¿Un árbol para el 14?
Ojalá, en las cercanías de este 14 de febrero, el mundo y la patria nuestras, sobre los que se posan nubes muy grises y soplan vientos con olor a azufre, tuviera, como en la pradera esperanzadora de colores de un cuento infantil, un árbol de corazones. Uno que adorara toda la especie humana, y toda la «especie cubana», por su belleza y esplendor, y especialmente por su significado.
Los lectores perdonarán que en horas como las de hoy regrese a esa preciosa fábula de la escritora española Elena Ramírez Martínez, con la esperanza de que ese árbol sirva de semilla a los buenos y nobles sentimientos, esos que no todo el mundo alberga en lo profundo de sus corazones.
Ojalá ocurra el prodigio de esa historia y que cada una de las hojas del árbol de corazones empezaran a desprenderse de él, y una suave brisa fuese trasladando y meciendo a cada uno de los corazones de colores, mientras el aire se haga cada vez más puro, las nubes vayan blanqueando su color, y —como en la fábula— la pradera, poco a poco, luzca en todo su esplendor, mientras el mundo rejuvenece con brotes nuevos de bellos sentimientos de arrebatadores colores.
La anécdota la conté también en otro momento, pero las circunstancias me incitan a recordarla. En un ejercicio académico se situaba a la raza humana al borde de la catástrofe, y los asistentes al curso debíamos escoger a quienes —a semejanza de la historia bíblica— se montarían en una réplica del Arca de Noé, para reiniciar todo desde cero. Reinventar el camino de la civilización desde una isla salvada en la inmensa soledad universal.
En el intento por dibujar el paraíso humano tantas veces soñado y tan poco alcanzado fuimos descubriendo una certeza: si algo ardería para siempre en nuestro improvisado Armagedón serían los extremismos y la intolerancia.
Creo que los cubanos estamos ahora mismo, sentimentalmente, como cuando salimos de aquella aula. Delineando los colores de nuestro horizonte «perfecto»: el arca de la salvación de Cuba y de sus sueños. Esa donde un pueblo se monta sin distingos ni prejuicios en la mágica barca del resguardo de su destino. ¿Qué dejar hundirse y desaparecer en el diluvio?
Pensemos hondamente en esto mientras la realidad… real, como solía decir una querida compañera de labor, nos hace sentir el punzante estampido del odio, el mismo que tanto dolor nos causó en diversos momentos de la historia cubana.
Meditemos en las consecuencias de esos estampidos mientras intentamos restarle sufrimientos y muertes al país, sometido a una gravísima amenaza tras la orden presidencial criminal de Donald Trump que pretende rendir la muy peculiar resistencia de los cubanos y doblar la cerviz del mundo. Nos acechan demonios que vienen desde el fondo de nuestra historia.
Como dije hace unos años, y tiene más valor en estas circunstancias, es muy triste escuchar el mismo aullido frenético y recalcitrante de los voluntarios que asediaron a los estudiantes de Medicina y los llevaron al fusilamiento en la Cuba del siglo XIX, amplificado por las emergentes campañas políticas en internet y dirigido contra todo el que intente defender la dignidad y la justicia que tanto martirologio costó alcanzar en Cuba.
Recordemos que en el corredor extraordinario de la historia cubana se levantaron claramente dos caminos, entre los que siempre, parece, debemos elegir: el del egoísmo, la ignorancia, la confusión, la brutalidad, la sumisión, la injusticia y hasta el crimen, mientras por el otro se yerguen la generosidad, la honorabilidad, la decencia, el desprendimiento personal y social, la honradez, la emancipación, la nobleza y la virtud.
Con independencia de mezclas o matices, que tampoco faltaron por momentos, los referentes de uno y otro sendero son fáciles de descubrir en el rastro de nuestros héroes y en la saga de sus antónimos patrióticos y morales.
Así quedó delimitado, por ejemplo, en la horrenda suerte de numerosos prisioneros del asalto que hizo despertar el sueño del Apóstol en el año de su Centenario. Estos fueron torturados y masacrados con salvajismo inigualable por los esbirros que convirtieron ese actuar en la naturaleza de aquella dictadura, y en la naturaleza de todos los que luego se sumaron al bando de los apátridas y reaccionarios.
Acontecimientos como esos, se precisa advertir nuevamente, deben alertarnos como pueblo de la suerte que nos depara la imposición de lo peor del alma cubana.
No fueron pocos, en siglos de formación de nuestra nacionalidad, quienes se dejaron tentar por esa ferocidad, alimentada, y no pocas veces mercenarizada, por intereses tan vetustos y mezquinos como los de aquellos voluntarios del colonialismo. Esto es preciso deslindarlo entre la manipulación, la ceguera y costosos vacíos o distanciamientos actuales de nuestra parte.
Quienes, por falta de madurez, o juicio, aspiran incluso a un baño de sangre para su patria, o barrer con los sedimentos justicieros de siglos de lucha, se convierten en herederos de asesinos sin mínimos de compasión, como aquellos que volaron por los aires un avión de Cubana con 73 personas y luego proclamaron: «pusimos la bomba… ¿y qué?». Esos criminales que murieron protegidos y exaltados por la misma derecha fascista que ahora busca asfixiar a Cuba.
Los aullidos de las últimas semanas nos alertan sobre la ciénaga de maldad en los que podemos hundirnos si nos dejamos arrastrar por la intolerancia en nombre de cualquier causa, especialmente de aquellas absolutamente ajenas a las ansias históricas de nuestro pueblo.
Nada hermoso y regenerativo podemos esperar de esos sentimientos, causantes en esta tierra —donde floreció tierna y mayoritaria la semilla del bien y la nobleza—, de nuestros peores o más estremecedores sucesos sociales de dolor. Algunos de los errores más costosos de la Revolución podemos sumarlos a esa cuenta.
Deplorable final sería el de terminar en el bando del odio, la tergiversación y la destrucción, en guionistas modernos de otro capítulo de Inocencia. En José Martí, ese Apóstol venerable —mientras más arrecie el odio más venerable— está nuestra fórmula del amor triunfante. La semilla frondosa y hermosa de nuestro árbol de corazones.
