Castilla y León mide si el cambio de ciclo sigue al alza
Las elecciones de Castilla y León se interpretan en Madrid como algo más que una cita autonómica. Funcionan como otro test adelantado del clima político nacional y, sobre todo, como otra meta volante de lo que puede ocurrir en Andalucía, la gran batalla de este ciclo electoral. El resultado de esta noche no determina el poder en España, pero sí puede consolidar un relato político que marcará los próximos meses. Dicho de otra manera, no se decide el poder en La Moncloa. pero estas urnas sí permiten examinar de nuevo tres tendencias: la hegemonía del PP en la derecha, el techo de crecimiento de Vox y la capacidad del PSOE para resistir el coste del desgaste del Gobierno y de Pedro Sánchez.
La primera clave es la confirmación de que el sistema político español ha salido de ese empate estructural entre bloques que ha sido dominante durante la última década. Para avanzar en esta dirección, el PP ha optado por una campaña centrada en la tierra, en la que también el líder nacional, Alberto Núñez Feijóo, ha apostado por presentar propuestas para Castilla y León. Ha sido una contienda sin fuegos artificiales y con un tono bastante educado por parte de todos los candidatos.
El segundo elemento que se mide esta noche es la relación entre PP y Vox. Si tiene coste o no para esta última formación el bloqueo que ha impuesto Santiago Abascal en Extremadura y en Aragón.
Y, sobre todo, cómo valora el electorado de la derecha la purga interna, con más relevancia que la estrictamente orgánica, que están ejecutando en el partido que lidera Abascal. Castilla y León es, además, uno de los territorios donde esa relación entre el PP y Vox ya se ha puesto a prueba en la gestión, con un balance poco positivo sobre lo que representó el gobierno de coalición. ¿La razón? La necesidad de Vox de priorizar las batallas ideológicas frente a la gestión cotidiana. Muchas de sus iniciativas se centraron en debates culturales o identitarios.
En cualquier caso, el PP necesita esta noche demostrar que puede crecer sin perder votantes hacia Vox. Y Vox, por su parte, busca confirmar que sigue siendo imprescindible para formar mayorías. Por cierto, en el PP confían en que, una vez que pasen estas elecciones, Vox cambie de estrategia, rompa el bloqueo y permita que se constituyan los gobiernos autonómicos, para volver a desestabilizarlos –dicen en Génova– «en cuanto se aproximen las elecciones en Andalucía».
El tercer factor de la noche será el estado real del PSOE. Para Sánchez, Castilla y León no es una plaza decisiva desde el punto de vista institucional, pero sí lo es en clave simbólica. Aunque Moncloa esté contando que estos comicios no entran dentro de su agenda de prioridades y que en lo que están trabajando es en armar un escenario de movilización de la izquierda que favorezca la candidatura de Sánchez cuando se convoquen las generales.
No obstante, el partido necesita demostrar que mantiene una base electoral sólida, pese al desgaste acumulado por el Gobierno en los últimos ocho años. Un resultado digno permitiría al PSOE sostener el argumento de que la derecha todavía no ha consolidado un cambio de ciclo. En esta ocasión, por cierto, los sondeos han confirmado que las campañas políticas actuales tienen cada vez menos capacidad para alterar tendencias profundas. De hecho, apenas se han detectado movimientos relevantes en la intención de voto. Y por eso los grandes mensajes ideológicos, como el intento del PSOE de movilizar con el «No a la guerra», apenas cambian el comportamiento del votante. Lo que pesa de verdad es el clima político general: el desgaste del poder, las expectativas de cambio, la situación económica. Ha sido una campaña fría, en la que cada partido ha jugado un papel bastante definido. El PP llega al recuento con su ventaja por la implantación territorial y el viento nacional favorable. El PSOE intenta resistir apoyándose en la concentración de voto de la izquierda. Y Vox se beneficia del clima político, pero arrastra dudas sobre su capacidad de gobierno.
En todo caso, por importante que sean estas elecciones, si se les está prestando tanta atención es porque el siguiente test está en Andalucía, el examen decisivo de este ciclo político. Es la comunidad más poblada del país, concentra un enorme peso electoral y tiene una capacidad simbólica enorme en nuestro sistema político. Durante décadas fue el gran bastión del PSOE: si el PP consolida allí su dominio, el mapa político nacional estará muy predeterminado de cara a las elecciones generales.
Sobre estas elecciones andaluzas sobrevuelan las especulaciones respecto a si Sánchez puede estar dando vueltas a la idea de convertir esa campaña en un plebiscito nacional, haciéndolas coincidir con las generales. Al PSOE solo le beneficiaría esta opción si conseguir plantear el voto como una elección entre dos modelos de país, alrededor de la alternativa Sánchez o el bloque PP-Vox.
