Exigencias de la gracia
VI domingo del tiempo ordinario
¿Qué hacemos cuando Cristo nos exige cambiar de vida? ¿Nos convertimos para seguirle o intentamos rebajarle para seguir igual? El evangelio de este domingo, que continúa el sermón de la montaña, vuelve a despertar nuestros sentidos morales para vivir conforme a la alta vocación cristiana. Meditemos:
«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Os aseguro que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado.
Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.
Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”. Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer -no hablo de unión ilegítima- la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”. Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno”.» (Mateo 5, 17-37).
Cristo no vino a acomodarse al mundo, sino a transformarlo de raíz. Desde su raíz más profunda, que es la necesidad que tiene cada persona de reconciliación con Dios, consigo misma y con los demás. Por eso Cristo no suaviza el Antiguo Testamento, sino que lo eleva, lo trasciende y lo lleva a su plenitud. Frente al legalismo de los fariseos, él propone una justicia superior: δικαιοσύνη περισσὴ, una justicia desbordante, que nace del corazón. Una cosa es cumplir la ley; otra es vivir en su verdad. El cumplimiento exterior es de fariseos; la conversión interior es de santos.
El Maestro no tolera corazones divididos. Ya no basta con no matar: hay que extirpar los malos sentimientos hacia otros. Ya no basta con no adulterar: hay que purificar la mirada. Cristo toca las raíces. Va al corazón, porque es ahí donde comienza el pecado o la gracia. Lo que tantos maquillan, el Redentor lo desvela.
Sus palabras son tajantes: «Arráncate el ojo, córtate la mano». No es literalismo cruel, sino lenguaje profético que nos exhorta a quitar de nuestra vida lo que nos lleva a la muerte. Lo que sea. Aunque duela. Aunque escandalice. El infierno —gehenna— existe, y no está reservado para monstruos, sino para los que se abrazan a su pecado como a un tesoro que les desfigura.
La moral cristiana no es una tabla de mínimos, sino un monte al que se sube con la cruz. El Evangelio no es accesible por rebajas, ni se reparte como muestras gratis. Jesús no dijo "haced lo que podáis", sino: «sed perfectos como vuestro Padre celestial» (Mateo 5,48). Por eso, la santidad no se negocia, se conquista con esfuerzo fiel a la gracia.
Sin embargo, muchos buscan adaptar estas exigencias a los criterios del mundo. Reducen el Evangelio a sentimientos. Transforman la cruz en consuelo psicológico. Quieren una moral de consenso, no de conversión. Pero Cristo no se dejó domesticar ni entonces ni ahora. Tú, acepta sus palabras sin rebajas. Deja que te escuezan, pues lo valioso se debe acrisolar y limpiar de escoria.
El cristiano de hoy emprende una batalla real entre la verdad y la mentira, entre lo que viene de Dios y lo que nos sugiere el demonio: «Lo que pasa de ahí, viene del Maligno». La ambigüedad es puerta abierta al enemigo.
La mirada pura, el corazón indiviso, la palabra veraz. Esto pide el Señor de la vida. Y no a los que van de perfectos, sino a los que responden como discípulos. Es una llamada al combate interior, donde no basta resistir, sino que hay que dejarse purificar. La santidad no consiste en evitar el mal, sino en amar apasionadamente el bien, como lo expresó san J. H. Newman.
A menudo se critica este Evangelio por su radicalidad. Pero es justo al revés: sólo el que ama de verdad puede exigir algo así. Lo exigente no es cruel, sino veraz. El cirujano que corta para sanar no odia, ama con bisturí. Cuando Cristo exige, no aplasta, sino que purifica. Para ser purificados por él doblamos nuestras rodillas y deponemos nuestro ser ante su presencia. El mundo exige poco porque puede dar poco; Cristo exige todo porque todo nos lo da.
Este evangelio nos exige hacer una opción: adaptar nuestra fe al mundo o dejar que la fe nos adapte al cielo. Lo primero es cómodo, pero estéril. Lo segundo es exigente, pero fecundo. El que rebaja la cruz, pierde la gloria.
Jesús no vino a bendecir nuestros límites, sino a ayudarnos a superarlos con su gracia. Y por eso no rebaja su palabra, ni adorna sus mandamientos. No juréis. No odiéis. No deseéis. No mintáis. Por eso no has de maquillar tu pecado, sino enfrentarlo.
El cristianismo no es el arte de justificarse, sino de ser justificado por Cristo.
Miramos a nuestro alrededor y muchos cristianos viven como si bastara con ser buena gente. Pero el Señor no vendrá a ver etiquetas, sino frutos. No preguntará cuántos cursos hicimos, sino cuántas veces lo elegimos a él en la hora difícil.
La santidad no consiste en evitar escándalos, sino en vivir sin doblez.
Jesús no quiere discípulos tibios ni lenguas retorcidas. «Que vuestro hablar sea sí, cuando es sí; no, cuando no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno». Aquí no hay margen para la diplomacia moral. Si Cristo llama Maligno a lo que el mundo llama tolerancia, es que alguien está manipulando las cosas. La verdad sin caridad hiere; la caridad sin esfuerzo, ablanda. Y la salvación no es para blandos, sino para almas ardientes.
Todo esto no es una carga imposible, sino una promesa luminosa. Porque Cristo no nos pide nada que Él no haya vivido primero. Él fue el que miró sin desear, amó sin poseer, habló sin doblez, perdonó sin límites y obedeció hasta la cruz.
¡Míralo a él! ¡Mírate a ti mismo en ese espejo! Todo lo que no lo refleje límpidamente ha de ser purificado y elevado. ¡Pídeselo!
Que no tengamos miedo a las alturas del Evangelio. Porque al final, lo que está en juego no es nuestro confort ni nuestra jubilación, sino nuestro paso a la eternidad. No se trata de ser un poco buenos, sino de ser santos. Como dijo Péguy: “No hay nada más revolucionario que un alma pura”. Con esta enseñanza del Maestro nos queda claro que el cielo no es para los mediocres, sino para los fieles.
Examina tu conciencia a la luz de Mateo 5,17-37
«Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos».
¿Vivo una fe de mínimos o me esfuerzo por corresponder a la gracia con todas sus exigencias?
Todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado.
¿Cultivo resentimientos o críticas en mi interior?
«Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón».
¿Guardo pureza en mi mirada y pensamientos o consiento imágenes y deseos que desfiguran a las personas y me alejan de Dios?
Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo.
«¿Estoy dispuesto a renunciar, con firmeza y radicalidad, a todo lo que me arrastra al pecado?»
«Que vuestro hablar sea sí, sí; no, no».
¿Soy íntegro y claro en lo que digo, o escondo la verdad por miedo o conveniencia?
Dile sinceramente a Dios…
Señor Jesús, no quiero seguir maquillando mis límites ni justificar mis pecados. Quiero ser santo, no solo bueno. Dame el valor para mirarme a la luz de tu Palabra y la humildad para dejarme purificar por tu amor.
