Amor sin prejuicios
A menudo se piensa en el amor como un asunto de dos, de fechas señaladas en rojo y de guiones aprendidos. Sin embargo, al conversar con jóvenes cubanos sobre el significado profundo de este sentimiento, las respuestas desbordan los límites convencionales.
Lejos de postales comerciales emerge una generación que celebra la amistad como refugio, defiende la diversidad como principio y reclama, por encima de todo, autenticidad. Para ellos, el amor deja de ser un ideal inalcanzable y se convierte en práctica cotidiana de cuidado, respeto y libertad.
A través de pantallas
La tarde avanza en Santiago de Cuba, y Claudia Yasmín Rodríguez atiende con una sonrisa a los clientes de la tienda de artesanías donde trabaja. A sus 25 años, confiesa que el amor hoy parece más una pregunta abierta que respuesta definitiva.
«Hay muchos tipos de amor. En estos últimos años hemos ganado conciencia como sociedad de que el afecto en la familia, a los amigos y el amor propio, son pilares fundamentales para la vida de cada ser humano.
«En cuanto al amor de pareja, siento que se carece de compromiso. Enredados en la rutina de nuestras vidas personales, somos incapaces, muchas veces, de comunicarnos con claridad y de apostar sin reservas a un único vínculo», dice.
Coincidiendo con ella, la joven habanera Samantha Fiallo comenta que, en su caso, por encima de cualquier relación de pareja, valora la amistad.
«Es una complicidad que te salva cuando todo lo demás falla. La amistad es también un espacio de libertad, un lugar donde puedes equivocarte, reírte de ti misma, hablar de tus angustias y deseos sin temor a ser juzgada», afirma.
«Con mis amigos no tengo que explicar quién soy ni justificar lo que siento. Me conocen, incluso en mis silencios. Me han visto en mis mejores momentos y también en los peores. Eso para mí es más grande que cualquier historia de película», añade con una sonrisa que delata la certeza de quien ha encontrado su «tribu».
Martín Sarmiento, desde Matanzas, complementa esa mirada con una estampa cotidiana para miles de cubanos. «Actualmente el amor, sea del tipo que sea, se vive mayormente por internet. Muchas parejas se encuentran separadas por grandes distancias, que solo se alivia, ocasionalmente, por mensajes o videollamadas.
«Pero, en cada caso, la manera de amar ha sido condicionada de acuerdo con las necesidades del momento, que muchas veces cambian. Por eso, prolongar los vínculos en el tiempo, a pesar de la distancia, está entre los mayores retos que enfrenta la juventud», apunta.
Paradoja generacional
Para Adriana Ramírez, el amor trasciende lo que se dice y se instala en las acciones concretas.
«Fechas como el 14 de febrero —a menudo reducidas al intercambio de regalos entre enamorados— deberían servir para agradecer esos afectos que no siempre son visibles, pero sostienen la vida», comenta.
«No es solo un asunto de parejas, se trata de vínculos, de cómo nos cuidamos unos a otros. El amor es lo que se hace cuando alguien te respalda sin condiciones», agrega.
Esta opinión encuentra eco en el joven Ramón Cardoso Suárez, quien explica que, para él, esa incondicionalidad no se basa solo en cómo se ama, también se traduce en cómo se vive.
«La juventud quiere relaciones que se sostengan en lo real. Que permitan ser vulnerables, fallar, aprender y seguir adelante. Esa autenticidad también significa reconocer que el amor no siempre es luminoso, a veces duele, se transforma, y eso no lo hace menos válido. Lo que me importa es que sea honesto, que no se disfrace de lo que no es», sostiene.
Lo más valioso de esta generación, dice, es que se atreva a nombrar todas las formas de amar existentes. Ya no hay un único molde. Ya no hay una imposición. Hay, en cambio, una voluntad colectiva de tejer afectos desde la verdad, reconoce.
Amar con libertad
Esa mirada amplia sobre el amor también incluye, necesariamente, el respeto por la diversidad. El joven Anthony Leyva, subraya que las relaciones reales se construyen en el reconocimiento del otro.
«El amor está en la forma en cómo aprendemos a respetar las diferencias, en cómo aceptamos que cada quien tiene su manera de sentir y de vivir.
«Celebrar los afectos es también un acto de reconocimiento hacia las personas que han tenido que luchar por el derecho a amar libremente porque, sin él, no hay libertad posible».
A cientos de kilómetros, en un hospital santiaguero, el enfermero Yasiel Garzón Blanch conoce bien de enfrentar visiones diversas. Para él, la palabra «aceptación» pesa doble.
«Soy abiertamente bisexual, y aceptar algunos aspectos de mi personalidad ha sido difícil para mi pareja, para mi familia y, sobre todo, para mí. Inevitablemente estamos condicionados por la forma en que nos percibe la sociedad», expresa con honestidad.
«Sin embargo, tengo esperanza porque vivimos en una época donde hablamos de diversidad afectiva y complejidades, no solo en cuanto a preferencias sexuales, también en cuanto a inquietudes emocionales. Vemos en el amor una oportunidad de crecimiento mutuo y nos concientizamos de la necesidad de comunicarnos con transparencia».
Sin embargo, es José Miguel García, universitario villaclareño de 21 años, quien resume el cuadro con optimismo en sus impresiones.
«Amamos con corazones reales, buscando conexión genuina en un mundo hiperdigitalizado. Equilibrando la independencia personal con el deseo de intimidad, y construyendo vínculos desde la autenticidad más que desde los guiones románticos heredados».
Quizá por eso, al final de la conversación, lo que queda no es la queja ni la nostalgia, es la certeza de que esta generación —la de los que aman en tiempos tan difíciles o a kilómetros de distancia— escribe su guion propio y totalmente original sobre los afectos.
