Tras el impacto e incredulidad sufridos al conocer, hace dos días, el fallecimiento de Juanjo De Paiz, recién cumplidos 53 años, quiero recordarle después de nueve años trabajando juntos en el colegio Altair, donde desempeñó su labor como subdirector al servicio de las familias, los trabajadores y los alumnos, siempre desde su buen hacer y su cercanía. En el velatorio celebrado en Altair he visto a padres, trabajadores y alumnos profundamente emocionados por el vacío que deja en todos nosotros. Juanjo fue una persona que llenaba espacio, tanto física como humanamente, por su manera de ser, su sonrisa, su alegría, su conversación y su cariño. Saber que ya no le veremos aquí nos apena y nos invita a mirar al cielo con esperanza, convencidos de que su vida de entrega tiene ahora continuidad. Seguimos hablándole y encomendándonos a él, con la certeza de que ahora puede ayudarnos aún más de lo que ya hacía. Quienes compartimos con él tantos años de trabajo recordamos su capacidad de escucha, su consejo sereno, su criterio, su cercanía, y también su firmeza cuando era necesario corregir. Recuerdo especialmente cuando me comunicó que asumía la dirección del colegio Montecalpe. Decía entonces que dejaba en Altair su corazón, porque había sido muy feliz aquí, como bien saben todos los que tuvieron trato con él. Vivía ese nuevo encargo como otra manera de servir y de responder a lo que Dios le pedía en cada momento de su vida. Con humildad y responsabilidad, incluso en verano, me pedía opinión sobre su preparación como directivo, con el deseo de afrontar del mejor modo sus nuevas responsabilidades en Attendis, como director del colegio Montecalpe. Solo puedo expresar mi agradecimiento por todo lo aprendido a su lado, echarte de menos y confiar en que sigas acompañando a Altair y a todos los que te quisimos. Con lágrimas en los ojos, también sonreímos al pensar que ahora disfruta de Dios, como supo hacerlo aquí, con alegría y entrega.