Las ideas fijas de Yolanda Díaz
Guy de Maupassant (1850-1893), maestro del cuento corto y fabulista notable, discípulo de Gustave Flaubert (1821-1880), al decir de Assar Lindbeck (1930-2020), pensaba que «las ideas fijas nos roen el alma con la tenacidad de las enfermedades incurables. Una vez que penetran en ella, la devoran». Yolanda Díaz, cada vez en peor situación política, camino de la irrelevancia, se aferra de forma obsesiva y sectaria a viejos sueños comunistas. «Creo que soy persona de una sola obsesión», escribió Alfredo Bryce Echenique, el peruano autor de «La vida exagerada de Martín Romaña», la desopilante historia de «una crisis positiva». La todavía vicepresidenta, aferrada a la poltrona por encima de todo, entre la obsesión y la exageración, pretende alumbrar un proyecto de ley que obligue a las empresas a incluir a los sindicatos en los consejos de administración y a dar entrada a los trabajadores en el capital. La presencia sindical –limitada y controlada– en algunas grandes empresas existe en varios países europeos, sobre todo en Alemania. Por otra parte, los trabajadores de cualquier empresa cotizada pueden ser accionistas, sin límite alguno. Yolanda Díaz quiere que todas las empresas cedan al menos un 2% a sus empleados. Si hay acuerdo en el precio de las acciones y lo pagan, no debería ser un obstáculo insalvable.
Lo que sí resulta insólito es la idea de la vicepresidenta de que sindicatos y trabajadores controlen la mitad del consejo de administración de las empresas de más de mil trabajadores. Todo parte del informe de un grupo de expertos convocados por la propia Yolanda Díaz, que entienden que en España el modelo de gobernanza de las empresas es menos democrático de lo que debería ser en el ámbito del trabajo. El proyecto –la obsesión de la vicepresidenta– es muy difícil que salga adelante, porque debe pasar por el Congreso de los Diputados, que, con la composición actual, no lo aprobaría. No obstante, denota su paranoia contra las empresas y el beneficio, y su sueño imposible de incautarlas, de hecho, y ponerlas en manos sindicales, algo que, por otra parte, es la mejor manera de llevarlas a la ruina. Es la obsesión y son las ideas fijas que roen el alma, y algo más, como decía Guy de Maupassant.
