El escándalo de Epstein de cara al próximo Mundial
La última revelación de “expedientes” y vídeos del caso Epstein ha vuelto a incendiar el debate público, el cual, ahora, salpicó a algunos mexicanos.
No es para menos; se estima que este caso tiene alrededor de mil víctimas de abuso sexual, lo que evidencia que no proviene de un agresor aislado.
Jeffrey Epstein es la cara visible del caso; sin embargo, dadas las magnitudes hoy conocidas, es claro que hubo toda una maquinaria de explotación sexual, en la que niñas y adolescentes fueron captadas, engañadas y violentadas bajo un patrón sistemático de coerción, pagos y control.
Las listas de nombres publicados señalan la implicación, directa o indirecta, de figuras políticas, religiosas y del entretenimiento de talla internacional, como Bill Clinton, Donald Trump, Bill Gates, el Dalai Lama, Michael Jackson y Diana Ross.
De impacto para México, llaman la atención tanto las residencias y destinos turísticos frecuentados por Epstein —como la colonia Pedregal en CDMX, Puerto Vallarta, Tulum y Cancún— como la aparición en su correspondencia de personajes como Ricardo Salinas Pliego y Carlos Slim, entre otros.
La divulgación de nombres alimenta el interés social y aumenta la indignación. No deja de ser curioso que Epstein pasó en poco tiempo de ser un profesor a un asesor financiero de magnates de distintas latitudes y que desde ahí se coló entre las altas clases sociales para tejer alianzas económicas y de poder que lo propulsaron a formar una riqueza personal insostenible desde la transparencia.
Sería irresponsable sostener que la simple mención en el expediente Epstein tiene implicaciones directas en casos de abuso sexual; sin embargo, nos permite entender que fue un crimen sostenido por la tolerancia de un ecosistema de poder que normaliza la violencia sexual, diluye responsabilidades y abandera la impunidad.
La violencia y explotación sexual contra niñas, niños y adolescentes es un problema global: según UNICEF, más de 370 millones de niñas y mujeres han sufrido violación o abuso sexual antes de cumplir 18 años, y si se incluyen formas de violencia sin contacto físico, la cifra asciende a 650 millones.
Además, casi una de cada tres víctimas de trata a nivel mundial son niños, niñas o adolescentes, lo que evidencia la enorme vulnerabilidad de la infancia y adolescencia frente a quienes lucran con su explotación, especialmente en contextos donde los sistemas de protección son débiles o inexistentes.
Este riesgo no es abstracto. Y aquí, el próximo Mundial de futbol soccer se vuelve una grandiosa oportunidad para México, Estados Unidos y Canadá.
La experiencia internacional ha documentado cómo los megaeventos, lo que sin duda es el próximo Mundial 2026, incrementan las oportunidades para redes de explotación: turismo intensificado, mayor anonimato, saturación de capacidades de vigilancia y una economía informal que florece alrededor del espectáculo.
En ese contexto, la integridad sexual de niñas, niños y adolescentes se vuelve especialmente vulnerable. Esto es lo que ahora han advertido distintos organismos internacionales y campañas de protección infantil, sin que muchos acusen recibo al respecto.
Hoy en día no se perciben medidas claras, verificables y coordinadas que reflejen una prevención desde la FIFA ni desde los Estados anfitriones.
Es urgente la implementación de protocolos obligatorios para hoteles y transporte, capacidades especializadas, cooperación transfronteriza, monitoreo digital contra captación y rutas de denuncia eficaces.
Lo mismo que campañas de sensibilización, para garantizar la seguridad de niñas, niños y adolescentes y minimizar riesgos durante el torneo.
Es necesario indignarnos con el caso Epstein y personajes mencionados, pero la verdadera urgencia es luchar contra la explotación sexual infantil y la impunidad con estrategia y que esta constituya un punto de encuentro entre sociedad, organizaciones civiles y gobiernos.
