Tengo una pequeña fiera en casa, lo debo de admitir. Pasa el encanto y la alegría por la llegada del animalito, y aparece el problema de las garras y los colmillos que no distinguen entre ama y presa. Trato de domeñar toda esa energía entrenando a la bestezuela para dar saltos como de circo, pero la ferocidad está en su naturaleza; basta verla ocupada en destazar una especie de pájaro de hilos, un espectáculo cómico en apariencia que también da un poco de temor.Hablando de circo, estaba buscando datos sobre un circo que llegó a México en la década de 1840 a la Ciudad de México y me encontré la tesis muy interesante del historiador Cristóbal Sánchez Ulloa, que ha escrito sobre los espectáculos en la ciudad. En la tesis habla sobre los meses de la ocupación por Estados Unidos a nuestro país, entre septiembre de 1847 y junio de 1848, un eco de los más profundos temores actuales. Ahí se describe la ferocidad de los norteamericanos con los habitantes de la capital, pero también la de éstos, especialmente los llamados léperos; los más pobres que, al encontrarse en sus barrios más alejados del centro a un soldado de aquellos, ya fuera del ejército oficial uniformado o de los voluntarios con sus estrafalarios atuendos que los hacían ver como piratas y fantoches, pasaban a acuchillarlo, con la venganza consecuente y también horriblemente feroz de los ocupantes del norte. También cuenta de la pelea entre un toro y un tigre que presenció un viajero francés, Isidore Löwerstern, en 1838 y la alegría del público porque el toro mexicano le ganó al tigre que representaba a Francia, entre muchas cosas.Nos sentimos muy humanos cuando sacrificamos con máquinas a los animales que nos comemos; con ello se trata de atenuar la ferocidad que exige la caza y el sacrificio, pero que está en todas partes. Desde el circo romano, pasando por las peleas de toros y los circos de antaño con sus domadores que habitan el linde del riesgo mortal y la admiración por esa parte tan oscura y violenta, el espectáculo de la ferocidad ha asombrado siempre, esa especie de ceguera ávida de sangre que no se detiene, ese misterio que late en el fondo de los animales y los seres humanos salta con cualquier pretexto.La ferocidad que según la RAE es la cualidad de feroz: “dicho de un animal, fiero, agresivo” y que provoca también un repudio absoluto, como esos agentes del ICE a los que Trump ha soltado como fieras a perseguir migrantes y no responden, al parecer, más que a sus más animales instintos. Pero yo sigo con mi fiera. No es fácil, les decía, cuando los dientes y las garras se lanzan contra la pretendida domadora y sus pocos muebles: ahí se amilana la fascinación.AQ / MCB