Lemóniz, el triunfo de ETA a base de asesinatos para paralizar las obras de la central nuclear
Fue un triunfo de ETA, como la autovía de Leizarán. La banda terrorista hacía suyas reivindicaciones ecologistas y lo realizaba a base de bombas y duisparos. La central nuclear de Lemóniz estaba pensada, entre otras cosas, para que el País Vasco fuera autosuficiente en energía. Daba lo mismo. En aquellas tierras no podía haber una central, en otras de España, sí, desde donde llegaba la electricidad. Los directivos, también los trabajadores, de Iberdueron eran los objetivos. Los terroristas pensaban que si lograban imponer el terror, acabarían con el proyecto y no les faltaba razón. Las pérdidas causadas se calculan en 6.000 millones de euros, nada comparable a las vidas humanas segadas por la banda mafiosa.
Ángel Pascual Múgica, ingeniero de la empresa Iberduero y director del proyecto de la central de Lemóniz, tenía escolta reforzada después de los atentados dirigidos contra las instalaciones de la empresa y del asesinato de su colega José María Ryan. El 5 de mayo de 1982, minutos después de las ocho de la mañana, salió de su domicilio, en la calle Virgen de Begoña, conduciendo un Renault 18 de su propiedad.
En el asiento del copiloto viajaba su hijo Íñigo, de diecinieve años, al que iba a dejar en la parada del autobús escolar que debía recogerle.
Detrás del coche del ingeniero circulaban otros dos vehículos con dos escoltas cada uno, pero eso no impidió el atentado, que se produjo
cuando Ángel Pascual y su hijo circulaban lentamente, a causa de la densidad del tráfico, por la calle Médico Pedro Cortés. Al llegar a la altura
del portal número 5, dos terroristas situados en el lateral del conductor abrieron fuego contra el coche. Los escoltas dispararon contra
los agresores, pero no pudieron impedir que se fugaran en un automóvil que los esperaba. Ángel Pascual resultó mortalmente herido al ser
alcanzado por varios disparos, mientras que su hijo sufrió heridas leves en una mano. Al parecer, el cuerpo del padre protegió al joven de los
disparos de los terroristas.
Ángel Pascual, de 44 años, había nacido en Mecon (Francia) y llevaba trabajando veinticinco años en la empresa Iberduero,
tiempo durante el cual compatibilizó su trabajo de delineante con los estudios. Obtuvo la titulación de perito y posteriormente de ingeniero,
lo que permitió su ascenso en la empresa. También había realizado cursos de especialización en Estados Unidos. Estaba casado y tenía tres hijas y un hijo.
El asesinato se produjo el mismo día que en Vitoria se constituían la Sociedad de Gestión de la Central Nuclear de Lemóniz, Sociedad
del Gas de Euskadi y Ente Vasco de Energía. El lehendakari Garaikoetxea manifestó que «el Gobierno vasco recogía el guante del desafío
lanzado por ETA» y que se seguirían llevando a cabo los proyectos políticos y energéticos previstos.
Los técnicos de Lemóniz, sin embargo, se negaron a volver a sus puestos de trabajo mientras la situación de acoso continuase. «Las condiciones
en que estamos viviendo en los últimos años nos han conducido a una situación familiar, personal y profesional insoportable», señalaban
en la carta enviada al presidente de Iberduero pocos días después del asesinato de Ángel Pascual. El 13 de mayo la empresa
rescindió los contratos de ejecución de obras, suministros y servicios con sus contratas en la central de Lemóniz hasta que resultase viable la continuación de las actividades y desapareciese la situación que había originado la amenaza. Solo se mantuvieron unos mínimos por seguridad y mantenimiento.
El hijo de la víctima, Íñigo Pascual, que acompañaba a su padre cuando fue asesinado en 1982, se convertiría años después en concejal
de Sartaguda por el partido Unión del Pueblo Navarro (UPN). Entre 2003 y 2007 fue alcalde de esta localidad. En diciembre de 2008, tras
el asesinato de Ignacio Uría, empresario cuyacompañía trabajaba en la construcción del Tren de Alta Velocidad vasco, hizo las siguientes declaraciones al diario El Correo: «El tiempo lo va curando casi todo. Va cerrando recuerdos de la persona querida que has perdido o de las circunstancias tan tremendas en que ocurrió el atentado, simplemente por una cuestión de supervivencia, porque te casas, tienes hijos, haces una vida y tienes un desarrollo profesional». Sin embargo, confesó que cada nuevo atentado suponía un golpe más para la víctima que creía haber dejado atrás su propio dolor: «Cada vez que estos sinvergüenzas cometen un asesinato, te vuelven a abrir la herida. Entonces empiezas a pensar en la mujer y los hijos de ese señor y en lo que tú viviste en ese momento» (cojn información de Vidas Rotas).
