Las personas que nacieron en los 60 comparten 3 habilidades gracias a sus padres
La década de los 60 en España fue, sin duda, un periodo agitado y decisivo. Aún marcada por la posguerra y bajo la dictadura franquista, el país vivía una etapa de profundos contrastes: mientras el régimen mantenía un férreo control político y social, la economía comenzaba a transformarse. El llamado boom económico y turístico convirtió el “sol y playa” en motor de crecimiento, atrayendo divisas extranjeras y abriendo tímidamente el país al exterior. Con el Plan de Estabilización y los posteriores Planes de Desarrollo, llegó el desarrollismo industrial y símbolos como el SEAT 600 representaron a una clase media emergente que empezaba a desplazarse y a aspirar a una vida más cómoda.
Al mismo tiempo, la mecanización del campo provocó un éxodo rural masivo hacia las ciudades y una fuerte emigración a países como Alemania o Francia. La televisión, con TVE como única cadena, se popularizó y se convirtió en el centro del hogar, aunque siempre bajo estricta censura. En el plano político y social, la fundación de ETA en 1959 y el inicio de su actividad terrorista marcaron el clima de la década. A finales de los 60, especialmente en 1968, las protestas universitarias y obreras, influenciadas por el contexto internacional, fueron duramente reprimidas.
Todo este contexto no solo transformó la economía y la sociedad, sino también la forma de pensar y educar. Lo que ocurre en un país condiciona la mentalidad de sus ciudadanos, y si alguien reflejó especialmente ese momento histórico fueron los niños que crecían entonces. La disciplina, el esfuerzo, la autonomía temprana y el respeto a la autoridad eran valores reforzados tanto por el entorno familiar como por el contexto político. Aquella generación se formó en un ambiente de cambios rápidos, oportunidades emergentes y normas claras, factores que influyeron decisivamente en su carácter.
Las tres habilidades que marcaron a quienes crecieron en los 60
En este contexto de transformación y exigencia, muchas familias transmitieron a sus hijos aprendizajes prácticos y sociales que marcaron su vida adulta. Hay tres habilidades que, adquiridas antes de los 11 años, influyen más en la trayectoria de una persona que cualquier título universitario.
1. Resolver problemas prácticos
En una época donde los recursos no siempre abundaban y la autosuficiencia era clave, aprender habilidades prácticas era casi una obligación. Cambiar una rueda, arreglar pequeños desperfectos o asumir responsabilidades domésticas no eran tareas excepcionales, sino parte del crecimiento.
Este tipo de enseñanza fomentaba la autonomía y la capacidad de reacción ante imprevistos. El mensaje implícito era claro: ante un problema, se actúa.
2. Dar la mano con firmeza
La educación en normas sociales y respeto interpersonal tenía un peso importante. Un gesto tan sencillo como dar la mano con firmeza simbolizaba seguridad, educación y carácter. En una sociedad jerarquizada y formal, la primera impresión contaba.
Más allá del protocolo, este aprendizaje fortalecía la autoestima y la confianza al interactuar con adultos y figuras de autoridad.
3. Mirar a los ojos al hablar
La comunicación directa era otro pilar de la educación. Mirar a los ojos transmitía honestidad, atención y respeto. En hogares donde la disciplina era habitual y la palabra tenía valor, este gesto se convertía en una señal de madurez.
Hoy, en tiempos dominados por pantallas, esta habilidad adquiere un significado aún mayor.
Una generación moldeada por su tiempo
La infancia no ocurre en el vacío. El contexto político, económico y social influye inevitablemente en la manera de educar y en los valores que se transmiten. En los años 60, en plena transformación de España, la mezcla de disciplina, esfuerzo y deseo de progreso configuró una generación marcada por la resiliencia y la responsabilidad.
Más allá de títulos y logros académicos, son las habilidades prácticas y sociales aprendidas en la infancia las que terminan definiendo, en gran medida, el rumbo de una vida.
