novelas). Se llama Despedidas (nunca mejor dicho) y es una mezcla de memorias, ensayo y ficción en la que reúne muchos de los temas recurrentes que han caracterizado su obra: la memoria, el amor, la amistad, el lugar que ocupa la literatura en nuestras vidas, el envejecimiento y la muerte, desde su perspectiva de viejo sabio.En su particular ceremonia del adiós, Julian Barnes realiza una exploración en torno a la memoria y el pasado, los caminos impredecibles a los que conducen nuestras decisiones, la búsqueda de la felicidad —a cualquier edad— y, cómo no, el amor, la amistad y la escritura. ¿Qué contiene más verdad: nuestros recuerdos, nuestros diarios, las anécdotas mil veces contadas o la imagen que de nosotros mismos nos devuelven los demás? Barnes reflexiona sobre todo ello con el trasfondo de la vejez, de la proximidad definitiva de un fin, ante el cual no podemos más que aprender a despedirnos.Pero en este libro hay una historia dentro de la historia. Sus protagonistas son Jean y Stephen, a quienes Barnes conoció cuando los tres estudiaban en Oxford. Él los presentó, se enamoraron, se separaron y cada uno siguió su camino, lejos la una del otro y también de la vida del autor, que no les perdonó que truncaran aquella amistad. Cuarenta años después se reencontraron y la vida siguió dando giros entre alegrías, traiciones y decepción.A partir de la peripecia vital de este par de amigos se indaga en los misterios y las verdades de la vida en este libro conmovedor. Con la maestría que lo caracteriza, este hombre al que le falla un oído y convive con un cáncer de sangre desde hace años (“incurable pero tratable… como la vida”), cincela un texto de apariencia lúdica y desenfadada que contiene, inevitablemente, una profunda meditación sobre el sentido de la existencia y el arte de decir adiós sin estridencias.En cuanto a mí, he de decirles que ni siquiera leyendo a Barnes logré consolidarme como cronista gastronómico, pero sí como glotón (y fiel lector de este gentleman inglés). AQ / MCB