De animales, humanos y diversidades
Tom Peters, Erick Sprague, Dennis Avner, Tom Leppard y Rodrigo Braga fueron noticia hace décadas, como otros, por someterse a numerosas cirugías para autocomplacer su deseo de verse como determinado animal. Entonces, si querían ser serpiente o dragón, bifurcaron sus lenguas, dotaron de escamas su piel y tatuaron sus ojos, además de asumir conductas como tales. Quien quiso ser lobo, se implantó un hocico y quien deseó ser leopardo, tatuó el 99 por ciento de su cuerpo para lograrlo. Toco, con su traje hiperrealista de perro collie, se pasea por Japón como tal y Sanson Yfrey, quien modificó significativamente su apariencia para mostrarse como un alien, recientemente ha desatado comentarios, por lo contrario, es decir, por manifestarse deprimido ante una decisión que ya no tiene marcha atrás.
¿Ellos eran therians? Al parecer, sí, teniendo en cuenta que sienten una conexión profunda con animales no humanos, identificándose con ellos en un nivel personal, pero, por otra parte, pudiéramos pensar que no, si es que esa autopercepción los llevó a manifestarse de manera delirante y presentaron deterioro funcional o síntomas sicóticos asociados. Habría que ver, como dirían los sabios de la tierra.
Ahí radica la diferencia esencial ante el fenómeno que cobra fuerza en el mundo, no por nuevo sino porque las redes sociales amplifican todo y logran «seducir» con más fuerza.
El término therian proviene de therianthropy, en español teriántropía, palabra de origen griego que une therion (animal o bestia) y anthropos (humano). Que alguien diga hoy que es un therian,— y se trata fundamentalmente de adolescentes y jóvenes—, no es signo de un trastorno mental o patología evidenciada clínicamente, pues quienes se autodenominan como tal, se saben humanos y, en todo caso, proyectan una conexión simbólica y no alarmas de una enfermedad.
Proliferan imágenes en las que los vemos como perros, gatos, cocodrilos, serpientes o cualquier otro animal, ladrando, maullando, caminando en cuatro patas, y queriendo ser aceptados tal cual. Otros, los no therians, les ofrecen risas, burlas, rechazo, desprecio y, en no pocos casos, gestos violentos, acoso y actitudes discriminatorias.
Los sicólogos que han expresado su criterio coinciden en que quien se siente identificado a nivel emocional o espiritual con un animal, —y por eso usan máscaras, maquillaje y otros accesorios— en realidad están advirtiendo de una necesidad sicológica que no puede ser ignorada, pero que no amerita tratamiento siquiátrico, pues su vida personal, académica o laboral no está deteriorada, por lo que no existe base diagnóstica para considerarlo un trastorno mental.
Claro, las redes sociales cumplen su labor al momento de visibilizar este tipo de preferencias, y se convierten en un arma de doble filo, pues estas tendencias también «capturan» a personas con vulnerabilidades personales.
Siguiendo a los expertos, una de las preocupaciones más palpables es el riesgo de confusión en la juventud. La identificación como therian puede ser una fase exploratoria para algunos jóvenes, similar a otras formas de autodescubrimiento. Sin embargo, también es fundamental que los jóvenes que experimentan estas identidades tengan acceso a recursos de apoyo que les ayuden a navegar su comprensión de sí mismos, y lo más rápido posible, porque es evidente que sus comunidades, ya sean virtuales o físicas, crecen increíblemente.
¿Cuáles son las implicaciones sociales de este fenómeno? Van más allá de la simple identificación individual. La creciente visibilidad de los therians invita a la reflexión sobre la diversidad de identidades en nuestra sociedad. Algunas voces en la comunidad LGBTQ+ indican que la aceptación de identidades como la de los therians puede funcionar como un espejo sobre la aceptación más amplia de las diferencias humanas, la tolerancia ante las diversidades.
Es pensar que ser auténtico en un mundo que a menudo se aferra a normas rígidas puede «justificar» todo tipo de actitudes. He ahí la cuestión.
Que algo quede claro. Quien escribe estas líneas, no es therian, por lo tanto, podría colocarme en el bando en el que tal vez esté usted también. Podemos no entender esta «tendencia», podemos asociarla con vacíos identitarios o inmadurez propia de esa etapa de la vida en la que se desea experimentar lo más posible para ser aplaudido, validado, aceptado o sencillamente parte de una ola que despierta la atención, para bien o para mal. No obstante, lo primero es el respeto, con lo cual abogo por no emplear ningún tipo de violencia ante ellos, como no lo merece nadie.
Dicho esto, lo que sí me parece incuestionable, es que existen límites y, a su vez, urgencia de coherencia. Se supone que, si me identifico como cierto animal, debo entonces alejarme de todo comportamiento humano, ¿no? Y la práctica muestra que no es tan así, y los vemos con sus conductas a lo therian celular en mano y sirviéndose de privilegios propios de la especie humana. Entonces, yo te respeto tu autopercepción, pero tú tienes que ser consecuente con lo que dices que sientes y eres.
Así que, en principio, reitero, el respeto es lo primero. Segundo, asumir las consecuencias de las decisiones y, por nuestra parte, asumamos el compromiso de abrir espacios de diálogo que, lejos de dividir, ayuden a construir puentes hacia una comprensión más rica y completa de la diversidad humana. Ciertamente la comunidad therian se multiplica en latitudes foráneas, pero hay que estar preparados, para los que encontremos por acá.
