Cuando se enfría la euforia y queda la convivencia
Los días siguientes de unas elecciones son, para un país, madrugadas morales. Se apagan los altavoces, se doblan las banderas de campaña, se enfría la euforia y se amansa el desconsuelo. Queda la convivencia.
Amanece Costa Rica con vencedores y vencidos, pero con algo más profundo: con familias que votaron distinto y vuelven a desayunar juntas; con vecinos que discrepan y, aun así, se saludan; con un país que necesita recordarse que la política es importante, pero nuestra patria lo es mucho más.
Por eso, los días siguientes son la prueba real de la democracia. Ganar no da permiso para humillar, y perder mucho menos autoriza a incendiar. La victoria, mucho más que una corona, es una carga. Y la derrota nunca es una licencia para el sabotaje: es la oportunidad de promover la fiscalización al nivel que el país merece.
Pasado el conteo, la pregunta que importa, más que quién ganó las elecciones, es lo que se espera de quien resultó elegida. Se espera, primero, humildad. Porque, en Costa Rica, el poder, lejos de ser una tarima permanente, es un encargo temporal. Quien gobierna está de paso, pero el país se queda. La soberbia es un lujo que una nación pequeña y valiente no puede pagar.
Se espera, en segundo lugar, respeto a las instituciones. Nuestra democracia no debe descansar en el temperamento de un líder, sino en los contrapesos: el Tribunal Supremo de Elecciones, el Poder Judicial , la Asamblea Legislativa, la Contraloría, una prensa libre, la Sala Constitucional. Para gobernar, es necesario trabajar con ellos, fortalecerlos, entender que sin reglas no existe libertad verdadera, solo caprichos. Y así no es como debe gobernarse en nuestra democracia.
Se espera, de tercero, seriedad. Seriedad económica y social. Amanecemos en la vida real: el costo de la vida, la galopante inseguridad, la incertidumbre laboral, las listas de espera, la educación golpeada, la burocracia que desespera, nuestros exportadores sufriendo por el tipo de cambio. A esa realidad no se le responde con ocurrencias ni con gritos. Se le responde con prioridades claras, con equipos competentes, con metas medibles y con una ética de trabajo silenciosa, preparada para volver a mover el país.
Se espera, en cuarto lugar, capacidad de tender puentes. Costa Rica no es tierra fértil para los absolutismos. Aquí, las mayorías hay que construirlas sin imponerlas. Y quien no sabe dialogar termina gobernando por confrontación; y la confrontación, cuando se vuelve método, termina siendo una fábrica de parálisis. Los puentes son una ingeniería cívica. Se construyen con firmeza, con principios, con límites. Pero se construyen.
Y se espera, por encima de todo, algo que suena simple y es dificilísimo: decencia. Decencia para decir la verdad aunque cueste. Decencia para combatir la corrupción sin convertirla en arma selectiva. Decencia para cuidar el lenguaje público, porque el país se envenena cuando la política adopta el tono del insulto y la sospecha; cuando la descalificación reemplaza al argumento y el escándalo suplanta al trabajo.
Aquí viene lo “duro” –y lo digo sin dramatismo–, un país que normaliza el pleito permanente se acostumbra a vivir sin soluciones. Y un país que se acostumbra a vivir sin soluciones termina resignándose a lo inaceptable. La democracia, entonces, muere despacio. Se erosiona por cansancio, por cinismo, por indiferencia. Se muere cuando la ciudadanía baja la guardia, o cuando el poder se acostumbra a no rendir cuentas
Por eso los días siguientes deben ser una página nueva y un llamado para todos. Para la ganadora: gobernar con grandeza. Para los perdedores: oponerse con altura. Y para la ciudadanía: vigilar, informarse, exigir, participar. Sin fanatismos. Sin servilismos. Con esa dignidad tranquila que ya hemos mostrado muchas veces.
Yo quiero creer –y lo digo con optimismo deliberado– que Costa Rica todavía sabe volver a su centro vital cuando recuerda quién es. Que aún podemos escoger la sensatez sobre el ruido, el respeto sobre la burla, el trabajo sobre el espectáculo. Que el día siguiente puede ser el inicio de una etapa más adulta: menos deidades políticas y más servidores públicos; menos guerra de tribus y más país.
Porque al final, los días siguientes no le pertenecen a un partido. Le pertenecen a Costa Rica. Que estos días siguientes no sean el inicio de una revancha, sino el regreso a la sensatez. Costa Rica merece un gobierno que una, y una oposición que fiscalice con altura. Ni un ápice menos.
jaime.feinzaig@icloud.com
Jaime Feinzaig es cirujano dentista.
