No es la primera vez ni probablemente será la última, pero sí ha sido la más grave de los últimos tiempos. Las lluvias persistentes de la última semana han vuelto a dejar imágenes ya conocidas en Talavera de la Reina: calles anegadas, bajos inundados y vecinos pendientes del cielo. Para entender por qué ocurre siempre en los mismos puntos, es necesario ir más allá del episodio concreto de lluvia y analizar cómo conviven la ciudad y el agua desde hace décadas. «No es un problema puntual ni algo inesperado; es un problema estructural», resume Miguel Ángel Sánchez, consultor en medio ambiente y agua. La lluvia ha sido intensa, sí, pero el origen de las inundaciones está ligado a decisiones acumuladas en el tiempo, a la transformación de cursos naturales y a un modelo urbano que, cuando el agua llega con fuerza, muestra todas sus costuras. Talavera no se entiende sin el agua. El Tajo y el Alberche han condicionado su desarrollo histórico, económico y social, pero junto a ellos existe una red menos visible de arroyos y cursos secundarios que forman parte del mismo sistema fluvial. Durante siglos, la ciudad convivió con crecidas periódicas y con la certeza de que el agua ocupaba determinados espacios cuando las lluvias eran abundantes. Los vecinos más mayores conservan la memoria de episodios de inundaciones en zonas como la plaza de la Cruz Verde, la calle Santo Domingo o Luis Jiménez, cuando el agua bajaba por el arroyo de la Portiña con fuerza y atravesaba áreas hoy urbanizadas. «La gente tiene que saber que está viviendo sobre un río», advierte Sánchez a la par que empatiza con los propietarios de las casas más afectadas en el entorno de Entretorres, donde bajos y garajes siguen inundados, y eso que las motobombas no han parado día y noche de achicar agua sin ver el fin. Otros puntos, como los garajes de los edificios de las calles Portiña de San Miguel y Portiña del Salvador, así como de la plaza de Aravaca, el Charcón, la calle San Martín o la plaza Puente Moris, también viven estos días con el corazón en un puño. En el centro de este episodio se encuentra la Portiña. A menudo se la define como un arroyo urbano, pero su comportamiento durante lluvias intensas desmiente esa etiqueta. «Se puede llamar arroyo, pero para mí es un río», explica el consultor. La Portiña recoge las aportaciones de numerosos arroyos que descienden desde la Sierra del Berrocal, es decir, desde zonas como Segurilla o Cervera de los Montes. Es, en la práctica, una gran confluencia de aguas que canaliza hacia Talavera todo lo que cae en esa cuenca. En un episodio normal, el sistema puede absorber ese caudal. El problema aparece cuando se encadenan varios días de lluvias intensas y el terreno ya está saturado. «La presa de la Portiña no ha tenido capacidad de retener nada», señala Sánchez. El agua baja junta, con fuerza, y llega a la ciudad sin margen para ser laminada de forma natural. El papel del embalse, de gestión municipal, no deja de ser una infraestructura que regula las aportaciones que llegan a la ciudad, aunque con una capacidad limitada en episodios de lluvias persistentes, como ha ocurrido estos días. Cuando se llena, pierde su función de laminación y el agua que entra debe salir, incorporándose al cauce urbano en un momento en el que el sistema ya se encuentra saturado. El desembalse, por tanto, no genera el problema, pero sí influye en su desarrollo. «Cuando tienes un embalse encima de la ciudad y luego un cauce urbano que no es capaz de evacuar grandes aportaciones, la presión aguas abajo aumenta», explica Sánchez. En ese escenario, el agua no desaparece, sino que se traslada a los puntos más vulnerables del recorrido de la Portiña a su paso por Talavera. Asimismo, uno de los errores de fondo, según el consultor, ha sido tratar un curso natural como si fuera una simple infraestructura urbana. «No puedes meter un río de esas características en un tubo», afirma con rotundidad. A su paso por la ciudad, la Portiña discurre soterrada, encajonada en una canalización pensada para situaciones ordinarias, no para episodios extremos. En cuanto a una posible solución, Sánchez se muestra tajante. Y es que el problema, asegura, no se soluciona ampliando el tamaño de esa canalización. «Aunque le pongas un tubo más grande, el problema sigue ahí», explica. La clave está en que el arroyo ha perdido su espacio natural. Cuando el agua no puede expandirse, la presión se acumula y acaba buscando salida por los puntos más débiles del sistema. A esta situación se suma la ocupación progresiva de zonas que históricamente formaban parte del cauce o de la salida natural de la Portiña. «Su zona natural de apertura está ocupada», resume el consultor. La expansión urbana de las últimas décadas se hizo confiando en que las soluciones técnicas serían suficientes para controlar cualquier escenario. «Hemos hecho casas encima y a los lados», señala Sánchez. Decisiones tomadas en otro contexto, cuando se priorizaba el crecimiento y se confiaba en la ingeniería como respuesta definitiva, y que hoy han generado un cuello de botella. El agua, que durante siglos encontró salida en esos espacios, ahora se topa con edificaciones y barreras físicas que condicionan su evacuación. En cada episodio de inundaciones, el foco suele ponerse en el río Tajo. Sánchez introduce matices importantes. «No es culpa del Tajo», aclara. En este caso, las inundaciones no se deben a una gran crecida del río, sino al papel que desempeña como condicionante hidráulico. El caudal del Tajo, aún más en estos días, dificulta que el agua procedente del arroyo salga con rapidez por el desagüe de la canalización. Es decir, la masa de agua de mayor volumen, la del Tajo, impide la incorporación de la masa de agua secundaria, la de la Portiña. El resultado es un efecto de retención que agrava el problema cuando el sistema urbano ya está saturado. El río no origina la inundación, pero influye decisivamente en cómo y dónde se produce, comenta. Hay otro factor menos visible, pero determinante, que ayuda a entender por qué el agua permanece más tiempo en la ciudad. Talavera se asienta sobre un subsuelo de gravas que, durante años, permitió que el agua se filtrara de forma natural hacia el río. «Antes, todo el agua que venía de regadíos y arroyos se iba drenando poco a poco», recuerda. Ese equilibrio se ha alterado con la construcción de infraestructuras que actúan como barrera impermeable, como el muro perimetral de la ribera del Tajo en la Ronda Sur levantado en 2001. «Es como un muro de piscina», describe gráficamente. El agua ya no se filtra como antes y queda retenida en el interior del casco urbano, formando bolsas subterráneas que acaban emergiendo cuando la presión es demasiado grande. El factor meteorológico es innegable. En la última semana ha llovido mucho y de forma continuada, tanto en la ciudad como en toda la cuenca de la Portiña. A ello se suma que el nivel freático ya estaba alto tras meses especialmente húmedos. «Ha caído mucha agua», insiste el consultor, subrayando que el sistema llega ya cargado cuando se produce el episodio más intenso de estos días. En estas condiciones, cualquier nueva aportación desencadena el problema. «Si sigue lloviendo diez o quince días más, esto va a seguir igual», advierte. No se trata de alarmismo, sino de una descripción del funcionamiento del sistema hidráulico actual. Y es que durante décadas, muchas ciudades españolas crecieron bajo una misma premisa: la ingeniería moderna permitiría controlar cualquier comportamiento del agua. Talavera no fue una excepción. Colectores, canalizaciones y muros de defensa se concibieron como soluciones definitivas, capaces de sustituir al funcionamiento natural de ríos y arroyos. En ese contexto, soterrar la Portiña y reducir su espacio de expansión se entendió como una forma de ganar suelo urbano. El paso del tiempo ha demostrado los límites de esa visión. «Seguimos pensando que las tuberías van a dar cabida a toda el agua que viene», explica Sánchez. Cuando las lluvias son moderadas, el sistema responde. Pero cuando se encadenan varios días de precipitaciones intensas, la capacidad de evacuación se ve desbordada. El agua no desaparece: se acumula, presiona y termina aflorando allí donde encuentra una salida. «Esto era algo previsible», insiste Sánchez. La ciudad ha ganado suelo a la Portiña y ahora el arroyo reclama su espacio. No lo hace de forma constante, sino cuando se dan las condiciones necesarias. A veces pasan años sin incidentes; otras, basta una semana de lluvias para que el problema vuelva a aflorar. Detrás del análisis técnico hay una realidad humana evidente. Vecinos que ven cómo el agua entra en sus viviendas, comercios que sufren daños y familias que viven con incertidumbre cada vez que el parte meteorológico anuncia lluvias. El impacto no es solo material. Vivir en una zona con riesgo recurrente de inundación genera desgaste emocional, inseguridad y consecuencias económicas a largo plazo. Las viviendas pierden valor, los seguros se encarecen y la sensación de provisionalidad se instala en el día a día de quienes conviven con el problema. Una situación, insiste Sánchez, que no se resolverá negando la realidad ni confiando únicamente en soluciones puntuales. Talavera está asentada en un entorno fluvial complejo, con ríos, arroyos y un subsuelo que históricamente drenaba de forma natural. Ignorar ese funcionamiento solo aplaza el conflicto. «El agua siempre acaba reclamando su sitio», resume. Asumir esa convivencia implica entender que los episodios de inundación no son anomalías aisladas, sino advertencias. Advertencias de que el modelo actual tiene límites y de que, sin una reflexión de fondo, la ciudad seguirá expuesta a los mismos problemas cada vez que la lluvia sea persistente. El reto no es solo técnico, sino también cultural: volver a mirar a los ríos no como enemigos a contener, sino como parte del paisaje urbano con el que Talavera deberá aprender a convivir. No se trata de soluciones rápidas ni de parches puntuales, sino de una reflexión profunda sobre el modelo urbano e hidráulico. «No podemos seguir pensando que las tuberías lo solucionan todo», concluye Sánchez.