Lina
Cuando alguien te entrega unos versos y un plato de arroz con frijoles, está poniendo a Cuba en tus manos. Así lo hicieron Lina y Dulma, su hermana, desde la primera vez que toqué a su puerta, en la capitalina calle Línea. Me asistía una misión sagrada: restituir a la lírica cubana los versos inéditos de una chica de nombre Libertad, cercana a ambas; brindar una segunda oportunidad a una existencia segada por mano propia, a punto de los dieciséis años.
Lina de Feria me entregó el poemario Contra los cadalsos de Libertad Dearriba (1953-1969), que ella atesoraba, y aquellas hojas mecanografiadas surcaron la Isla en mi mochila. El libro logró publicarse en 2011 bajo el sello de las Ediciones Caserón (Uneac-Santiago de Cuba). En el prólogo, la propia Lina asegura: «Libertad no ve la vida simple, sino el hueso de la vida». Sajó de sí para escribirlo, porque el destino nunca fue para Lina de Feria un lago terso, sino una torrentera.
Toda realidad supera cualquier ficción/ y en lo apocalíptico/ caben la belleza y lo horrendo/ ya no los remedios del mundo/ sino el sabor de los destierros/ la campanada que sobrecoge al que aún duerme/ la poesía del fondo enigmático de las cosas.
Nos vimos en recitales, en espacios más íntimos. Hablamos de lo humano y lo divino, de lo pasado y del ignoto porvenir. Tomé ron encima de su mesa carcomida y leí aquel poema suyo que iniciaba una frase inolvidable: «Un ciprés es a veces el violín mejor tocado por el artista». Intenté beber cada suspiro de la veinteañera que había ganado con Casa que no existía, la primera convocatoria al Premio David (1967), que sería reconocida con el Premio Nacional de Literatura en 2019, que se nos acaba de ir a los ochenta años.
Me regaló su Antología boreal (Editorial Letras Cubanas, 2007), con dedicatoria de puño y letra; mientras yo le insistía en su regreso a Santiago, a su tierra natal, largamente dilatado. Cada regreso es una descarnadura. La oportunidad se presentó durante una Feria del Libro, donde me confiaron presentar su título La conjetura crítica (Editorial Extramuros, 2015), una vertiente otra de su obra: el ensayo, el juicio literario, la reseña. De la Avellaneda a Beatriz Maggi, de Delfín Prats a Arístides Vega Chapú, de Julián del Casal a Rito Ramón Aroche, de Serafina Núñez a Carmen Serrano… ella se arriesga, calibra, justiprecia, con desprendimiento, con voluntad, con hilo fino.
La mirada hacia otros es siempre caminar al borde de un desfiladero, pero también abre una senda hacia la concordia. Ambos universos habitan en la obra de Lina de Feria. La poesía, es, sin embargo, su ámbito mayor. Su obra está imantada de desmandes y contenciones, de alumbramientos súbitos, de continuos renacimientos. Del sobrevuelo de días oscuros y del batir de alas, imperfectamente humanas. Perdóneseme que vuelva al poema dedicado a su hermana, titulado sencillamente A Dulma. No puedo evitarlo, porque se trata de una inmersión:
(…) a mí no me basta con la ley de la herencia/ hermana mía/ conseguir el hábito era un reto distinto/ un largo viaje duro y eterno/ ligarme a ti por el destino íntegro/ con álbum familiar, sin cobros,/
era saber conservar la sabia cicatriz/ de los terrores conjuntos/ o el momento en que aprendimos a hacer silencio para que/ otros/ nos diesen las indicaciones de cómo vivir sobre la tierra(…).
Compartí la mesa con ella en el cumpleaños de su amiga Carmen Serrano. Lina estaba muy afectada de salud, mas la generosidad seguía intacta en sus ojos. Buscó la manera de comunicarse, buscó en el fondo, juntó labios y alma. Me dijo que yo era valiente. Discrepé enseguida, con cariño, con un abrazo largo, con justicia: «No, Lina, aquí la valiente eres tú».
