Un sistema estelar lejano muestra el impacto entre dos planetas jóvenes y revive la historia turbulenta del nacimiento de la Tierra
Colisión caótica - Los investigadores explican que solo ciertos sistemas permiten este tipo de detección desde la Tierra, aunque el seguimiento prolongado podría revelar hasta un centenar de casos en la próxima década
La influencia humana también alcanza a la rotación del planeta y está estirando la duración de cada día a un ritmo que no se había en millones de años
Los materiales sólidos no resisten cuando dos cuerpos del tamaño de un planeta se cruzan a velocidades extremas. La Tierra y Marte, si llegaran a chocar en un caso hipotético, no quedarían como dos masas reconocibles, sino que se romperían en fragmentos que seguirían girando alrededor del punto del impacto.
Ese tipo de colisión no permite refugios ni zonas seguras, porque la energía liberada calienta la materia hasta fundirla y lanzarla al espacio cercano. La superficie desaparece como tal y lo que queda es una nube densa de roca y polvo incandescente.
En ese entorno no hay condiciones para que sobreviva ningún organismo conocido. La única evolución posible tras el choque es la formación lenta de nuevos cuerpos a partir de esos restos.
Un sistema lejano muestra un episodio real con características similares
Esa idea de destrucción total tiene un paralelo real que se ha podido observar en otro sistema estelar. Astrónomos identificaron un evento en la estrella Gaia20ehk en el que dos cuerpos planetarios chocaron y generaron una nube de material caliente que bloqueó su luz.
El equipo, en el que participan Anastasios Tzanidakis y James Davenport de la University of Washington, describió el fenómeno en The Astrophysical Journal Letters. La detección no se basó en ver el choque en sí, sino en interpretar cambios en la luz y en el calor emitido por el sistema.
El dato que permitió entender lo ocurrido fue el aumento de radiación infrarroja. Tzanidakis explicó que “la curva de luz infrarroja era justo lo contrario que la visible”, y añadió que “cuando la luz visible empezó a parpadear y a disminuir, la infrarroja se disparó”. Esa señal indica que el material que pasaba frente a la estrella estaba a alta temperatura, en torno a 900 kelvin, es decir unos 627 grados. Esa cantidad de calor solo encaja con fragmentos recién generados en un impacto violento entre cuerpos sólidos.
El brillo estelar cambia durante años antes del desenlace final
Antes de ese momento final, el sistema ya mostraba señales extrañas. La estrella, que hasta entonces tenía un brillo estable, empezó a registrar caídas puntuales desde 2016 y después, hacia 2021, su comportamiento cambió de forma abrupta. Tzanidakis señaló que “la luz de la estrella era estable, pero a partir de 2016 tuvo tres caídas de brillo y luego se volvió completamente caótica”. Ese patrón no corresponde a la actividad normal de una estrella de tipo solar, por lo que el origen debía estar en algo que pasaba delante de ella.
El análisis posterior llevó a una secuencia concreta de hechos. Dos cuerpos en órbita fueron acercándose poco a poco y tuvieron varios choques parciales antes del impacto final. Tzanidakis explicó que “al principio tuvieron una serie de impactos rasantes, que no generaban mucha energía infrarroja, y después llegó la colisión catastrófica”.
Ese último choque convirtió parte de los planetas en una nube de polvo y fragmentos calientes. La masa de ese material se ha estimado en valores comparables a los de grandes objetos del sistema solar, aunque solo representa la fracción más fina que emite en infrarrojo.
La observación de estos fenómenos depende de una alineación poco frecuente
Detectar algo así no es habitual. Davenport indicó que este tipo de observación requiere que el sistema esté alineado con la línea de visión desde la Tierra, algo poco frecuente. Aun así, defendió que el seguimiento prolongado de estrellas permite encontrar estos casos.
Según explicó, “la astronomía lenta que se extiende durante años es la que permite ver estos cambios”, y añadió que observatorios futuros como el Vera C. Rubin podrían registrar cerca de 100 colisiones similares en una década.
El caso observado recuerda al origen de la Luna en el sistema solar
Este tipo de impacto tiene un interés especial porque recuerda a un episodio del propio sistema solar. Se cree que la Luna se formó cuando un cuerpo del tamaño de Marte chocó con la Tierra primitiva hace unos 4.500 millones de años.
El material expulsado quedó en órbita y con el tiempo se agrupó hasta formar el satélite. En el caso observado, la nube de restos se encuentra a una distancia de su estrella comparable a la que separa la Tierra del Sol, lo que ofrece un entorno parecido para estudiar ese proceso.
Esa coincidencia permite usar el sistema como referencia para entender cómo se forman planetas y lunas. Davenport planteó que “no sabemos con qué frecuencia ocurren estas dinámicas”, y añadió que observar más eventos de este tipo ayudará a responder esa cuestión. La nube de escombros sigue orbitando y, con el paso del tiempo, parte de ese material puede enfriarse y reagruparse, iniciando de nuevo el ciclo que transforma restos calientes en nuevos cuerpos sólidos.
