Desclasificar y descalificar, todo es empezar
Andaban las hordas de jóvenes españoles cantando el Cara al Sol en las calles de España, apurando las últimas horas antes de que el gobierno les abriera los ojos con la desclasificación del 23-F, cuando arrancó una bronca (otra más) sesión de control en el hemiciclo donde Tejero gastó sus últimas balas.
De igual manera que la ministra Elma Saiz ve niños falangistas por las aceras, los guionistas identificaron claramente el cliché de la mañana. Tocaba atacar con la palabra desclasificación y el líder de la oposición se entregó a la tarea con todo el ingenio y la memoria posibles. Sobre todo mucha memoria, que es lo que hace falta para no dejarte fuera ninguno de los rincones oscuros que adornan la vida y milagros del sanchismo. Núñez Feijóo exigió la desclasificación de los Presupuestos, los viajes del Falcon, la corrupción, el accidente de Adamuz… y así una enorme retahíla que hizo las delicias de Pedro Sánchez.
El presidente ha llegado a un punto en el que experimenta un sórdido placer cuando alguien le recuerda todas las polémicas a las que ha sobrevivido. Cada una de ellas habría tumbado a cualquier primer ministro portugués, pero el inquilino de la Moncloa sonríe y pone cara de «aquí está el tío».
Fue una de esas mañanas en las que el desahogo del presidente muta en una tosca condescendencia que recuerda al matoncillo de instituto que hace bullying a sus semejantes. Hay un Sánchez que pretende ser especialmente hiriente con Feijóo con ese aire de adolescente inmaduro que busca la carcajada colectiva contra su adversario al acusarle de leer demasiado las intervenciones o trabajarse poco las respuestas.
Si a Elma Saiz le preocupan los jóvenes franquistas, Sánchez suele dar rienda suelta al jovencito chuleta que alguna vez fue. Ese jovenzuelo que, aun sabiendo que los actuales jóvenes están hartos de precariedad, se permite el lujo de reiterar en el Congreso que «España va como nunca».
Los zahoríes del relato hemos detectado últimamente dos pequeñas novedades. Una tiene que ver con Sánchez y su idea de que España va bien y que si no va mejor es por culpa de los malvados empresarios que no pagan lo que deberían. Es un pequeño ajuste a la teoría del cohete, sabedores de que la clase media empieza a estar cansada de tanta desconexión con la realidad. La otra novedad argumental tiene que ver con Feijóo y el concepto de la España ingobernable. Ahora que se han puesto a imaginar un futuro con Vox, los populares parecen resignados a que la herencia que recibirán será un país manga por hombro.
Llegó entonces un momento muy Españita nuestra. De tres preguntas que debía responder el presidente, dos tercios iban a ser consumidas por dos formaciones que no llegan ni al 3% de los votos: Junts y Bildu, que preguntaron por sus cosas. Míriam Nogueras nos explicó que las autovías catalanas se están españolizando porque, al parecer, los carteles están escritos en castellano.
Además de ese dramita del primer mundo, Nogueras arremetió contra Sánchez por incluir en el escudo social el blindaje a los okupas. Como la subalterna de Puigdemont aprovechó para meter a ERC en la ecuación, Sánchez se mofó diciéndole que aquella no era la ventanilla para hacer oposición a los de Junqueras. Es más, invitó a Rufián a dar la réplica a su paisana.
«El Rufi» se rio más contento que un lechón en un charco, porque la ocurrencia sonó a zasca en el cielo de la boca. Dio la sensación de que el presidente ha superado la conmoción inicial de verse sin los votos de Junts y que ha aprendido a convivir con esa carencia añadida.
Concluida la matraca catalana, llegó la perorata filoetarra. Mertxe Aizpurua retomó la desclasificación del 23-F para exigir que se haga lo propio con episodios que interesan especialmente al mundo abertzale: «los vascos tenemos derecho a conocer la verdad».
Esa frase pronunciada por alguien con el pasado de Aizpurua, cuando los etarras y su entorno continúan sin colaborar en el esclarecimiento de 379 asesinatos, enrareció aun más el ambiente. Cómo estaría la cosa para que la muy comedida Sara Aagesen sacara su lado tribunero para rebatir las críticas sobre el apagón con que si Mazón y la ultraderecha. La política es capaz de emponzoñar hasta a la gente de colegio bueno.
En todo caso, para cabreo, el de Yolanda Díaz con Jaime de Olano. El diputado popular acusó a la vicepresidenta segunda de vivir como una comunista rica que nutre a la casta sindical. Lo de vivir como una comunista rica, por lo que sea, no lo rebatió. Pero lo de llamar casta sindical a su Pepe y a su Unai la enervó sobremanera. Después supimos que Díaz estaba especialmente sensible porque se disponía a anunciar que no repetirá como candidata.
Tapón desatascado a la izquierda de la izquierda, en una partida que todavía está por culminar. Y todo en una mañana en la que, cuando cesaron las descalificaciones, empezaron las desclasificaciones. Periodistas arracimados, leyendo en diagonal. Titulares y tertulias copados por el 23-F. Sánchez sonreía sardónico. Otro día salvado.
