Cuando nació en 2020 la editorial especializada en danza Nicolasa, nombrada en honor a la coreógrafa y bailarina Guillermina Nicolasa Bravo (1920-2013) en el centenario de su nacimiento, Hayde Lachino y Daniela Carro sortearon la pandemia al recibir los pedidos de libros en línea y repartirlos en bicicleta.“En México se publican libros de danza, pero fundamentalmente están dirigidos a especialistas. Nosotras queríamos no solo hacer libros de danza dirigidos a especialistas, sino al público que le gusta la danza y también al que no sabe de danza”, explica Lachino (Morelia, 1967), investigadora, gestora cultural, ex directora de la compañía La Nao y ex editora de la revista de danza del INBAL Interdanza.La misión de la editorial, que en la actualidad cuenta con ocho títulos propios, más tres coediciones con la UNAM, aparte de que en su librería se ofrecen libros importados enfocados a la danza de otros sellos y autores de América y Europa, es la formación de públicos y de pensamiento crítico en México.“Me metí a estudiar gestión cultural con la idea de construir espacios que atendieran un montón de necesidades del sector de la danza. Casi toda la gente en la danza se enfoca en términos de docencia o funciones. Y hay todo un campo que tiene que ver con formación de públicos y de pensamiento crítico. Y hasta que trabajé en la revista de la Coordinación Nacional de Danza fue cuando pensé: Esto es algo importante que hay que hacer”, refiere Lachino.Filósofa de formación, la ensayista subraya la importancia de generar ese pensamiento crítico en danza.“México tiene un problema con la generación de pensamiento crítico. Si vas a Argentina o Brasil, la producción editorial y de pensamiento en torno a la danza, teatro o música es importantísima. Y en México hay una carencia de mirada crítica de lo que se está haciendo, y eso se refleja en una tendencia a repetir estética, sobre todo, en la danza. No hay una exploración crítica o hay muy poca. La norma es la reproducción de formatos estéticos probados y validados”, sostiene.Pone de ejemplo libros que han importado, como Pensar la danza (Turner, 2007), del crítico y director de orquesta Delfín Colomé, e incluso sobre performance, como la edición facsimilar en Alias de Pomelo (Grapefruit), el libro de Yoko Ono publicado en 1970 en Ediciones la Flor con la traducción de Susana Lugones, periodista y editora secuestrada y desaparecida por la dictadura en Argentina en 1977, con el interés de que lectores mexicanos puedan acceder a títulos ignorados en librerías tradicionales.El primer título de Nicolasa fue también un homenaje a la artista veracruzana y premios nacionales de Ciencias y Artes 1979 y de Danza “José Limón” 1989, Guillermina, la niña que bailaba (2021), con texto de Adriana Monroy Becerra e ilustraciones de la poblana Edith Hernández Durana que recuerdan las obras de grandes pintores como Diego Rivera, Carlos Mérida, Miguel Covarrubias o Rufino Tamayo.“Es un texto para niños. Buscábamos que las ilustraciones apelaran a la plástica mexicana, con la idea de que los niños no solo conocieran la historia de Guillermina Bravo, sino que también pudieran tener una aproximación visual a la plástica nacional”, detalla la directora de Nicolasa, egresada de Coreografía del Centro de Investigación Coreográfica del INBA, con licenciaturas en Gestión Cultural por la Universidad de Guadalajara y en Filosofía por la UNAM, y una maestría en Filosofía Política.Después vinieron Cuerpos en movimiento. La danza como ritual urbano, con textos de Lachino y fotografías de Sandra Hordóñez, en el que se documenta cómo se baila en Ciudad de México en términos populares; la biografía-homenaje Manuel Hiram y los cuerpos con luz, que la investigadora del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de la Danza “José Limón” desde 1998, Margarita Tortajada Quiroz, dedica a otro veracruzano y pilar de la danza en México y en Cuba. Y un libro más para las infancias: ¿Alguna vez has tocado el cielo?, con texto e ilustraciones de la poblana Hernández Durana, con el que ganó el Premio Nacional de Diseño 2025 de México Diseña.“Intentamos llegar a públicos diversos. Este libro es sobre los voladores de Papantla. Buscamos conectar tradiciones, que la gente pueda acercarse a la danza no solo en términos de danza contemporánea o moderna, sino también sobre fenómenos que están pasando ahora con el folclor. ¿Alguna vez has tocado el cielo? es sobre una niña que se vuelve voladora, algo que en esa tradición está comenzando a pasar, las mujeres comienzan a bailar una danza antes exclusiva para hombres. Enfocamos una mirada contemporánea a la tradición, a la historia, tratando de tocar públicos”, expone.Nicolasa recuperó y enriqueció las memorias de la bailarina del Ballet Teatro del Espacio Solange Lebourges (París, 1951), Lo bailado nadie me lo quita (2024), que había publicado Conaculta en 2008.Y también la edición y traducción de Los trajes de la Ópera de los siglos XVII y XVIII, que publicó en 1883 el libretista y archivista de la Ópera de París Charles Nuitter, autor del texto del ballet Coppélia, con un estudio introductorio de Andrea Lumbreras e investigación de la historiadora Daniela Carro.Y justo Daniela, hija de Lachino y del crítico de cine Nelson Carro, es un ejemplo de otra de las misiones que se ha impuesto Nicolasa desde su fundación: convocar a artistas e investigadores de todas las edades, de México y de otros países, con propuestas críticas sobre las distintas facetas de la danza.“Hicimos una alianza con más de 20 universidades de Iberoamérica para convocar a artistas e investigadores de alto nivel que están trabajando temas relacionados con la danza”, señala Lachino.De hecho, en su página en internet hay una convocatoria a colaboraciones para el libro Danza y filosofía: diálogos, convergencias y contrapuntos, que es dirigido por Lachino y Ludmila Hlebovich.Los trajes de la Ópera de los siglos XVII y XVIII es también un ejemplo de otro de los objetivos de Nicolasa: publicar textos históricos en todas las disciplinas relacionadas con la danza, que nunca se habían traducido antes al español. Este volumen incluye más de 100 páginas con ilustraciones sobre vestuario de óperas en ese lapso y cómo afectaban al movimiento de los cantantes, actores y bailarines.Entre la historia y el vestuarioDaniela Carro, historiadora por la UNAM especializada en México en el siglo XIX y sus relaciones con Estados Unidos, plantea su participación en Nicolasa desde el ámbito profesional, más que del familiar.“Un historiador debe saber un poco de todo y tener conocimiento de todas las ramas, aunque no sea a profundidad, porque uno no sabe cuándo, de pronto, el teatro va a ser la pasión de un personaje histórico. Y, entonces, hay que saber del teatro de la época o leer teatro de la época, para entenderlo. El trabajo del historiador es muy maleable, uno puede trabajar muchos aspectos desde un solo punto.“Un problema que he encontrado es la ausencia de fuentes en el extranjero y México, incluso documentos históricos mexicanos no se han vuelto a editar desde el siglo XIX. Y ese es un problema para los investigadores. Por eso me he centrado (en Nicolasa) en la parte histórica”, subraya Carro.Y este título abrió la posibilidad de colaboración con la vestuarista Andrea Lumbreras (1994), hija de los poetas Ernesto Lumbreras y Roxana Elvridge-Thomas, licenciada en Escenografía, con especialidad en Vestuario por la Escuela Nacional de Arte Teatral del Inbal y estudios en diseño de vestuario para cine y televisión en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, Cuba.“Andrea es una de las promesas del vestuario mexicano. Además, en la pandemia creó una página de divulgación de la historia del vestuario, en la que empezó a mostrar sus trabajos de investigación”, agregó Carro sobre Lumbreras, quien ha diseñado vestuario para coreografías y obras de teatro como Turista, de Martín Acosta, Juego de damas crueles, de Harif Ovalle, o Ambrosía, de Bruno Bert.Los próximos títulos de Nicolasa, que estarán este año en su librería en Portales (editorialnicolasa@gmail.com) son: Cuerpo, danza y territorio(s), editado por Andrea Tirado; y Danza y filosofía: diálogos, convergencias y contrapuntos, a cargo de Ludmila Hlebovich; además de un libro sobre la coreógrafa legendaria Pina Bausch, de la investigadora chilena radicada en Alemania Valentina Paz Morales Valdés, y otro más sobre los procesos creativos de la compañía sonorense La Lágrima.Sobre la falta de fuentes para investigadores, Hayde Lachino subraya cómo esto repercute en la danza.Durante el proceso de edición de Los trajes de la Ópera de los siglos XVII y XVIII se preguntaban ella y Daniela cómo pueden formarse vestuaristas para danza y ópera si no hay libros o documentos de ello.“Si en México no hay textos sobre formación de vestuaristas o coreógrafos, si quienes forman coreógrafos, si los estudiantes no tienen acceso a libros traducidos al español, ¿cómo se forman? Todo eso tiene su reflejo en la escena, en la actividad creativa. Por eso, en Nicolasa estamos muy preocupadas en traducir”, argumenta la también videoartista, realizadora de documentales sobre danza.Y a partir de la danza, Nicolasa propone enriquecer el pensamiento en otras áreas, con títulos como Danza, trabajo, creación y precariedad (2023), coeditado con Danza UNAM y coordinado por Lachino y su par brasileña Lúcia Matos, que reúne ensayos de ambas y de otros siete especialistas latinoamericanos: Juan Ignacio Vallejos, Matías Santiago, Oliviera Luz Júnior, Karla María Álvarez García, Galia Arriagada Reyes, Ayelen Clavín, Cláudia Müller, María Lucía Sáez y João Fiadeiro.“Es un libro que lo han pedido muchos sociólogos, por ejemplo. Soy firme creyente de que la danza genera un conocimiento que es interesante para otras disciplinas”, refiere la editora y gestora cultural.Y aventura el por qué hay tan pocos libros sobre danza publicados en México si ese arte tiene tanta popularidad, como se ha demostrado también con los festivales que han lanzado en la última década los dos premios Benois de la Danse Isaac Hernández, con Despertares, y Elisa Carrillo, con Danzatlán.“Tiene que ver con que la política pública y la dinámica de la danza están orientadas fundamentalmente a formar docentes y bailarines. Si uno revisa la currícula de las escuelas de danza, tiene que ver el acento en formar a bailarines es central. Y esto tiene consecuencias, digamos, porque las clases teórica siempre son como casi de segunda categoría frente a todas las técnicas de formación de bailarines.“Y este desbalance hace que a los investigadores, los bailarines no necesariamente los conozcan. Y la creación se entiende como expresión nada más. ‘Uno baila para expresarse’, te dicen. Cuando, en realidad, la práctica artística tiene que ver con otras formas de hacernos preguntas sobre el mundo, sobre la condición humana. Y eso requiere lecturas y poder formular ideas”, aduce la investigadora.Pone de ejemplo a la misma Guillermina Bravo, una bailarina y coreógrafa que leía mucho y cuyas clases de coreografía se basaban en un profundo conocimiento de la escena, según Hayde Lachino. “Te podía articular claramente los elementos de la escena y cuáles eran las funciones de cada uno, te citaba autores. Eso es muy escaso, no hay una preocupación por formarse en ese sentido. Aunque eso atiende además a que la danza carga con muchos prejuicios. ‘La gente de danza no lee’, se dice.“Pero eso ha cambiado, porque ahora los estudiantes de danza hacen otra carrera paralela: se están formando también en otras disciplinas, como sociólogos, filósofos. Y ahora, en las convocatorias que lanzamos en Nicolasa, llegan chicos y chicas que tienen formación de filósofos con textos increíbles. Se están formando en las universidades y voltean a ver a la danza porque ahí sienten que hay preguntas y fenómenos interesantes para preguntarse sobre la existencia humana. Sí, ha cambiado”, dice Lachino.AQ / MCB